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Diario de viaje Ecuador y Galápagos en 18 días

De Santa Cruz a Isabela y visita al centro de Crianza Arnaldo Tupiza

A un kilómetro y medio de Puerto Villamil, entre humedales y bosques de cactus opuntia, el Centro de Crianza Arnaldo Tupiza resguarda uno de los tesoros más frágiles de Isabela: las cinco subespecies de tortugas gigantes que solo existen en esta isla. Aquí, donde los huevos se incuban de forma controlada y los juveniles crecen protegidos hasta cumplir cinco años, se sostiene uno de los programas de conservación más importantes del Parque Nacional Galápagos.

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Este día sería un día intenso. Desde nuestro hotel en la isla de Santa Cruz, nos desplazaríamos hasta la isla de Isabela, situada a unas 2 horas y media en barco, donde conoceríamos de primera mano la problemática situación de las tortugas Gigantes de Galápagos y qué está haciendo el parque para su protección y conservación.

Viaje con Vosotros

Este «Viaje con Vosotros a Ecuador en 18 días» se desarrolló tal y como lo estáis leyendo durante el mes de Agosto de 2025, en uno de los viajes que realizamos bajo el concepto «Viaje con Vosotros». Desde hace años ofrecemos la posibilidad a nuestros lectores, seguidores de redes sociales y clientes de la agencia de viajes a acompañarnos. Y este fue nuestro Séptimo «Viaje con vosotros».

Si quieres realizar un viaje similar o parecido a este, consulta las fechas de salida regular o si lo prefieres, pídenos un presupuesto para un viaje en privado a un país que estoy segura que te sorprenderá. 

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Mi mapa de Ecuador.

Como en cada viaje, preparo un mapa donde tenéis todos los puntos de interés y todo lo que va saliendo a lo largo del diario en un mapa de Google Maps. A mi, personalmente, estos mapas me ayudan mucho en la preparación del viaje y una vez que estamos allí. Tenéis ubicados hoteles, ciudades, pueblos, puntos de interés y restaurantes.

Isabela: ubicación, importancia y razones para visitarla

Isabela es la isla más grande del archipiélago de Galápagos y se encuentra en el extremo más occidental, formada por la unión de seis volcanes activos. Hablaremos de esto en más profundidad en nuestra visita a Volcán Sierra Negra.

MAPA ISALBELA GALAPAGOS

Su posición, más alejada de los aeropuertos principales de Baltra y San Cristóbal, la hace menos accesible y por ello un territorio amplio, menos intervenido y con una densidad de visitantes muy inferior a la de las otras islas habitadas.

A nivel turístico, Isabela es importante por una combinación poco frecuente en Galápagos: grandes extensiones de hábitat intacto, colonias de fauna accesibles sin aglomeraciones y paisajes volcánicos que no existen en Santa Cruz ni en San Cristóbal. Aquí se encuentran algunos de los mejores sitios de snorkel del archipiélago —Los Túneles, Las Tintoreras, Concha de Perla— y uno de los senderos geológicos más relevantes del Parque Nacional: la caminata al Volcán Sierra Negra, cuyo cráter es uno de los más grandes del mundo.

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Ferry Santa Cruz – Isabela, Puerto Ayora (Santa Cruz)

Pese a su valor, Isabela recibe menos visitantes que Santa Cruz y San Cristóbal por razones logísticas. No tiene aeropuerto con vuelos directos desde el continente, (aunque si cuenta con un pequeño aeródromo desde donde salen avionetas con destino a Santa Cruz y San Cristóbal), la oferta hotelera es más limitada y los traslados en lancha desde Santa Cruz dependen del estado del mar. Esa menor accesibilidad, sin embargo, es parte de su atractivo: las playas son amplias y tranquilas, el ritmo del pueblo es más lento y la experiencia general es menos masificada.

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Hemos decidido pasar tres días en Isabela por la posibilidad de combinar naturaleza, fauna y geología en un mismo lugar. En ese tiempo intentaremos recorrer humedales con flamencos, visitar el Centro de Crianza Arnaldo Tupiza, caminar sobre campos de lava recientes, nadar con tortugas marinas y tiburones de aleta punta blanca, y observar pingüinos en libertad ¿lo conseguiremos?.

De Santa Cruz a Isabela.

Nos despertamos en el hotel de Puerto Ayora, en Santa Cruz. El despertador suena muy temprano ya que a las 6 de la mañana nos pasarán a recoger para poner rumbo al puerto, desde donde a las 7 de la mañana saldrá el ferry rumbo a la isla Isabela, a unas dos horas y media, dependiendo del estado del mar.

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Al igual que había pasado en el trayecto de San Cristóbal a Santa Cruz hacía ya unos días, nos íbamos con el desayuno en una bolsita. Y al igual que en aquella ocasión teníamos que pasar por los controles de salida de Santa Cruz, revisión de las botas y del equipaje y haríamos lo mismo al llegar a Isabela.

En nuestro hotel, como en todos los hoteles, hay una zona para limpiar las botas. Es importante que las llevemos limpias porque dentro del barro o suciedad que tengan pueden ir semillas que afecten el ecosistema de la otra isla.

Cumpleaños de Ana.

