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Diario de viaje Ecuador y Galápagos en 18 días

Qué hacer en un día en Cuenca (Ecuador)

Era nuestro quinto día en Ecuador, y era festivo. Ese día lo pasamos en Cuenca, coincidiendo con la festividad del 10 de Agosto, una fecha muy importante en Ecuador. Este día se conmemora el Primer Grito de Independencia de 1809, cuando Quito inició el movimiento que más tarde llevaría a la independencia del país. Aunque la libertad no llegó de inmediato, el 10 de Agosto se considera el punto de partida del proceso independentista y se celebra en todo el país con actos cívicos y actividades culturales. Estar allí justo en esa fecha añadió un contexto especial a nuestra visita.

Mirador del Turi cuenca ecuador (3)

Comenzaba así, un día que sería muy intenso en visitas, y que fue relativamente distinto, entre mi primer viaje y el segundo, así que intentaré contarlos los dos como buenamente pueda. ¡Vamos allá!

Viaje con Vosotros

Este «Viaje con Vosotros a Ecuador en 18 días» se desarrolló tal y como lo estáis leyendo durante el mes de Agosto de 2025, en uno de los viajes que realizamos bajo el concepto «Viaje con Vosotros». Desde hace años ofrecemos la posibilidad a nuestros lectores, seguidores de redes sociales y clientes de la agencia de viajes a acompañarnos. Y este fue nuestro Séptimo «Viaje con vosotros».

Si quieres realizar un viaje similar o parecido a este, consulta las fechas de salida regular o si lo prefieres, pídenos un presupuesto para un viaje en privado a un país que estoy segura que te sorprenderá. 

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Aquel día amanecimos en La Posada del Ángel, un hotel de estilo colonial, sencillo y agradable. Después de un desayuno rápido con el grupo, nos reunimos con Raúl, nuestro guía, y con Rosendo, nuestro chófer, para empezar la primera visita del día.

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Posada del Ángel

En el segundo viaje esto ocurrió, desde La Casa de San Rafael, junto con Rodrigo (nuestro guía) y Santiago (como chófer).

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Ana y Nacho en el centro, Jose y nuestro guía, Rodrigo, en la esquina. Esperando para desayunar

La llegada a la fábrica de Homero Ortega.

Nuestro primer destino era la fábrica de sombreros de paja toquilla Homero Ortega, conocidos en todo el mundo como sombreros Panamá. Al llegar, nos llevaron a la primera sala, donde todavía no había empezado la explicación cuando apareció el propio señor Ortega.

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Se presentó con total naturalidad y empezó a contarnos cómo su padre había comprado a los herederos de su abuelo —sus tíos— la parte de la casa que les correspondía. A partir de ahí comenzó el proyecto familiar que acabaría convirtiéndose en una de las fábricas más reconocidas del país y a una de los mayores exportadores del sombrero Panamá.

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El Sr. Ortega, al que no sería la primera vez en el día que nos encontraríamos, nos explicó como su papá compraba sombreros elaborados directamente por las mujeres de Cuenca, y los llevaba a vender a Guayaquil. La historia de su papá comienza a la temprana edad de 12 años, cuando los niños terminaban el colegio y se tenían que poner a trabajar. Él mismo, ayudaba a hacer este tipo de sombreros que con el tiempo se convirtieron en su forma de vida, llevándolos a vender a Guayaquil, sobre todo a la gente que llegaba en barco. Este viaje que hoy en día nos llevará unas 2 horas y media, se hacía en caballo, y tardaban una semana en hacer este recorrido por la llamada Vía del Cajas.

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Tras esta pequeña introducción de lo que es su empresa y su vida, el Sr. Ortega se despide, dándonos la bienvenida a su casa.

La fábrica del Sombrero de Paja Toquilla y el proceso de producción.

La visita continuó ya con la explicación de nuestros guías (Raúl en el primer viaje y Rodrigo en el segundo). Aquí nos explican todo el proceso de elaboración del sombrero de paja toquilla. Lo primero que nos mostraron fue la materia prima: la fibra obtenida de la palma toquilla. Nos enseñaron cómo se seleccionan las hojas, cómo se hierven y cómo se secan para conseguir esas tiras finas y flexibles que sirven de base para el tejido.

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A partir de ahí, el proceso pasa a manos de las tejedoras, llamadas cholas cuencanas, que trabajan desde sus casas o en pequeños talleres. Nos explican que el tejido empieza siempre por la parte superior del sombrero, el “cogollo”, y que desde ahí se va ampliando hacia los lados. Es un trabajo lento y muy preciso. Dependiendo de la finura de la fibra y de la habilidad de la tejedora, un sombrero puede tardar desde unos días hasta varios meses en completarse y de eso también depende su precio.

