Ngorongoro y el arca de Noé

Publicado en: Africa, Tanzania | 0

Era nuestro último día completo en Tanzania y el último día de safari, y habíamos dejado algo bueno, muy bueno para el final. Visitaríamos el Área de Conservación del Ngorongoro, un lugar que me dejó sin palabras desde el primer momento en el que puse un pie en él, un auténtico mar de animales, un lugar único en el mundo, un lugar que bien podría ser una maravilla del mundo natural.

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El Ngorongoro es un cráter de más de 20 kilómetros de diámetro en su parte interior. Está rodeada por un enorme caldero que alcanza los 800 metros de altura con un tremendo desnivel. Este desnivel no impide que los animales entren y salgan a su antojo pero sí hace que ni las jirafas entren ni los elefantes hembra que temen por sus crías.

El cráter del Ngorongoro tal y como lo estábamos divisando mientras desayunábamos en el Ngorongoro Sopa Lodge, se creó hace más de dos millones de años. En su interior hay una enorme extensión de pradera, que desde que el hombre puso sus pies por primera vez en él, fue utilizado como zona de pastoreo. En su interior hay además dos lagunas de agua dulce, una de agua sódica, varios arroyos y manantiales y un bosque de acacias, el Lerai.

La historia de la ocupación humana en el Cráter más reciente se remonta a hace unos 300 años, cuando llegaron aquí los datogas. Posteriormente, unos 150 años después llegaron los masai que con un duro enfrentamiento con los datogas consiguieron hacerse con los terrenos y esta ocupación llega hasta nuestros días, ya que el gobierno Tanzano ha permitido que los masai sigan utilizando estas tierras para pastoreo.

 

En busca del rey león.

 

Tras el copioso desayuno con vistas al cráter, pusimos rumbo hacia las llanuras. Nos reunimos con George en el hall del hotel, preparamos nuestras cosas, y empezamos a bajar por la empinada carretera. Era hora de empezar a descubrir lo que este edén nos tenía que ofrecer, que no fue poco. En el camino hacia el cráter descubrimos un montón de pájaros y aves. Aquí fue donde George nos explicó que había una gran cantidad de turismo en Tanzania dedicado a la observación de aves, sobre todo turismo inglés, y que acudían a estos parques en busca de especies raras y poco conocidas. Nos pareció muy raro, la verdad, que alguien venga hasta Tanzania no para ver leones, leopardos, elefantes… sino para ver: AVES.

Nada más dejar la cuesta del cráter y empezar a divisar las llanuras del Ngorongoro nos dimos cuenta de que aquello era un auténtico paraíso, una maravillosa arca de Noé donde cabía de todo. Había animales por todos lados, era un perfecto paraíso.

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Divisamos la gran llanura, y al fondo, los escarpados laterales del cráter, aún a esta hora de la mañana, cubiertos de una neblina blanca. Y es que el cráter del Ngorongoro tiene una particularidad que le hace único en los safaris, y es que dada su altitud, se encuentra situado a 2600 metros sobre el nivel del mar (la llanura del interior del cráter a 1800 metros) lo hace ideal y parecer que vive en una primavera constante. En el Ngorongoro llueve mucho, llueve durante todo el año, lo que hace que se mantenga verde y con vegetación. Esto atrae a los hervivoros y con ellos llegan los carnívoros y los carroñeros. Es un ambiente ideal para tener vida animal durante todo el año.

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Al llegar a la llanura George giró a la izquierda, empezábamos a recorrer los estrechos caminos del valle del Nogorongoro y de repente detiene su coche. Señala con el dedo en dirección a la ladera del cráter y nos dice: “mirad, allí arriba, al lado del arbusto solitario, hay una familia de leones. Debemos tener paciencia y esperar. Cuando les llegue el sol, cuando se vean agobiados por el calor, bajarán hacia el arroyo que tenemos a mano izquierda. Debemos tener paciencia”.

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Fijaros bien, porque en la parte de abajo de la imagen, se ven bastantes leones.