Hoy, además, es día 16 de Agosto y hoy es el cumpleaños de Ana (también el de mi padre, así que Feliz Cumpleaños a ambos). El tercero que pasa con nosotros. El primero lo hizo en aquel viaje por Tanzania Sur hace unos años, y le tocó vivirlo en el Lago Tanganica. Hace un año, vivimos con ella uno de los mejores cumpleaños que se nos han dado en un viaje. Estábamos en el interior de Sulawesi, en terrenos de Tana Toraja. En aquella ocasión habíamos podido ponernos en contacto con sus hijos y su marido que se habían quedado en España y le habíamos dado una sorpresa que no se esperaba, ya que ellos lo estaban viviendo todo on line, sin que Ana supiese nada hasta el final. Fue un momento muy emotivo. Hoy en día, teníamos a Jose, su marido, con nosotros en el viaje y quizá aquel día, en Sulawesi, fue el día en el que Jose decidió venirse con nosotros en esta ocasión.

Como hoy nos tocaba un día de traslados y además de madrugón, decidimos esperar a la noche para celebrar su cumpleaños, eso sí, no podíamos esperar a desearle muy feliz cumpleaños ya desde primera hora de la mañana.

El viaje a Isabela

En esta ocasión el traslado en ferry desde Santa Cruz a Isabela no fue del todo tranquilo. Tuve la mala suerte que me tocó sentarme al lado de un señor, que peor suerte corrió él. En principio todo empezó con normalidad. Me senté con él, abrí mi desayuno, comí algo y me dispuse a cerrar los ojos y descansar un rato. El viaje en ferry fue más movido que otras veces y eso se notaba mucho en el ambiente que se respiraba. Creo recordar que fue en este trayecto en el que Pepe también se encontró mal, se mareó y tuvo que salir a cubierta a que le diese el aire. Pues mi compañero de asiento lo llevó igual de mal. Se pasó el recorrido entero vomitando. Llegó un momento en el que no sabía que más podía tener este hombre dentro a estas tan tempranas horas de la mañana para seguir vomitando sin parar.

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Llegada a Isabela

Y lo peor de las vomiteras, que desde luego se lo lleva al que le pasa, es el olor que se genera, que para mi es uno de los olores más desagradables y que con solo eso puedo llegar a marearme. Ya había tenido la mala experiencia el día de la excursión a León dormido con el olor a gasolina, no me quería imaginar sentirme igual de mal con el olor a vómito. Así que me concentré en dormirme y lo conseguí. Esto fue lo que me evitó pasar un peor viaje del que finalmente fue.

Control de entrada a Isabela y pago de tasas.

Como cada vez que llegamos en ferry a una de las islas, debíamos de pagar el taxi acuático. Aquí ya lo teníamos del todo controlado porque habíamos hecho un bote para todos, y así no teníamos que ir dejando, uno a uno, el dólar que costaba. Llevábamos un tesorero (Gentzane en el primer grupo y Chema en el segundo) que se encargaba de todos los pagos del grupo.

Lo que sí llevábamos incluido dentro del precio del viaje, porque así lo pedí en su día, era la tasa de entrada en Isabela. Al igual que habíamos hecho con la tasa de entrada en Galápagos y con la tarjeta de control de tránsito, en el caso de la entrada a Isabela, también la llevábamos pre-pagada.

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Tras llegar a tierra firme, lo primero que se debe hacer es pagar esta tasa. Nuestra guía se encargó de ello y después pasamos, como en cada entrada a una isla, el control del equipaje.

Ahora ya, por fin, estábamos en Isabela y las primeras impresiones eran muy buenas.

Primeras impresiones de Puerto Villamil.

El muelle de Puerto Villamil es el punto de entrada y salida hacia los sitios de visita sobre todo si haces alguna salida en barco. En el puerto ya nos sorprendemos con la presencia de los lobos marinos, pelícanos e iguanas de mar que están por todos lados.

Puerto Villamil es el asentamiento principal de Isabela y uno de los pueblos más tranquilos del archipiélago. Se organiza alrededor de una playa larguísima de arena clara, donde el oleaje es suave y las iguanas marinas están siempre presentes. Las calles son de arena, hay pequeños comercios locales y un ambiente sano, puro y tranquilo.

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A la llegada al puerto nos estaban esperando para llevarnos al que sería nuestro alojamiento durante las 3 siguientes noches. En este caso tampoco repetí entre mi primer viaje y el segundo.

Nos subimos a la chiva.

Cuando ya habíamos pasado todos los controles, llegamos a un pequeño aparcamiento donde nos esperaba el que sería nuestro sistema de transporte para estos días en Isabela, la Chiva.

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La chiva en Isabela es un camión adaptado con asientos abiertos que funciona como transporte colectivo.

No es exclusivo de Isabela, pero sí fue la primera y única vez que lo vimos en todo el viaje, lo que ya nos daba una idea de que Isabela era una isla distinta, menos turística y mucho más local. Es un vehículo típico de Ecuador y otros países andinos donde se usa como transporte rural. Se construye sobre un chasis de bus o camión y suele tener bancas de madera, laterales abiertos y una escalera trasera que da acceso al techo, donde tradicionalmente se transportaban cargas o equipaje.