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Una vez terminado el tejido, los sombreros llegan a la fábrica para seguir con las siguientes etapas. Y una de las más importantes es el control de calidad, donde se selecciona el tipo de sombrero qué es, su calidad y si hay que descartarlos o no.

Vimos cómo los lavan, los blanquean si es necesario y los ponen en moldes para darles la forma definitiva. Después pasan por un proceso de planchado y acabado, donde se revisa cada pieza para asegurarse de que no tenga imperfecciones. Finalmente, se colocan las cintas y los detalles que identifican cada modelo.

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Lo que más nos llamó la atención fue la mezcla de tradición y técnica. Aunque la fábrica cuenta con maquinaria moderna para algunas fases, el corazón del proceso sigue siendo artesanal. Cada sombrero pasa por muchas manos antes de llegar a una tienda, y eso se nota en el resultado final.

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Sombrero Panamá.

Aunque allí el nombre original y con el qué es conocido es Sombrero de Paja Toquilla, una de las primeras preguntas que nos hicimos y que formulamos es el porqué se les llama y son conocidos mundialmente como sombrero Panamá, si nada tienen que ver con este país y se fabrican, enteramente, en Ecuador.

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Se llama así porque durante la construcción del canal de Panamá le regalaron un sombreo estándar al presidente de los EEUU que le gusto tanto que lo empezó a usar hasta que se le preguntó de donde era ese sombrero que tanto usaba, un sombrero de paja toquilla de Ecuador. El presidente dijo algo así como: «No se, me lo regalaron en Panamá así que supongo que será un sombrero de Panamá».  Y de esta manera pasaron a ser conocidos en el mundo entero.

No es habitual ver gente con este tipo de sombreo por la calle porque lo usan en momentos especiales y festivos.

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Son sombreros hechos a mano cuyos precios van de los 40 a los 1000 dólares dependiendo del tiempo de elaboración y de la calidad de la fibra. Cuando más transparente es el sombrero, más caro es.  

Mi segunda visita a la fábrica. La relación con Hermés.

Si en nuestra primera visita habíamos coincidido con el Sr. Ortega, en nuestra segunda visita lo hicimos con su heredera, su hija.

Mientras observábamos los distintos modelos —desde los más tradicionales hasta los más modernos— se acercó una mujer con una sonrisa tranquila y una seguridad que solo da el conocimiento profundo de un oficio. Se presentó como la hija del Sr. Ortega, y de inmediato comprendimos que no era simplemente una anfitriona: era la heredera de una tradición que había cruzado fronteras.

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Nos asesoró con los modelos de sombrero que estábamos mirando y ante la duda de Myriam, sobre si debería comprarse o no uno de los sombreros que más le habían llamado la atención, ella mencionó, casi con naturalidad, su relación con Hermès, la prestigiosa casa francesa.

Contó que Hermès había buscado durante años un tejido que combinara ligereza, resistencia y una estética impecable, y que finalmente lo encontraron en Cuenca, en los talleres de su familia.

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Recuerdo que nos enseñó un artículo publicado en la revista Elle en su versión de Estados Unidos, donde se mencionaba la colaboración. Lo sostenía con un orgullo, como quien sabe que el reconocimiento internacional no es casualidad, sino fruto de un trabajo duro y mucha dedicación. En el artículo se hablaba de cómo la paja toquilla ecuatoriana, tejida por manos de mujeres maestras, había conquistado a la industria del lujo y se había convertido en un símbolo de elegancia contemporánea. Y sí, en el artículo salía el sombrero que en aquel momento Myriam sostenía en sus manos.

Mientras la escuchaba, me di cuenta estábamos en un punto de encuentro entre tradición y modernidad, entre la historia de un país y el mundo del diseño global. Y sí, Myriam finalmente se llevó un sombrero por 40 dólares, que marcaba 400 en cualquier tienda Hermés.

Además comprendí, que pese a estar haciendo un viaje similar, un viaje con el mismo planning la experiencia que vivía en cada uno era totalmente distintita, algo que agradecí, ya que hacía tan solo 15 días, que había estado en este mismo lugar conversando con el Sr. Homero Ortega.

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Segundo grupo en la tienda de Homero Ortega

La tienda de la fábrica.