Y repetía lo de “debemos tener paciencia” muy a menudo y es que según nos cuenta, hay mucha gente en los safaris que viene como a ver documentales. No se implica en la búsqueda de animales, solo quieren que se los pongan ahí delante y sacar sus cuatro fotos. Y en ocasiones se llegan a desesperar y a criticar la actitud de los guías cuando esto, señores, es naturaleza pura, esto no es un zoo, nadie asegura nada, pero al menos debemos tener fe en nuestro guía, que para eso son los mejores, y si nos dice que el león pasará por nuestro lado, os puedo asegurar que pasará, solo hay que, como dice él, tener paciencia.

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He de decir que yo tengo poca (paciencia) en lo que a fotos se refiere, y empecé a disparar. Me daba igual que estuvieran muy alejados todavía, me daba igual que George asegurase que iban a moverse tarde o temprano, yo no quería perder nada de todo aquello, y seguía dejando que mi cámara disparase a todo y por todos lados, e inmortalizar aquel momento.

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Pero empecé a observar y George a comentar. No solo había una familia de leones, bastante grande, por cierto, porque se veían dispersos entre matorrales por toda la ladera del cráter, también había un chacal y poco a poco se acercaba, despistada, una cebra solitaria. Una cebra que no estaba divisando lo que tenía enfrente, que no intuía el peligro. El corazón se me disparó. Estábamos a punto de presenciar algo importante. No sabía si quería que la cebra se fuese o se quedase. El caso es que allí, inmóviles, esperamos a ver qué ocurría. Algunos de los leones levantaron la cabeza. Se ve que ya había comido y que no tenían la necesidad de cazar a la despistada cebra. Y eso le salvó la vida. Al rato, la cebra giró, los intuyó y huyó. Fueron momentos de una tensión incomparable, pero al fin, volvíamos a quedarnos solos con la manada de leones.

Poco a poco fue llegando algún coche más. George nos comenta, que en esta época del año se está muy bien en Ngorongoro, porque no hay mucho turista, no hay muchos coches y se puede disfrutar mucho mejor que durante las grandes aglomeraciones del verano. Así que por lo menos, en algo habíamos acertado con nuestra visita en estas fechas.

En la siguiente foto, el chacal, que sí observaba los movimientos de los leones, los iba poco a poco bordeando.

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Y de repente, un león macho se levanta ante la atenta mirada del chacal. Me pongo tensa. Sonrío. Se va a mover. Tal y como preveía George, el león empieza a descender la ladera. La emoción del momento va en aumento. ¡Sí!, ¡Se mueve! Y poco a poco se nos va acercando.

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Y el resto de la manada, leones y leonas, parece que también se ponen en movimiento. Un gran número se levanta. Es el momento en el que nos damos cuenta de que hay leones pequeños también entre el grupo. Y de que hay más de los que podíamos haber intuido en un principio. Se quedan parados. No hacen nada. Mientras, el león macho sigue su marcha imparable. Baja la ladera. Y nos pasa justo por delante. Mientras el león iba poco a poco bajando, los coches, los 7 coches que nos encontrábamos en aquel momento allí, se fueron moviendo, se fueron colocando y entre todos le hicieron un pasillo por donde pasó, con paso lento, con actitud airosa, ni se inmutó con nuestra presencia, ni nos miró.

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Pero el momento no terminó aquí. Nos giramos, damos la vuelta y observamos lo que estaba ocurriendo a nuestras espaldas. El resto de la manada se había puesto en marcha. Íbamos a observar uno de los mejores momentos del viaje. Estaba a punto de ocurrir.

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Poco a poco toda la manada fue desfilando ante nuestros ojos. En un momento dado los veo tan cerca que abro la ventanilla de nuestro coche, me siento y observo. Unos cachorros pasan a mi lado. Están tan cerca que casi les puedo tocar. No me lo podía creer. Era el momento más mágico de todo el viaje. O eso creíamos en aquel momento. Claro que había pasado tanto tiempo y tantas aventuras desde nuestro primer safari, que ya no teníamos muy claro cuál era el mejor momento del viaje. Hoy, tras analizarlo todo, puedo decir que este fue un gran momento, uno de los mejores momentos, porque no os podéis imaginar la cantidad de sensaciones que deja un momento así.