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Su diseño abierto permite buena ventilación muy útil sobre todo en la época más calurosa del año, no tanto en la época en la que nosotros estábamos ya que hacía frío y en ocasiones llovía, pero al menos, fue divertido. Su capacidad para llevar a varias personas la convierte en un medio práctico y económico. Aunque en otras regiones las chivas pueden tener un carácter más festivo o turístico, en Isabela cumplen sobre todo una función operativa y comunitaria, facilitando el transporte diario en un entorno donde los taxis y los vehículos privados son limitados.

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Del puerto nos fuimos directamente al hotel para hacer el check in, dejar las maletas y lo más rápido posible salir rumbo a nuestra primera visita del día.

Donde dormir en Puerto Villamil: Hotel Iguana

Con el primer grupo me alojé en el Hotel Iguana.

El hotel es sencillo, pero está muy bien cuidado y sobre todo, muy limpio. Cada vez que pasaba por el pasillo encontraba a alguien limpiando o revisando algo, y eso se nota en el ambiente general. Disponen de una zona para lavar el equipo de snorkel y las botas, que serán revisadas a la salida de la isla, algo que es de agradecer.

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Las mañanas empezaban con un desayuno sencillo, suficiente para arrancar antes de las excursiones. A veces me quedaba un rato más en el vestíbulo tomando café o agua —lo tienen disponible todo el día— mientras consultaba las redes sociales, el mail y me ponía en contacto con Rubén que estaba en España. La red wifi funcionaba bien, pero la conexión a internet de la SIM iba un poco regular.

La ubicación también nos gustó mucho. Se podía ir caminando a cualquier restaurante, a la playa o al punto de encuentro de las actividades. Es cierto que está un poco más al interior, podríamos decir incluso más alejado que el hotel Cally, pero esto también nos permitió conocer un poco más del pueblo ya que teníamos que atravesarlo entero.

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Además, el hotel se encuentras situado muy cerca del mayor supermercado de Puerto Villamil lo que le añadía ese plus. Es cierto que el pueblo es muy pequeño pero aún así, cuando nos alojamos en el hotel Cally, ubicado en la misma playa, no exploramos tanto.

En cuanto a las habitaciones son muy amplias y están impolutas. No destaca por su decoración pero solo necesitamos una cama donde dormir y sobre todo que esté limpio y esto lo cubría con creces.

Donde dormir en Puerto Villamil: Hotel Cally

Con el segundo grupo me alojé en el hotel Cally.

Cuando llegué me di cuenta que si algo tiene este hotel que supera al anterior es la ubicación. Está situado a uno de los extremos de la playa, lo suficientemente cerca de todo para moverme a pie, pero sin el ruido de la zona más transitada. El edificio tiene un aire acogedor, casi de lodge familiar, y es que el trato fue muy familiar desde el primer momento.

Mi habitación estaba en la planta superior, revestida en madera y con grandes ventanales que dejaban entrar mucha luz. Creo que era de las pocas que eran así. Al abrir la puerta, el olor a madera nueva me dio muy buenas sensaciones y desde luego, era de lo más acogedor. Tenía un balcón pequeño con vista parcial al mar, un detalle que no esperaba y que terminó siendo uno de mis rincones favoritos para descansar después de las excursiones. Cama amplia, aire acondicionado, un refrigerador para mantener agua fría y un escritorio donde organizaba mis cosas cada noche: No necesitaba nada más.

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El desayuno se servía en mesa, nada de buffet, y eso lo hacía más tranquilo. Cereal, tostadas, huevos y fruta fresca: suficiente para arrancar el día sin complicaciones. En el comedor siempre había urnas con agua caliente para preparar té o café, y un dispensador de agua filtrada para rellenar la botella antes de salir. Son detalles simples, pero en Isabela se agradecen mucho. Bueno, esto lo teníamos en todos los hoteles y lo tuvimos en todos los del viaje, lo que, además, supone un ahorro importante de dinero y un ahorro, más aún, en plásticos.

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Y mención especial para los empleados que se portaron de lujo y que tuvieron muchos detalles de agradecer. Pero esto lo iremos desvelando a lo largo del diario.

Nuestra llegada a Isabela con el segundo grupo.

Llegamos un domingo, día en el que casi todo el mundo se toma de descanso, con lo que fue muy complicado encontrar a alguien para ir a buscarnos a la terminal del ferry. El dueño del hotel lo tuvo claro y se ofreció para hacerlo él, lo que supuso que se quedase con nosotros prácticamente los 3 días, acompañándonos en su furgoneta a todos los destinos. Pero no solo nos sentimos como en casa por su parte, sino por parte de todos los empleados, que se esforzaron en hacernos sentir cómodos desde el primer momento.

Poza de los flamingos

Nos subimos a la chiva y nos fuimos directos a nuestra primera actividad del día. Hicimos una parada en el camino, y lo hicimos en la poza de los Flamingos. Como no siempre hay flamencos en la laguna, se bajó solo Mafer para comprobarlo. Si no los había, seguiríamos el camino. Pero al rato nos hace señales y nos manda bajar. La ilusión fue tremenda, porque íbamos a ver una especie nueva: el flamenco rosa.