Uno de los motivos principales por los que metimos esta visita en el planning de viaje por Ecuador, fue la petición por parte de muchos de los integrantes del primer grupo, ya qué querían comprar algún sombrero «Panamá». Aunque en el planning original estaba la visita a otro museo, nos pareció muy interesante, por lo llamativo y distinto, cambiar esa visita por esta otra, y así aprovechar para comprar sombreros de Paja Toquilla de calidad. Como así hicimos.

Mirador del Turi. Segundo Grupo.

Tras la visita a la fábrica de sombreros de paja toquilla, en el segundo grupo subimos al Mirador del Turi. Con el primer grupo lo habíamos hecho para ver el atardecer del día anterior, que como era un día festivo estaba lleno de gente y con un ambiente totalmente opuesto al que nos encontramos esta mañana con el segundo grupo. Un día de lo más tranquilo donde pudimos observar desde el mirador, toda la ciudad de Cuenca.

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Aquel día en el Mirador del Turi fue, en realidad, nuestro primer acercamiento a Cuenca. Todavía no habíamos recorrido sus calles ni visitado sus plazas, así que empezar por aquí fue el mejor de los inicios. El mirador estaba casi vacío, algo que nos sorprendió para ser un punto tan conocido y por la experiencia que había vivido tan solo 15 días antes, viendo el atardecer.

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Desde arriba, Cuenca se presentaba como un mapa aún por descubrir. Mirábamos la ciudad sin referencias previas, tratando de ubicar lo que más tarde recorreríamos a pie. Era una vista panorámica que funcionaba como introducción: los tejados, el trazado urbano, el río al fondo, la catedral…

Aprovechamos la ausencia de gente para hacer fotos y contemplar la ciudad desde arriba, de forma que antes de entrar en ella, ya teníamos una imagen general que nos situaba y nos daba una primera impresión. Y pintaba bien, muy bien.

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Silvia contemplando Cuenca desde el Mirador del Turi

Con el primer grupo, tras abandonar la fábrica, dimos un paseo lento por los laterales del río Turi, donde pudimos empezar a comprobar que por algo esta ciudad es la más bonita de Ecuador y me atrevería a decir, que de todo el sur de América.

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Grupo 1 paseando por Cuenca

Puente Vivas nos Queremos

En nuestro paseo por la ciudad nos encontramos con algo muy llamativo y que no pudimos pasar por alto, el Puente «Vivas nos Queremos».

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El puente “Vivas nos Queremos” se ha convertido en un punto de visibilización contra la violencia de género. El mensaje pintado en su estructura denuncia los asesinatos machistas y reclama la protección efectiva de las mujeres. Cada uno de esos sombres, corresponde al nombre de cada mujer víctima de femicidio. Asusta leerlo y sobre todo, conciencia sobre un problema mundial.

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El puente y lo que representa, funciona como recordatorio público de la persistencia de esta violencia y de la necesidad de políticas de prevención, atención y reparación. Su presencia en el espacio urbano lo ha consolidado como un referente local en actos y movilizaciones vinculados a la igualdad y a la memoria de las víctimas.

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El Mercado del 10 de Agosto de Cuenca

Poco a poco llegamos a la entrada del mercado. Casualidades de la vida, visitamos el Mercado del 10 de Agosto, un 10 de Agosto.

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La visita al Mercado 10 de Agosto fue una de nuestras primeras paradas en Cuenca, cuando todavía no conocíamos la ciudad más allá de lo que habíamos visto desde el mirador. Entrar al mercado aquella mañana fue como asomarnos por primera vez a la vida cotidiana de la ciudad, esta vez a ras de suelo y no desde la distancia.

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Nada más cruzar la entrada, el ambiente cambió: el movimiento constante de vendedores y compradores, los puestos organizados por secciones y el olor a frutas, hierbas y comida recién preparada nos dieron una primera impresión muy directa de cómo se vive Cuenca en un día cualquiera. Bueno, un día cualquiera tampoco, porque se notaba, mucho, que era festivo, ya que en mi segunda visita no había tanta gente como en esta primera, ni estaba tan engalanado.

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Recorrimos los pasillos con calma. En la zona de frutas, los colores llamaban la atención sin necesidad de adornos: montones de naranjas, papayas, plátanos y aguacates perfectamente apilados. Más adelante, los puestos de hierbas y productos tradicionales mostraban ingredientes que algunos del grupo no conocían, y que los guías nos iban explicando con naturalidad cuando alguien preguntaba. Era un mercado pensado para la gente local, y eso se notaba en la forma en que todo estaba dispuesto.

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En la parte de comida preparada, el olor a caldo y a platos típicos nos hizo detenernos. Aunque no nos quedamos a comer, fue suficiente para hacernos una idea de lo que más tarde probaríamos en la ciudad. El bullicio era constante, pero no agobiante; más bien daba la sensación de estar viendo Cuenca en funcionamiento, sin filtros.