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En otro momento, uno de los leones se acerca a nuestro coche. Nos rodea. Nos olisquea. El pulso lo tenemos a mil. Y… nos marca. Es decir, hace pipi en la rueda trasera de nuestro jeep. Algo que no me hubiese imaginado nunca acababa de ocurrir.

En un momento dado estábamos tan rodeados por los leones que no sabía para donde mirar, ni a quien fotografiar. Estaba tan alucinada que sólo pensaba que sólo por aquel momento había merecido la pena visitar Tanzania.

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Y parecía increíble, pero no paraban de pasar leones. Por un lado, por el otro costado… poco a poco descendían la ladera y se acercaban al arroyo, bebían agua y salían a sentarse a la sombra, mientras los cachorros jugueteaban por los alrededores.

No se cuánto tiempo estuvimos aquí, pero os puedo asegurar que mucho, aunque se nos hizo, con tanta emoción, muy corto.

Pero esto no acababa aquí, porque cuando nos dimos cuenta, todavía no habían terminado de pasar y continuaban descendiendo por la ladera, más y más leones. No os voy a aburrir con más fotos pero realmente el momento fue intenso y muy emotivo.

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Continuamos entonces con nuestra visita al Ngorongoro y al bajar por una pequeña cuesta George se paró y nos enseñó un montón de piedras: los restos de una antigua casa, propiedad de uno de los dos hermanos que vivieron en Ngorongoro a mediados del siglo XX. Me pareció tan extraño que al regresar a casa investigué sobre este tema y esto es lo que os puedo contar sobre ello.

 

La llegada del hombre blanco al Ngorongoro.

 

La primera referencia de la llegada del hombre blanco al Ngorongoro, data de 1911, cuando un científico alemán, Katwindel, viajó hasta aquí y encontró los primeros restos fósiles de homínidos. Posteriormente, dos hermanos alemanes, llamados Siedentopt, se dividieron el Ngorongoro en dos, y cada uno de ellos construyó una casa en su zona. Hoy en día solo quedan unos restos, restos de una de las casas que acabábamos de ver. Aquí, los dos hermanos cultivaron sisal y trigo y criaron ganado. Es decir, fundaron dos granjas en las llanuras del Ngorongoro.

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Coincidiendo con la estancia de los dos hermanos en Ngorongoro, otro científico llegó a estas tierras. Su nombre, Hans Beach y le trajo aquí la búsqueda de más homínidos. Pero pronto los tres tuvieron que abandonar el Ngorongoro. Al terminar la Primera guerra mundial, Alemania se vio obligada a ceder los territorios del Tanganika, de lo que por aquel entonces formaba parte el Ngorongoro, y los tres tuvieron que regresar a casa.

Otros blancos pasaron por esta zona: Un inglés llamado Hurt, que construyó una cabaña y allí permaneció con su sirviente negro hasta que un elefante lo mató. Posteriormente llegaron cazadores en busca de la caza fácil, ya que aquí, en el Ngorongoro, la cantidad de animales que había hacía que fuese muy fácil cazar y matar. Hacia mitad del siglo XX se prohibió la caza en el cráter, se declaró reserva y desde entonces solo como turistas, podemos visitar el Ngorongoro.

 

La migración de los Ñus

 

Desde que empezó nuestro viaje por Kenia y Tanzania no os había hablado de los Ñus, un animal que de feo que es parece totalmente sacado de un cuento de miedo. No os había hablado de ellos no porque no los hubiésemos visto, sino porque esperaba a este momento para poder contaros algo más sobre esta especie tan rara.