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Los flamencos rosas que se observan en Puerto Villamil pertenecen a la especie flamenco del Caribe (Phoenicopterus ruber), la única presente en Galápagos. Se concentran en las lagunas salobres que rodean el pueblo porque estos humedales ofrecen justo las condiciones que necesitan: aguas poco profundas, alta salinidad y abundancia de pequeños crustáceos y algas microscópicas. Estos organismos contienen carotenoides, los pigmentos que dan a los flamencos su característico color rosado.

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Las lagunas de Villamil, formadas entre antiguas coladas de lava y alimentadas por filtraciones marinas, son un hábitat ideal para su alimentación y descanso. Por eso, aunque la población de flamencos en Galápagos es pequeña y dispersa, Isabela es uno de los lugares donde resulta más fácil verlos, especialmente en las primeras horas de la mañana o al atardecer, cuando se alimentan en grupos tranquilos.

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Centro de Crianza Arnaldo Tupiza.

No hay mejor forma de empezar la visita a Isabela que visitando el centro de Crianza Arnaldo Tupiza. Nos detuvimos en la entrada y allí mismo, frente al gran cartel que indica que hemos llegado al centro, nuestra guía, nos explica un poco lo que vamos a encontrar aquí.

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El Centro de Crianza Arnaldo Tupiza, ubicado a 1,5 km de Puerto Villamil, es el principal espacio de conservación de tortugas gigantes de la isla Isabela. Su función es incubar, criar y mantener en condiciones seguras a las crías hasta que alcanzan aproximadamente cinco años, edad en la que pueden ser reintroducidas en su hábitat natural sin riesgo elevado de depredación o competencia con especies invasoras.

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El centro alberga cinco subespecies de tortugas nativas de Isabela, todas afectadas por amenazas como la pérdida de hábitat, la presencia de animales introducidos y, en algunos casos, erupciones volcánicas. Aquí se reproducen en cautiverio poblaciones procedentes de zonas como Cazuela, Cinco Cerros, Roca Unión, San Pedro, Tablas y Cerro Paloma, sumando alrededor de 330 tortugas entre juveniles y adultos.

Este centro está activo desde la década de 1990, cuando se realizaron los primeros análisis genéticos para identificar y proteger linajes únicos como el de Cerro Paloma, una población críticamente reducida con solo unos pocos individuos sobrevivientes.

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El recorrido hacia el centro se realiza por un sendero de 1,2 km que atraviesa humedales y zonas de manglar, permitiendo observar flora y fauna características de Isabela antes de llegar a las instalaciones. Una vez dentro, observaremos todas las etapas del proceso de crianza, desde la incubación hasta los corrales donde se mantienen los juveniles.

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El Museo Arnaldo Tupiza: un espacio educativo para contextualizar

No hay nada mejor que empezar la visita por el Museo ya que así podremos ponernos un poco en el contexto de qué es este centro, cómo funciona y sobre todo, educarnos en la necesidad de proteger esta especie tan amenazada.

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Al entrar en el Centro de Crianza Arnaldo Tupiza, lo primero que hacemos es pasar por una sala interpretativa que funciona como una introducción al trabajo de conservación que se realiza aquí. No es un museo grande, pero sí un espacio muy útil para entender lo que veremos después en los corrales exteriores.

Dentro encontramos paneles explicativos que nos muestran cómo evolucionaron las tortugas gigantes en Galápagos y cómo se distribuyen las distintas subespecies en Isabela. Estos paneles nos ayudan a identificar las diferencias entre cada población y a comprender por qué requieren un manejo separado.

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También vemos información clara sobre las amenazas que han afectado a las tortugas durante décadas: especies introducidas que destruyen nidos, pérdida de hábitat o incluso erupciones volcánicas que han reducido drásticamente algunas poblaciones. Todo está presentado de forma directa, con fotografías y gráficos que facilitan la lectura.

En una de las paredes se exhiben mapas de la isla donde se señalan las zonas de origen de cada grupo de tortugas: Cazuela, Cinco Cerros, Roca Unión, San Pedro, Tablas y Cerro Paloma. Al observarlos entendemos mejor la fragmentación del territorio y la importancia de mantener estos linajes separados.

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Otra parte del espacio está dedicada a explicar el proceso de crianza: cómo se recolectan los huevos en el campo, cómo se incuban, cómo se cuida a las crías durante sus primeros años y en qué momento se liberan nuevamente en su hábitat natural. Es una visión completa del trabajo que sostiene el centro.

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El interior, aún siendo muy sencillo, es lo suficiente para darnos el contexto necesario para entender la magnitud del proyecto de conservación y nos prepara para lo que veremos al salir al área exterior, donde se encuentran los corrales y las tortugas en distintas etapas de crecimiento.

Una de las cosas que llama mucho la atención es el sistema que tienen para dar formación a los más pequeños, ya que consideran que es desde la infancia desde donde se debe establecer un vínculo con las tortugas, de forma de que desde ya muy pequeños entiendan la importancia de su protección y de la conservación de su entorno.

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La cópula de las tortugas gigantes de Galápagos.

Entretenidos un rato estuvimos mientras observábamos algo poco común, la cópula de las tortugas gigantes de galápagos.

La cópula en las tortugas gigantes de Galápagos es un proceso sencillo pero físicamente exigente. El macho sigue a la hembra hasta que ella se detiene y, si acepta, él sube sobre su caparazón apoyándose en las patas traseras. Eso si, esto lleva su tiempo, y sobre todo para saber por donde tiene que subir. Hay que hacer varios intentos y, pues no es fácil.