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Antes de caminar por las calles del centro histórico, ya habíamos tenido un primer contacto con la vida diaria de la ciudad. El Mercado 10 de Agosto nos sirvió como introducción práctica: un vistazo directo a los productos, los sabores y la gente que forma parte de la Cuenca que luego recorreríamos con más calma.

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La limpia de Manuela.

En el Mercado 10 de Agosto no solo nos llamó la atención el movimiento de los puestos y la variedad de productos. También descubrimos algo muy propio de la tradición andina: “la limpieza o más bien limpia energética”. Para muchos locales es un ritual habitual, una forma de equilibrar lo emocional y lo espiritual cuando sienten que algo no va del todo bien. No es un acto religioso, sino una práctica cultural que combina hierbas, aromas y gestos simbólicos para “despejar” lo que se percibe como energía negativa.

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Manuela, decidió probar. Entre risas y una cierta inquietud, ella dijo qué esto no se lo perdía. Los demás aplaudimos el gesto porque era una forma más de conocer algo de la cultura de Ecuador. Lo comentó con esa mezcla de humor y sinceridad que aparece cuando uno piensa que, si algo puede ayudar aunque sea un poco, vale la pena intentarlo. Su razonamiento fue simple: mejor hacerlo y quedarse igual, que no hacerlo y quedarse con la duda. A día de hoy, todavía nos sigue diciendo que aquello marcó el resto del viaje, que fue un viaje de 10.

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La limpieza se realiza en el mismo puesto, a la vista de todos, en un espacio muy reducido. La persona que la lleva a cabo utiliza ramos de hierbas como ruda, albahaca o eucalipto, que se pasan alrededor del cuerpo para “arrastrar” lo que se quiere dejar atrás. A veces se acompaña con inciensos o esencias, y con palabras que buscan reforzar la intención del ritual.

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En esta ocasión, además de las hierbas, se utilizó un huevo. Es una práctica común en la región: el huevo se pasa por todo el cuerpo como si absorbiera aquello que pesa o incomoda. Para quienes creen en ello, es una manera de visualizar que lo malo ya no está dentro, sino fuera, contenido en ese huevo roto, con marcas de llevar algo dentro que no solo es clara y yema.

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Mientras Manuela estaba allí, el resto del grupo observaba con curiosidad. No esperábamos grandes revelaciones, pero sí entendimos que, para muchas personas, estos rituales funcionan como un momento de alivio, una pausa para soltar lo que se arrastra. Cuando el huevo se rompió y la curandera explicó lo que veía, Manuela sonrió. No porque hubiera una respuesta definitiva, sino porque sintió que había hecho algo por sí misma. Ella había dicho que venía a vivir una experiencia completa en Ecuador y lo llevó a cabo.

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Al salir del mercado, la conversación giró en torno a la experiencia. Más allá de creencias personales, fue una forma de acercarnos a una parte auténtica de Cuenca: sus costumbres, sus prácticas cotidianas y la manera en que la tradición convive con la vida diaria.

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Calles de Cuenca

Probando y comprando frutas en el mercado

En la primera visita al Mercado, Raúl, nuestro guía, nos ofreció probar algunas frutas en alguno de los puestos, como así hicimos. Pero cuando regresé con el segundo grupo, la experiencia quizá fue más enriquecedora. También es cierto que no había tanto bullicio en el mercado, al no ser festivo la experiencia también fue distinta y pudimos hacer algo que nos dejó sin palabras.

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Mientras recorríamos el Mercado 10 de Agosto, Rodrigo —nuestro guía— nos lanzó una propuesta que encajaba perfectamente con el ambiente del lugar: elegir varias frutas locales para preparar al día siguiente un desayuno diferente, algo que nos permitiera empezar la mañana con un sabor propio de Cuenca. Lo planteó con naturalidad, como quien sabe que la gastronomía también es una forma de conocer un lugar, un sitio, un país.

El grupo se animó enseguida. Frente a los puestos llenos de colores y formas variadas, la idea de probar frutas que no solemos encontrar en nuestro día a día resultaba casi inevitable. Rodrigo nos fue señalando algunas opciones, explicando de dónde venían, cómo se comían y qué las hacía especiales. La guanábana, con su pulpa blanca y suave; la granadilla, que se abre como si guardara un pequeño tesoro dentro; la taxo, de aroma intenso; olas uvillas, pequeñas y brillantes, que se vendían en racimos.