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Escribe Javier Reverte en su libro “El sueño de África” que el ñu es “una especie de bestia mitológica. Su cara y su barba recuerdan a una cabra; los cuernos son de un toro; el cuello, el de los asnos; las patas, semejantes en gracilidad a las de una jaca, y la cola igual a la de los caballos. Berrea con un grito que mezcla el rebuzno, el mugido y el balido. No es impensable que cualquier día se cambie la cabeza por la de un hombre y tengamos en África un centauro”.  Así de feo y de extraño es el ñu.

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Año tras año, este animal, hace un recorrido entre el Masai Mara en Kenia y el Serengueti en Tanzania, siguiendo un movimiento circular en sentido de las agujas del reloj. Cuando preparábamos este viaje todo el mundo me decía que centrase nuestra visita, nuestros safaris en Tanzania, ya que la migración de los ñus se estaba produciendo en este momento en la parte sur del Serengueti y en la zona del área de conservación del Ngorongoro. Yo sin embargo, lo centré en Kenia y dedicamos solo tres días a recorrer la parte de Tanzania más cercana a Arusha. ¿Me arrepiento? Para nada. En Kenia disfrutamos como niños, vimos más de lo que nos esperábamos encontrar y en Tanzania, sí que había más aglomeración de animales, quizá, pero no me arrepiento de haber centrado nuestra visita en Kenia, y si de algo me puedo arrepentir, como os conté en nuestro post anterior, fue de haber invertido estos días en Tanzania y no haberlos aprovechado para visitar otros partes de Kenia, porque sé que algún día volveré a Tanzania, porque sé que algún día volveré al Ngorongoro y porque sé que algún día volveré para visitar el Serengueti.

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¿Se notaba que la gran migración estaba por esta zona? Pues puede. Lo que si os puedo decir es que vimos más animales por metro cuadrado aquí que en otros parques, pero no sé si eso es debido a esto o no. Lo que si vimos en mayor proporción fueron ñus, que no de cebras, y es por ello que he esperado a estar aquí para hablaros sobre los ñus, sobre la gran migración y sobre porqué, en el Ngorongoro vimos más ñus que en ningún otro parque hasta ahora.

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Con la llegada de la estación de las lluvias (de octubre – diciembre) se inicia la migración de los ñus desde Masai Mara hacia las llanuras al sureste del Serengueti y el área de conservación del Ngorongoro. A partir de Enero y Febrero, se produce el nacimiento de los ñus, incrementando así su población. Durante la gran migración, más de dos millones y medio de ñus se mueven en sentido cíclico, desde Masai Mara al Serengueti pasando por el Ngorongoro. A este movimiento de ñus se le unen las de gacelas, cebras y antílopes, siendo además seguido o esperado por multitud de predadores, que esperan el paso de esta gran manada para saciar su hambre después de periodos de mayor escasez.

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Nuestro paseo por el Ngorongoro continúa y nos encontramos con un rinoceronte, con un serval y con otro momento de esos que quitan la respiración.

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El festín de las hienas.

 

George paró el coche. Nos señala en dirección a una zona arbolada. Miramos. Hay una arboleda y una diminuta laguna. Allí, al borde, hace poco que se murió un búfalo, carnaza fresca para los carroñeros. Nos dice que esperemos porque muy cerca de esa posición acaba de aparecer una hiena. Se fue acercando lentamente y tras ellas otras más, muchas más. Aquello se convirtió en un auténtico festín. Había unas veinte hienas alrededor del búfalo muerto. Empezaron a rodearle, a comer, a tirar de él. El proceso fue lento. Unas llegaban, otras se apartaban, unas arrancaban un poco de carne, luego se iban. Poco a poco fueron llegando más. Lo bonito de esto fue ver el movimiento de hienas, que se acercaba y apartaban, todas pudieron comer.