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Para mantener el equilibrio estira el cuello y emite vocalizaciones profundas, muy características de la especie. Llamativo cuanto menos. La hembra permanece casi inmóvil mientras el macho completa el apareamiento, que suele ser prolongado para asegurar la fecundación.

Los corrales de crianza del centro Arnaldo Tupiza.

Los exteriores de la zona de crianza del Centro Arnaldo Tupiza se organizan de forma que las tortugas tengan corrales amplios y abiertos, diseñados para ofrecer a las más jóvenes un espacio seguro donde moverse con libertad. Cada corral está delimitado por muros de piedra volcánica y cercas bajas que permiten observar a los animales sin interferir en su rutina. El terreno, de origen volcánico y ligeramente irregular, reproduce de forma controlada las condiciones naturales de la isla, con zonas de sombra, áreas más expuestas al sol y pequeños desniveles que favorecen el ejercicio y el fortalecimiento de las crías.

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En estos espacios exteriores predominan plantas nativas y arbustos resistentes, que sirven tanto de alimento como de refugio. La vegetación está distribuida de manera estratégica para que las tortugas puedan explorar, buscar sombra o alimentarse según sus necesidades. El suelo combina tierra compacta y roca, lo que ayuda a que los juveniles desarrollen una pisada firme y una movilidad adecuada antes de ser trasladados a zonas más grandes.

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Cómo se organizan las tortugas dentro del centro de crianza

En el Centro Arnaldo Tupiza, las tortugas se distribuyen en distintos espacios según su edad y nivel de desarrollo. El recorrido que siguen desde que nacen hasta que están listas para vivir en recintos más amplios es progresivo y muy controlado.

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1. Área de neonatos (0–1 año) Las tortugas recién nacidas permanecen en corrales pequeños y protegidos, normalmente bajo estructuras que las resguardan del sol directo y de los depredadores. Aquí se controla su temperatura, alimentación y crecimiento de forma muy estricta. Es la etapa más delicada.

2. Corrales de juveniles tempranos (1–3 años) Cuando ya son lo bastante fuertes, pasan a recintos algo más amplios, pero aún muy controlados. En estos espacios empiezan a moverse más, a explorar y a desarrollar fuerza en patas y caparazón. La alimentación sigue siendo supervisada y se revisa su crecimiento con frecuencia.

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3. Corrales de juveniles avanzados (3–5 años) En esta fase las tortugas ya tienen un tamaño considerable y pueden vivir en corrales exteriores más grandes, con vegetación natural y zonas de sombra. Aquí aprenden a buscar alimento, a desplazarse por terrenos irregulares y a comportarse de forma más similar a como lo harían en libertad.

4. Recintos de subadultos (5–8 años o más) Cuando alcanzan un tamaño que las hace menos vulnerables, se trasladan a recintos amplios donde conviven con otros individuos de su misma cohorte. Estos espacios imitan de forma más fiel el entorno natural de Isabela: suelo volcánico, arbustos nativos y zonas abiertas. Es la última etapa antes de que puedan considerarse listas para su liberación, si la especie y el programa lo permiten.

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5. Recintos permanentes para tortugas no liberables Algunas tortugas adultas —por razones genéticas, de salud o por pertenecer a poblaciones extremadamente reducidas— permanecen en el centro de por vida. Estas viven en recintos exteriores grandes, separados del flujo de crías y juveniles, y forman parte del programa de conservación como individuos de manejo especial.

El recorrido exterior está trazado de forma que se pueda observar a las tortugas sin acercarse demasiado. Senderos delimitados, barandillas de madera y señalética sencilla guían el paso y mantienen una distancia respetuosa entre el público y los animales. Esta disposición permite que las tortugas mantengan un comportamiento natural mientras los visitantes observan su crecimiento y actividad diaria.

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Tortugas adultas que permanecen en el Centro Arnaldo Tupiza

El sistema que se produce en el centro, es que cuando las tortugas alcanzan los 5 años, son puestas en libertad. Se estima que este es el tiempo para que puedan sobrevivir y una forma de hacer crecer la población.

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Pero en el Centro de Crianza Arnaldo Tupiza viven varias tortugas adultas que no pueden regresar a la vida silvestre. Se trata de individuos pertenecientes a poblaciones extremadamente reducidas de la isla Isabela, cuyos últimos ejemplares dependen por completo del manejo humano para sobrevivir. Entre ellas destacan los sobrevivientes de la población conocida como Cerro Paloma, un linaje genéticamente único del que solo quedan unos pocos individuos.

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Estas tortugas permanecen en el centro porque su población natural está prácticamente desaparecida y su capacidad de reproducirse en libertad es muy limitada. Algunas presentan infertilidad o problemas asociados a la baja diversidad genética, lo que hace inviable su liberación. En el recinto exterior donde viven, reciben cuidados continuos, alimentación controlada y un entorno seguro que evita riesgos que no podrían afrontar en estado salvaje.

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Aunque su presencia suele llamar la atención de los visitantes, estas tortugas cumplen un papel esencial dentro del programa de conservación: representan un patrimonio genético irremplazable y permiten mantener vivo un linaje que, de otro modo, se habría perdido. Su vida en el centro es, por tanto, una medida de protección permanente, orientada a preservar lo que queda de una de las poblaciones más frágiles de tortugas gigantes de Isabela.