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Los vendedores contribuían a la experiencia. Ofrecían probar un trocito, explicaban cómo pelar cada fruta y contaban anécdotas sobre su cultivo. El mercado, con su ritmo constante, hacía que todo pareciera parte de un proceso natural: observar, preguntar, probar y, finalmente, elegir.

Poco a poco, las bolsas se fueron llenando. No sabíamos exactamente cómo quedaría aquel desayuno, pero la idea de prepararlo juntos añadía un punto de entusiasmo. Rodrigo insistía en que no se trataba solo de comer algo distinto, sino de acercarnos a la ciudad desde otro ángulo: a través de sus sabores, de lo que se cultiva en la región y de lo que forma parte de la vida cotidiana de la gente.

El Mote de Maiz.

Se elabora a partir de maíz blanco cocido durante varias horas hasta obtener granos tiernos y de textura uniforme. Su preparación tradicional incluye un proceso de pelado mediante cal o ceniza, que facilita la cocción y mejora la conservación. En Cuenca se consume como acompañamiento habitual de platos locales, especialmente carnes, embutidos y preparaciones típicas como el hornado o el cuy. Su presencia en la dieta responde tanto a su valor nutritivo como a su disponibilidad agrícola en la zona.

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En mi caso, lo comí, ni me gustó mucho como para comerlo a diario, ni diría que no me gustó o me desagradó. Podría comerlo pero sin ser algo que comería sin dudarlo.

Iglesia El Carmen de la Asunción

La Iglesia El Carmen de la Asunción forma parte del día a día del centro de Cuenca. Está justo al lado de la Plaza de las Flores, así que uno llega casi sin darse cuenta, caminando entre puestos y gente que va y viene. En mi primera visita, supongo que por ser festivo, el parque de las flores se había convertido en un parque de Chuches, y casi que la portada de la Iglesia pasaba desapercibida entre tanto color pastel. Lo veríamos muy distinto, 15 días después.

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Desde fuera, la fachada de piedra llama la atención por su antigüedad, pero sin exageraciones: es sencilla, con detalles coloniales que recuerdan que el edificio lleva ahí varios siglos.

El conjunto nació como parte del monasterio de las carmelitas, que se establecieron en Cuenca a finales del siglo XVII. La iglesia que vemos hoy se terminó alrededor de 1730, y desde entonces ha sido un punto de referencia para la vida religiosa de la ciudad.

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El retablo principal y el púlpito conservan ese estilo colonial que se ve en muchos templos de la región, y en la parte superior está el coro donde las religiosas participaban en las celebraciones sin ser vistas, algo típico de los conventos de clausura. También se mantienen varias devociones importantes para la comunidad, como la Virgen del Carmen o el Niño Viajero, que tienen un papel destacado en las festividades locales.

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Lo que más sorprende es el contraste de la iglesia y el mercado exterior. Mientras dentro se respira silencio, en el exterior, en la Plaza de las Flores, se ve movimiento, siempre.

Parque Calderón

El Parque Calderón es uno de esos lugares que uno acaba cruzando varias veces sin proponérselo. Está en pleno centro de Cuenca y funciona como un punto de encuentro natural: gente sentada en los bancos, familias pasando, estudiantes conversando y turistas que se detienen a mirar alrededor.

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Históricamente, este parque ha sido el corazón de la ciudad. Lleva el nombre de Abdón Calderón, un joven héroe de la independencia ecuatoriana, y alrededor de él se concentran algunos de los edificios más importantes de Cuenca. A un lado está la Catedral Nueva, con sus cúpulas azules que se ven desde casi cualquier punto del centro, y al otro la Catedral Vieja, que hoy funciona como museo.

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Para quienes llegan por primera vez, el Parque Calderón sirve como punto de orientación. Desde allí se puede ir prácticamente a cualquier parte del centro histórico. Y aunque no sea un espacio monumental, tiene ese aire de plaza principal que concentra historia, vida cotidiana y un ritmo propio que se entiende mejor cuando uno se detiene un momento a observar lo que ocurre a tu alrededor, con calma.

Catedral de la Inmaculada Concepción

La Catedral de la Inmaculada Concepción es imposible de pasar por alto cuando uno camina por el centro de Cuenca. Sus cúpulas azules asoman por encima de los edificios y sirven casi como punto de orientación para cualquiera que llega por primera vez. Desde el Parque Calderón se ve en toda su dimensión, ocupando buena parte de uno de los lados de la plaza.