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Las hienas se dispersaban por la pradera, iban de un lado para otro, pero siempre volvían al lugar. En un momento dado, notamos como el grupo se pone en alerta. Nosotros nos asomamos para ver qué pasaba y George también. Vemos a un hombre que se acaba de bajar de un coche. George nos explica que es algo que no se debe hacer. Las hienas, los animales en general, están muy acostumbrados a los coches. Los ven y los sienten como uno más de la sabana, sin embargo no están acostumbrados a los humanos. Es por ello que nunca nos debemos bajar del coche a no ser que él nos diga que podemos hacerlo. Las hienas siguen alerta, con las orejas levantadas, con la mirada puesta en aquel hombre, hasta que decide regresar al coche. Que poco sentido común tienen algunas personas. Después sale en las noticias que un elefante ha matado a un turista en un safari y todavía nos alertamos por ello. Si las normas dicen que no te has de bajar del coche, pues eso, no te bajes.

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Después de este momento en el Ngorongoro, acudimos a uno de los centros donde podemos ir al servicio y por tanto bajarnos del coche.

Aproveche para hacer algunas fotos en el que saliésemos nosotros que con tanta emoción se nos olividaba hacernos fotos a nosotros mismos.

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Los flamencos rosas del Ngorongoro.

 

Continuamos el camino hacia los lagos interiores del Ngororongoro, donde me sorprendí gratamente al ver la cantidad de flamencos rosas que había. Si en el lago Nakuru esperaba ver mucho y prácticamente no los vimos, aquí pensaba no ver ninguno y me llevé una enorme sorpresa. Cuando nos estábamos acercando al lago emprendieron el vuelo y fue un momento maravilloso. Estuvimos un rato observándolos volar hasta que decidimos que era hora de comer.

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De picinic en el Ngorongoro.

 

Todavía era medio día y habíamos visto un montón de animales en el Ngorongoro. Estábamos más que satisfechos con nuestra experiencia en el cráter, así que buscamos un bonito sitio donde parar y donde poder comer. Este sitio fue aquí.

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El día empezaba a ponerse turbio y amenazaba lluvia, pero solo hizo eso, amenazar, porque aguantó muy bien sin llovernos. En esto también estábamos muy contentos, ya que pese a ir en época de lluvias cortas solo había llovido en el Ark, en Aberdares, con lo que la experiencia había resultado ser del todo acertada. Estábamos disfrutando de los parques sin la odiosa lluvia.

Comimos dentro del coche, porque algunos avispados pájaros se tiraban en picado contra nuestra comida y preferimos no llevarnos un buen susto en nuestro último día de safari.

Tras la comida salimos a dar un paseo por la zona, sin alejarnos mucho tal y como nos había dicho George.

Y esto fue lo que vimos:

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El resto de la tarde lo dedicamos a pasar con el coche por zonas arboladas intentando encontrar un leopardo que no vimos, y disfrutando sin mucho más de lo que el Ngorongoro nos estaba ofreciendo.

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La charca de los hipopótamos.

 

Era de suponer que en un sitio con tanta agua no podían faltar ellos, los hipopótamos, que mira que son simpáticos (de aspecto) pero mira que huelen mal. Estuvimos un rato de observación y nuestras fosas nasales no conseguían acostumbrarse a semejante hedor.

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Empezaba a atardecer y pusimos rumbo a la salida del parque, aunque ya sabíamos que en el camino alguna que otra parada tendríamos que hacer: primero con un elefante y después con unos leones.

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Así pusimos el punto y final a nuestra visita al Ngorongoro, una visita que estamos seguros que repetiremos y posiblemente no tardaremos mucho en hacerlo, porque desde luego es lo más parecido al Arca de Noé que hayamos visto, es el mismísimo Edén.

 

El atardecer desde nuestro hotel se enturbió un poco. Esas nubes espesas que nos habían acompañado toda la tarde impidieron que viésemos uno de esos atardeceres africanos que tanto nos apetecía disfrutar, pero, no fue feo del todo. Tras esto y una ducha nos vamos a disfrutar de nuestra cena, la última cena en tierras tanzanas.

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Al día siguiente empezaría nuestra vuelta a Nairobi donde todavía nos quedaban algunas que otras aventuras que contar.

 


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Estaremos encantados de ser participes de que tu sueño africano se haga realidad.

 

 

Si quieres leer el diario completo: 19 días en Kenia y Tanzania.

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