La tortuga “fantástica” de Fernandina: una especie que se creía extinta

Aquí también nos enteramos de un descubrimiento bastante reciente.

En Galápagos se confirmó recientemente la existencia de una tortuga que se creía extinta desde hacía más de un siglo. El descubrimiento no ocurrió en Isabela, sino en la isla Fernandina, uno de los lugares más inhóspitos y volcánicamente activos del archipiélago. Allí, una expedición encontró en 2019 una hembra adulta que, tras análisis genéticos, fue identificada como Chelonoidis phantasticus, la llamada “tortuga fantástica”. Hasta entonces, la especie solo estaba representada por un único ejemplar recolectado en 1906.

El hallazgo demostró que la especie había logrado sobrevivir en condiciones extremas, aislada entre campos de lava y con muy poca vegetación disponible. Aunque solo se ha encontrado un individuo, se han registrado huellas y rastros recientes que sugieren la posible presencia de más tortugas en zonas remotas de la isla. Este descubrimiento abrió una nueva esperanza para la conservación de una de las especies más enigmáticas y raras de Galápagos.

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Solitario George: la última tortuga de su especie

También recordamos la historia de Solitario George, que yo casi tenía olvidada, aunque sí la conocía.

Solitario George fue el último representante conocido de la especie Chelonoidis abingdonii, originaria de la isla Pinta, en el norte del archipiélago de Galápagos. Durante décadas vivió en un recinto especial del Centro de Crianza Fausto Llerena, en Santa Cruz, convertido en un símbolo mundial de la fragilidad de los ecosistemas insulares. Su historia llamó la atención porque, pese a numerosos intentos, nunca se logró que se reprodujera, lo que confirmó que su linaje estaba condenado a desaparecer. Recuerdo como nuestra guía, explicaba esta parte con mucha nostalgia, mucha pena y además con muchos detalles.

Cuando George murió en 2012, la especie se declaró oficialmente extinta. Su pérdida marcó un antes y un después en la conciencia ambiental de las islas: se convirtió en un recordatorio permanente de lo que ocurre cuando una población queda reducida a un solo individuo. Hoy, su cuerpo preservado se exhibe en el mismo centro donde vivió, como un homenaje a su especie y como una advertencia sobre la importancia de proteger a tiempo a las tortugas gigantes que aún sobreviven en el archipiélago.

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No puedo recordar cuanto tiempo estuvimos en el centro de crianza, pero si puede decir que en el tiempo que estuvimos aquí conocimos en profundidad, no solo la problemática de la tortuga Gigante de Galápagos, sino cómo se está intentando reintroducir, proteger y cuidar. Además, fuimos conscientes del porqué en esta isla, Isabela, tiene tantas especies distintas de tortugas, algo que recordaremos y en lo que profundizaremos en nuestra subida al Volcán Sierra Negra.

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El nombre de Arnaldo Tupiza.

Otra de las cosas que nos sorprendió es cuando nuestra guía nos cuenta quien fue Arnaldo Tupiza, un guardaparque del Parque Nacional Galápagos que desempeñó un papel clave en los primeros programas de conservación de tortugas en la isla. Su trabajo se centró en proteger nidos, rescatar crías vulnerables y apoyar los esfuerzos de reproducción en cautiverio, especialmente en un periodo en el que las poblaciones de Isabela estaban gravemente amenazadas por especies introducidas y por la pérdida de hábitat.

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El hecho de que el centro lleve su nombre indica que su labor fue considerada fundamental para el desarrollo de los programas de manejo y para la protección de las tortugas gigantes en la isla. Lo más sorprendente es que este guardabosques era SU TÍO. Y aquí empezamos a comprender un poco, aunque aún faltaba parte de su historia, porqué Mafer llegó a ser, no solo una guía muy reconocida en Galápagos, sino muy conocida entre los lugareños, sobre todo de Isabela.

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Comiendo en Isabela Grill.

Con todo lo aprendido en el centro Arnaldo Tupiza, regresamos en la chiva a Puerto Villamil donde nos estaban esperando para comer. Esta comida también la teníamos incluida en el precio del viaje.

Yo llevaba unos días en los que no me encontraba bien. Me dolía la garganta y aunque Raúl, nuestro médico del grupo que llevaba un poco de todo en su equipaje, me había dado una medicación, decidí seguir su indicación de no tomarlo a no ser que me sintiese realmente mal. Así que no me lo tomé y decidí aguantar. Justo este día me tocó comer con él justo en frente. En un momento de la comida me preguntó cómo me encontraba, no debía de verme bien, y realmente me encontraba, a cada minuto, peor. Su respuesta fue contundente: «Creo que es el momento de tomar la medicación». Y menos mal que lo hice porque fue como muy radical el empezar a encontrarme cada vez mejor.

Ya habíamos pasado, justo antes de comer, por un centro de Puerto Villamil a recoger el equipo de snorkel para ir a Concha de Perla por la tarde. Este equipo también lo llevábamos incluido pero aprovechamos también para negociar precio para las tardes que tendríamos libres en Isabela.