Catedral de la Inmaculada Concepcion cuenca ecuador

Aunque hoy es uno de los símbolos más reconocibles de la ciudad, su historia es relativamente reciente si se compara con otros templos coloniales. La construcción comenzó en el siglo XIX y se prolongó durante varias décadas, lo que explica que combine estilos y detalles de distintas épocas. La intención original era levantar una catedral enorme, pero el proyecto nunca se completó del todo; aun así, el resultado es imponente.

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El interior es amplio, con columnas altas y una luz suave que entra por los vitrales. No es un espacio recargado, pero sí transmite esa sensación de lugar importante, de sitio que ha acompañado a la ciudad en momentos clave. A lo largo de los años se han añadido capillas, imágenes y detalles que reflejan la vida religiosa de Cuenca.

Lo que más llama la atención, sin embargo, sigue siendo el exterior. Las cúpulas, visibles desde distintos puntos del centro histórico, se han convertido en una especie de sello de identidad. No hace falta ser creyente para apreciarlas; forman parte del paisaje urbano y de la imagen que muchos se llevan de la ciudad.

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Corte Provincial de Justicia del Azuay. Segundo grupo.

Cuando preparaba este viaje, vi algún video en el que se mostraba la parte central del edificio de la Corte Provincial del Palacio de Justicia del Azuay. Así que cuando estábamos en pleno paseo por el centro de la ciudad de Cuenca, le pregunté al guía, Raúl, si nos podíamos acercar a echar un vistazo. Él se extraño porque quisiera entrar aquí, pero me dijo que no había problema siempre y cuando estuviese el edificio abierto, ya que os recuerdo, era festivo en Ecuador. Y no, lamentablemente no estaba abierto.

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Así que cuando 15 días después volví a pasar por Cuenca, repetí lo mismo a nuestro guía Rodrigo, que me contestó que no habría problema siempre y cuando nos dejasen acceder. Y es que sí, en principio, no se puede acceder. Vimos que había un control de acceso, con una zona para escanearte, pero no había nadie. Esperamos un rato a ver si aparecía alguien de seguridad, pero nada.

Entonces llegaron varias personas, que se saltaron este paso y entraron directamente así que nuestro guía les siguió. Y así fue como accedimos. Le dije que tan solo quería ver la parte central de edificio porque me parecía precioso. Al igual que a Raúl, a Rodrigo también le extrañó, pero la verdad es que cuando llegamos a esta zona, también él se sorprendió de su belleza.

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A veces, cuando estás acostumbrado a ver la ciudad con los ojos de un local, no te das cuenta que hay otras cosas, además de iglesias y edificios históricos que tienen un encanto especial y eso fue lo que le pasó a Rodrigo, que me dio las gracias por haberle descubierto este lugar con los ojos de un turista.

Edificio de la Alcaldía de Cuenca.

No se aún porqué razón acabamos entrando en el edificio de la Alcaldía de Cuenca. No se si es porqué Raúl, al que le había pedido entrar en la Corte Provincial, no se sintió bien por encontrarlo cerrado que de paso nos llevó a este emblemático edificio que estaba fuera de la ruta prevista de visitas por la ciudad.

El inmueble donde hoy funciona la Alcaldía no nació como un edificio municipal. En realidad, fue construido entre 1922 y 1926 para algo muy distinto: ser la sede del Banco del Azuay, la primera gran institución financiera de la región.

En esa época, Cuenca vivía un momento de crecimiento económico, y el banco llegó a tener tanta importancia que incluso trabajaba con filiales europeas y emitía sus propios billetes. Por eso se decidió levantar un edificio elegante, sólido y moderno para la época.

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El diseño tiene una clara influencia francesa, algo que se nota en su estilo neoclásico y en el uso de mármol en la fachada. Los pilares grandes y la simetría del edificio responden a esa tendencia arquitectónica que Cuenca adoptó a inicios del siglo XX. Es uno de los mejores ejemplos de esa influencia en la ciudad.

Con el tiempo, el edificio dejó de funcionar como banco y pasó a manos del municipio. Hoy es la sede del Gobierno Autónomo Descentralizado Municipal de Cuenca, donde trabaja el alcalde y se gestionan buena parte de los servicios municipales. Aún hoy en día, en su interior encontramos vestigios de su anterior pasado como banco.

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Comiendo en Paymipampa

Después de dar este largo paseo de mañana por la ciudad, nos fuimos directos a comer. Para ello, en esta ocasión, escogimos un restaurante local situado en pleno centro de la ciudad. El restaurante estaba incluido en el precio del tour.