Tras la comida, pusimos rumbo hacia Concha de Perla.

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Saliendo de Isabela Grill hacia Concha de Perla

Snorkel en Concha de Perla

Concha de Perla es una pequeña laguna natural situada a pocos minutos del muelle de Puerto Villamil, en la isla Isabela. Se llega a ella por un sendero de madera que atraviesa un manglar costero donde suelen descansar lobos marinos, iguanas marinas y aves locales. Se encuentra muy cerca de la terminal del ferry a donde habíamos llegado esta mañana.

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Al final del camino aparece una piscina de agua tranquila y transparente, protegida por formaciones de lava que actúan como barrera natural frente al oleaje. Este entorno convierte a Concha de Perla en uno de los lugares más accesibles y seguros de Isabela para practicar snorkel, con la posibilidad de observar tortugas marinas, rayas, peces tropicales y, en ocasiones, lobos marinos curiosos que se acercan a los bañistas.

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En el trayecto nos encontramos con un macho grande de lobo marino y su cría, y la guía nos dijo que pasásemos con mucha precaución, sin movimientos bruscos y por la zona del manglar, sin pisar la pasarela donde se encontraban. Fue un momento tenso porque no sabemos como pueden reaccionar. Es más, este día, nos encontramos con unos chicos que nos contaron una historia sobre un león marino que nos hizo replantearnos nuestra relación con ellos. Parecen muy amigables pero pueden llevarnos a situaciones muy tensas.

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Yo llegué con intención de no meterme al agua, aunque llevé todo el equipo e iba preparada: mi bañador de manga larga, la máscara de snorkel y las aletas que había cogido en el centro. Incluso había llevado la cámara de fotos porque pretendía sacar fotos a los chicos mientras estaban en el agua. Seguía encontrándome regular y aunque la medicación estaba haciendo efecto no quería ir a peor metiéndome en el agua fría de la piscina natural de Concha de Perla.

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Esperé mientras los chicos se iban metiendo uno a uno al agua, ayudando en todo lo que pude y quedándome al cuidado de las pertenencias de cada uno, aunque sinceramente, allí hay poco que cuidar. Salva tampoco se iba a meter al agua, así que nos hicimos compañía. Mi tranquilidad duró poco, porque poco después de que todos estuviesen metidos en el agua, escucho a Cristina gritar: ¡Una mantarraya! y ni lo dudé. Me quité la camiseta, preparé el móvil para poder meterlo al agua, y me tiré sin pensarlo. No sentí ni el agua fría. Y sí, allí estaba ella, la mantarraya. Después ya decidí que si me había metido al agua, ya me debía quedar. Y así fue como hice mi primer snorkel en Isabela, en Concha de Perla.

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Mi segunda experiencia en Concha de Perla.

Cuando llegué a este lugar, 15 días después, con el segundo grupo en Ecuador, la situación era muy distinta. Llegué al 100% y ni me lo pensé. Simplemente me tiré al agua. Estaba a lo mío, mirando las tortugas marinas, observando el fondo del mar y cuando levanto la cabeza, la saco fuera del agua para ver donde estaba el resto, me doy cuenta que la mayoría habían decidido abandonar la experiencia.

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He de reconocer que el agua estaba muy muy fría, la visibilidad no es que fuese mala, pero entre el frío y esta visibilidad regular, reconozco que no me pareció extraño que se hubiesen salido. Mafer, Silvia, creo que Magdalena y Vito, seguíamos en el agua y aguantamos hasta que a mi me empezaron a doler las muñecas. Algo que me pasa cuando el agua es fría.

Un paseo al atardecer por Puerto Villamil.

El resto de la tardes, después de una buena y calentita ducha, la dedicamos a pasear por Puerto Villamil, por la playa, y conocer y reconocer el lugar que nos iba a acoger estos tres días.

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Llegamos a una especie de plataforma a la que no dudamos en subir, donde había un montón de iguanas marinas, aprovechando el sol, el poco que ya quedaba. Desde allí teníamos una vista panorámica de la playa de Puerto Villamil, se veía el faro al otro extremo y hasta se divisaba el Islote de Tintoreras justo al frente, un lugar ideal para intentar ver pingüinos, que todavía no habíamos visto.

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En nuestro paseo por Puerto Villamil vimos una procesión y nos dimos cuenta que habíamos llegado en un momento importante y muy local de Isabela, la celebración de la Virgen del Cisne, que lo íbamos a vivir más intensamente en el día siguiente.

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Un coctel en Light House Resto Bar

Para celebrar el cumpleaños de Ana, decidimos hacer una parada en uno de los locales de la playa y desde ahí esperar para ver la puesta de sol, puesta de sol que hoy era muy deslucida ya que se había nublado totalmente.

Segundo grupo: merendando en Isabela Cofee-Odisea Craft Beer

15 días después la tarde fue muy similar, salvo por que hicimos una parada a mitad de tarde para merendar en un lugar que yo ya conocía, una cafetería en el centro de Puerto Villamil.

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Además, entramos en la Iglesia Católica Cristo Salvador donde con el primer grupo no había entrado dado que estaban en plena celebración y había mucha gente.

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Celebrando el cumpleaños de Ana en Albita Grill

Para celebrar el cumpleaños de Ana en Puerto Villamil escogimos un restaurante local que tenía buenas valoraciones, se trata del Albita Grill.