En el restaurante probamos algo que anhelábamos mucho: pan. Y si, dicen que Ecuador es un destino en el que el pan abunda, pero en lo que llevábamos de viaje y salvo en los desayunos, no habíamos probado el pan. Pero aquí nos desquitamos porque nos dieron un pan con aceite y ajo que estaba de muerte. Por mi parte hubiese comido solo con esto. Comimos a la carta y comimos bien. Demasiado diría yo, para lo que aún nos quedaba de tarde.

El restaurante se encuentra justo en el Parque Calderón al final de la Calle Santa Ana.

Calle Santa Ana

La Calle Santa Ana es uno de esos rincones del centro histórico de Cuenca que se descubren casi sin planearlo y además es uno de esos puntos de visita obligada que te encuentras en casi todas las guías de viaje. No es una avenida principal ni un lugar especialmente concurrido, pero se visita más por a donde te lleva qué por la propia calle en sí. Es una calle estrecha, peatonal, y que conecta con un patio central donde además de alguna cafetería encontramos unas increíbles vistas de las cúpulas de la catedral.

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Ice Cream Shoppe y Helados La Tienda del Parque Calderón

Tras la comida en Paymipampa y recorrer la Calle Santa Ana, acabamos tomando un café en el Ice Cream Shoppe, mientras contemplábamos las vistas tan espectaculares de la catedral.

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Grupo 2 en Cuenca

Aunque en sí es una heladería, ya habíamos localizado una buena heladería para los más golosos, así que esperarían un poco más para poder probarlos. Ya nos habíamos despedido de Rául, con el que nos reuniríamos al día siguiente para el desayuno y ya poner rumbo al Parque Nacional El Cajas, antes de llegar a Guayaquil.

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Para aquellos que se habían quedado con ganas de probar un helado en Cuenca, escogimos Helados La Tienda del Parque Calderón, que nos habían recomendado mucho. Allí nos encontramos por segunda vez en el día con el Sr. Ortega (el de los sombreros Panamá) que nos reconoció al momento. Bromeamos mucho con el echo de que bien nos podía haber invitado a unos helados (cuatro exactamente que compramos) cuando nos dejamos esta mañana una pequeña fortuna en su tienda. Pero no ocurrió.

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Chocolatería Dos Chorreras – Segundo grupo.

Si en el primer grupo escogimos el Ice Cream Shoppe para tomar el café, en el segundo grupo escogimos la Chocolatería Dos Chorreras, que yo había visitado ya la primera vez pero solo como visita, sin sentarnos a tomar algo.

Como éramos un grupo grande no pudimos sentarnos todos en la misma mesa, así que nos distribuimos en dos, y esta vez sí, tomé un buen chocolate de Ecuador.

las dos chorreras ecuador

Y mientras degustamos un buen chocolate, Myriam, Ainara y yo, empezamos a planificar lo que sería nuestra noche en Cuenca. Y es que si bien con el primer grupo ya nos conocíamos todos, en este segundo no nos conocíamos ninguno, así que una buena forma de romper el hielo y entrar en sintonía era cantar. Si, si, cantar. Así que escogimos un karaoke en el que teníamos intención de pasar unas largas horas conociéndonos y desinhibiéndonos. Y así lo hicimos. Quedamos para ir al karaoke a las 8 de la tarde. No todos, si unos cuantos, y nuestro guía Rodrigo y hasta se apuntó el chófer, Santiago.

Aunque con el primer grupo la visita a Cuenca con nuestro guía terminó aquí, con el segundo grupo continuamos y fuimos un poco más allá ya que aún nos quedaba una visita importante. Mientras que en nuestra primera visita a la ciudad de Cuenca encontramos el parque de las Flores menos concurrido, quizá por ser día festivo, en esta segunda vez lo vimos muy lleno de gente, muy vivo y muy florido.

Parque de las Flores

El Parque de las Flores es uno de esos lugares que se descubren casi sin buscarlo. Está justo al lado de la Iglesia El Carmen de la Asunción, y más que un parque tradicional, funciona como una pequeña plaza llena de movimiento. Lo primero que llama la atención son los puestos de flores que ocupan buena parte del espacio: ramos frescos, arreglos sencillos y vendedores que trabajan allí desde hace años.

Aquí recordamos la historia de las rosas, y cómo Ecuador es un importante productor de ellos y exportador hacia Europa que nos habían contado en el trayecto hacia el Cotopaxi días antes.

A diferencia de otros puntos del centro histórico, aquí el ambiente es más cotidiano. La gente pasa a comprar flores para la casa, para alguna celebración o simplemente para regalar.

Durante mucho tiempo ha sido un punto de venta de flores manejado principalmente por mujeres, muchas de ellas vinculadas al barrio y al convento cercano lo que se ha convertido en una tradición que se ha mantenido con el paso de los años.

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Ainara en el parque de las Flores.

Tras esta visita sí que nos quedamos ya solos, disfrutando de Cuenca cada uno a su manera.

Plaza San Francisco – Las letronas

La Plaza San Francisco es uno de esos lugares del centro de Cuenca donde siempre pasa algo, aunque a primera vista parezca un espacio tranquilo. Es una plaza amplia, rodeada de edificios tradicionales y con la iglesia de San Francisco que le da nombre a la plaza. No es una plaza monumental, pero sí un punto que forma parte del día a día de la ciudad.

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Durante mucho tiempo fue conocida por los puestos de artesanías y textiles que ocupaban buena parte del espacio. Con las renovaciones, la plaza quedó más despejada, pero el espíritu comercial sigue presente. Aún parte de la plaza está ocupada por vendedores ofreciendo ropa, tejidos y productos locales, y la gente del barrio la utiliza como un punto de paso habitual.

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Foto del Grupo 1 en Cuenca

La plaza también sirve como referencia dentro del centro histórico. Desde allí es fácil orientarse y continuar hacia otras calles importantes. Además, es un punto fotogénico, ya que en ella se encuentran las famosas letras CUENCA, que lo convierten en un lugar de paso, de foto, y de encuentro.

Paseando por Cuenca y haciendo compras.

Ya nos habíamos quedado solos por Cuenca y decidimos vagar sin rumbo por la ciudad, y sobre todo, hacer alguna compra. Era el lugar ideal para comprar souvenirs, artesanías y productos locales. Sobre todo, paseamos largo y tendido por los puestos y tiendas de la plaza San Francisco, donde yo me compré una chaqueta de lana de alpaca, que creía que me vendría de lujo para el frío del Cajas y para mi aventura por el Cotopaxi, con el segundo grupo.

paseando por cuenca Ecuador (1)

Seguimos caminando y buscamos un sitio, más elevado donde poder sacar unas fotos. No sabemos muy bien cómo llegamos hasta aquí, pero de repente vimos que si seguíamos subiendo una calle, podríamos tener unas buenas vistas de Cuenca y así lo hicimos.

Era justo el momento del atardecer, estaba cayendo el sol de forma muy rápida, y decidimos regresar al hotel para ir preparando la cena.

cuenca ecuador paseando (1)

Cenando de forma improvisada. Pizzas en el hotel

No teníamos la cena incluida, y tampoco es que tuviésemos mucha hambre. El restaurante del hotel estaba hoy cerrado, lo que nos hubiese venido de lujo para picar algo sin necesidad de movernos más. Pero como estaba cerrado nos ofrecieron dejarnos preparada una mesa para que pudiésemos traer comida y bebida de fuera y nos recomendaron una pizzería cercana. Así que fue lo que hicimos. Encargamos unas pizzas en la pizzería, compramos unas cervezas, zumos y refrescos en una tienda cercana, y así improvisamos una bonita cena todos juntos.

Una noche de marcha. Karaoke en Cuenca – Segundo grupo

Con el segundo grupo la cosa fue un poco distinta. Mientras paseábamos y hacíamos compras por la Plaza San Francisco, algunos decidieron ir a pasear por la rivera del río, otros regresaron al hotel a descansar. Los que finalmente habíamos quedado para ir al Karaoke nos veríamos en la puerta del hotel, junto con Santiago (nuestro chófer) que nos acompañaría hasta allí, y allí nos encontraríamos con Rodrigo, nuestro guía, que había ido a ver a unos familiares que viven en Cuenca.

Así que a las 7 de la tarde salimos dispuestos a disfrutar de la noche de Cuenca.

Ya sabíamos que aquí, en el local del Karaoke podríamos picar algo. Escogimos para ello un local llamado «La Jefa». Pedimos algo para compartir entre todos, y un plato para Santiago. Y poco a poco nos fuimos metiendo en el ambiente. Ocupábamos el piso de arriba del local al completo, mientras empezamos a cantar, a bailar y a disfrutar de la noche. Y lo pasamos de maravilla. Cómo no, esta actividad fue la clave para abrirnos como grupo, conocernos un poco más y desinhibirnos mucho. Perdimos totalmente la vergüenza, lo pasamos en grande y nos reímos como nunca.

En cualquiera de los dos casos era hora de dar por concluido el día. Teníamos que madrugar ya que a las 8 de la mañana saldríamos dirección al Parque Nacional el Cajas, siendo nuestro destino final Guayaquil. Pero esto será otra historia, y aún tenían que pasar muchas cosas a lo largo de la madrugada.

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