Salva, Raúl y Cris habían pasado por una pastelería para comprar, al menos, un trozo de tarta donde poder colocar las velas de cumpleaños, ya que teníamos claro que en el restaurante no habría nada donde poder hacer esto.

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El diario de Ana Rico.

«16 de Agosto…Mi cumpleaños.

He celebrado mi cumpleaños 3 años con mi “familia” viajera, muy lejos de la familia pero muy arropada y querida, aunque este año me acompañaba mi marido, y eso lo hacía aún más especial.

En nuestro itinerario tocaba dejar Santa Cruz para llegar a Isabela, y allí acompañados por nuestra guía Marfer, visitar el centro de  recuperación de tortugas! Me pareció una visita de lo más interesante, sobre todo como los voluntarios (chicos jóvenes) se implican en recuperar algo tan importante como el bienestar de las tortugas terrestres.

Luego vendría la parte que más me gusta, una nueva inmersión en Concha de Perla, disfrutar de toda la fauna que nos regala el mar y nadar con ellas, las tortugas, y quedarte embobado viendo esos bancos de peces de colores, y de nuevo volver a seguir el nado de otra tortuga, es algo que a mí me resulta hipnotizante.

Esa inmersión fue mi primer regalo de cumpleaños, luego en la cena tendría algunos más de mis compañeros, mil gracias chicos!!

Por supuesto soplé velas y pedí un deseo!! Y ese deseo se cumplirá en Agosto cuando volvamos a viajar juntos…»

Después de la cena y en nuestro paseo nocturno, no pudimos resistirnos a ir hacia el centro del pueblo donde a estas horas de la noche estaban en plena celebración de la festividad de la Virgen del Cisne.

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La plaza y las calles cercanas a la iglesia ebullían a estas horas. Había un grupo de música y la gente del pueblo organizaban bailes y pequeñas actividades donde participaban familias enteras, jóvenes, comerciantes y hasta algunos empleados del ayuntamiento que se suman de manera informal. Allí estuvimos un largo rato contemplando como se celebraba una fiesta en Isabela aunque tendríamos tiempo para disfrutarla un poco más.

Segundo grupo: Margaritas y cena en Gracias Madre

Tremenda noche la que pasamos en nuestra primera noche en Isabela con el grupo 2. Cuando paseábamos por Puerto Villamil, estábamos decidiendo dónde íbamos a cenar. Yo les estaba contando, en medio de la calle, cuales eran los restaurantes que había probado hacía 15 días. Alguien, que no recuerdo quien, dijo de probar, ya que llevábamos muchos días con comida ecuatoriana, algo un poco distinto, y justo al lado teníamos un mexicano. La verdad es que en mi caso, después de un mes en Ecuador, tenía ganas de un tipo de comida distinta y yo me apunté al plan. De los 12, la mitad querían ir al Mexicano y la otra mitad decidieron que les apetecía cenar en una brasería. Así que nos repartimos.

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Cuando entramos en el Gracias Madre, vimos una oferta de margaritas de maracuyá al 3×2 y ¿quién se puede resistir a una oferta así? Es cierto que éramos 6 y que la oferta nos podría ir bien, pero Mai aún estaba tomando antibiótico por lo que no podía tomar alcohol. No pasa nada, pedimos 6, y ya la sexta margarita nos la tomamos entre todos. Ella se pidió un zumo de maracuyá. Y es que el maracuyá en estas islas lo tienen para regalar.

¿Cenamos bien? pues no os se decir. Mis tacos estaban buenos, el burrito de Silvia no era nada bueno y el resto estuvo conforme con lo que cenó, pero desde luego, nos daba igual la comida porque lo pasamos genial. Y tras la primera tanda de margaritas llegaron las segundas. Para hacernos una idea y dejar registro aquí del gasto de aquel día, más de 100 dólares se fueron en bebidas. No digo más.

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Lo pasamos tan bien que cerramos el restaurante. Eso es las 10 de la noche. Y como no queríamos terminar este día tan genial que estábamos viviendo decidimos continuar la fiesta en el hotel

Noche de cervezas en el hotel

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Llegamos al hotel y a diferencia de otros hoteles en los que habíamos estado donde dejaban a disposición las neveras abiertas y solo tenías que apuntar en unas notas lo que cada uno cogía de ellas, aquí nos encontramos las neveras candadas, cerradas. Así que nos llevamos una gran desilusión. Entendimos que en este hotel fuese distinto, porque es un hotel con un concepto muy abierto, también muy expuesto y situado al lado de la playa, así que para evitar los robos, suponemos que por esto, decidiesen cerrarlas. Pero Myriam y yo, nos fuimos hacia recepción, suponíamos que la llave no debía de estar muy lejos. Y efectivamente, vimos un manojo de llaves con un abrebotellas colgado.

Supusimos que tenía que ser esa y no nos equivocamos. Escogimos unas cervezas, volvimos a cerrar la nevera y les dejamos un cartel en recepción para indicar que habíamos cogido esto y que me lo cargasen a la habitación.

Creo que nos acostamos sobre las 12 de la noche y fue el día que más tarde me acosté de los 30 días de viaje. Eso sí, lo pasé tan bien que repetiría sin duda.

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