Kilchurn, Doune y Culross, un día de viaje hacia Edimburgo desde Oban
Era el último día en ruta antes de llegar a Edimburgo y devolver el coche. Tocaba cruzar buena parte del país, un tramo largo que mezclaba carretera, castillos, paisajes abiertos y pequeñas pausas para seguir entendiendo la historia y la cultura escocesa. Aunque lo parezca, no fue un día de transición ya que vimos y vivimos muchas cosas, y más que teníamos pensado hacer pero que no dio tiempo, porque entre otras cosas nos encontramos con un accidente en carretera que acortó nuestros planes del día.

Pero como siempre, os dejaré información extra sobre lo que podéis hacer en un día como este: lo que hicimos nosotros y alternativas que podéis hacer por si os interesa más otras cosas.
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¡Feliz viaje!
Mis mapas de Escocia
Como cada año, cuando planifico el viaje, hago un mapa de Google maps con todos los puntos interesantes que hay en la ruta. A veces incluso fuera de ruta que con el tiempo pasarán a ser «lo que me he dejado sin ver», y es para la próxima. Pues esta vez el mapa ha quedado muy muy grande, porque no solo íbamos a hacer muchos días en el país, sino que además teníamos mucho que ver/hacer, muchos restaurantes que poder probar y muchos puntos por si acaso.
Aquí tenéis la ruta planificada del día de hoy, desde Oban hasta Edimburgo, con los puntos que nosotros visitamos pero también con otros puntos que están en la ruta y no paramos o con puntos fuera de ruta que se pueden hacer (quitando otros) y planificar el camino de forma distinta.
El mapa está distribuido en capas y ya os digo que hay muchos puntos. La mayoría los hemos visto, pero otros muchos no. Este tipo de mapas son de muchísima utilidad tanto durante la preparación del viaje como una vez en destino.
Mi video de Escocia.
Si eres más de los que te gustan verlo que leerlo, y aunque en el video cuento menos detalles, sí que te puede servir para hacerte una idea, más visual, de cómo lo vivimos. Aquí te dejo el video que publiqué en mi canal de youtube.
Por un problema con el disco duro donde tenía la segunda parte del contenido este viaje, que corresponde con las Hébridas, no he podido editar el video de esa parte. Espero y cruzo los dedos para que se pueda recuperar y lo pueda colgar. Por el momento os dejo solo lo relativo a la primera parte del viaje.
Por un problema con el disco duro donde tenía la segunda parte del contenido este viaje, que corresponde con las Hébridas, no he podido editar el video de esa parte. Espero y cruzo los dedos para que se pueda recuperar y lo pueda colgar. Por el momento os dejo solo lo relativo a la primera y tercera parte del viaje.
Primeras horas de la mañana en Oban
Nos despertamos en un coqueto hotel en Oban, a donde habíamos llegado la noche anterior y en el que nos encontramos muy cómodos, muy a gusto y con un dueño muy amable y cercano.
Nos ofrecieron un desayuno por 5 libras que nos pareció un chollo, ya que es lo que habíamos pagado en muchos sitios por solo un café. El desayuno fue práctico: plato caliente preparado al momento y una mesa con fruta, yogur y tostadas. Después de pagar y hacer el check out, nos despedimos del dueño y cargamos el coche para iniciar la ruta hacia Edimburgo, aunque aún nos quedaba mucho por ver y hacer antes de llegar, a última hora de la tarde, a Edimburgo para devolver el coche y pasar los dos últimos días en la ciudad.
Visita al anfiteatro de Oban: McCaig’s Tower
Antes de dejar Oban subimos al anfiteatro, una estructura circular que domina la colina sobre la ciudad. Es un recinto abierto, con arcos de piedra y un jardín interior. No funciona como anfiteatro, pero sirve como mirador. Desde arriba se ve toda la bahía, el puerto y la línea de casas frente al mar.

McCaig’s Tower nació a finales del siglo XIX como el proyecto personal de John Stuart McCaig, un banquero de Oban que quería dos cosas: dejar un monumento para su familia y dar trabajo a los canteros locales durante los meses de invierno. En 1895 se aprobaron los primeros planos y en 1897 comenzó la construcción en Battery Hill, la colina que domina la bahía de Oban.
La idea original era mucho más grande que lo que vemos hoy: un anillo exterior de piedra, una torre central, galerías, un museo y estatuas de la familia. Pero McCaig murió en 1902 y el proyecto quedó incompleto. Solo se terminó la estructura circular de granito, con sus arcos abiertos y el interior sin techo.

Con el tiempo, el lugar pasó de ser un proyecto inacabado a convertirse en un mirador público. La colina se acondicionó como jardín y la torre quedó como un círculo abierto desde el que se ve la bahía, Kerrera y, en días claros, las islas de Mull y Lismore. En 1971 se reconoció oficialmente su valor histórico como edificio protegido y hoy en día es una de las visitas imprescindibles en la ciudad.

Castillo de Dunstaffnage
El Castillo de Dunstaffnage queda a pocos minutos de Oban, así que antes de seguir la ruta hicimos una parada rápida. Es una fortaleza del siglo XIII, levantada por los MacDougall, uno de los clanes más antiguos de la región. Ellos construyeron los muros de piedra que todavía se conservan, con esa planta ovalada pensada para controlar la entrada al Loch Etive. Más tarde, en el siglo XV, el castillo pasó a manos de los Campbell, los señores de Argyll, que lo mantuvieron como bastión costero durante siglos. No lo construyeron, pero sí lo administraron y reforzaron durante buena parte de su historia.

La visita completa incluye el recinto y la capilla, y la entrada cuesta 7 libras por adulto, con horarios que cambian según la temporada. Nosotros decidimos no entrar.
Desde la carretera no hay ningún punto claro desde el que se vea bien el castillo, y el entorno de árboles tapa casi toda la estructura. Así que lo único que pudimos hacer fue levantar el dron y observarlo desde arriba: los muros formando el óvalo irregular, la torre principal y la posición estratégica sobre la costa.
Kilchurn Castle
Después de la parada rápida en Dunstaffnage, seguimos la ruta hacia Edimburgo. Antes de llegar a Kilchurn Castle hicimos una desviación hacia un mirador en la orilla opuesta del río. Desde allí se ve el castillo completo, con la torre principal y los muros en ruinas recortados sobre el agua.

En ese mirador pasó algo que nos hizo más ilusión de lo esperado: vimos nuestra primera vaca escocesa. Llevábamos 15 días de viaje y todavía no habíamos coincidido con ninguna. Estaba tranquila, comiendo en un prado junto al camino, con el flequillo largo y la forma compacta típica de la raza. Parece una tontería sin más, pero nos hizo mucha ilusión verla. Nos quedamos un rato observándola antes de volver al coche y seguir hacia el castillo.

El castillo fue construido a mediados del siglo XV por los Campbell de Glenorchy, una rama del clan Campbell que más tarde se convertiría en los poderosos Campbell de Breadalbane. La torre principal fue el primer elemento, y con el tiempo añadieron los muros exteriores y las dependencias que hoy se ven desde el mirador. Durante siglos funcionó como fortaleza y residencia, y también como punto de control en la entrada del Loch Awe.

A partir del siglo XVIII el castillo quedó abandonado. Un incendio lo dañó y nunca se reconstruyó. Desde entonces ha permanecido como ruina abierta, sin techos y con estructuras interiores inestables. Por eso no se puede visitar por dentro: los muros están en buen estado, pero las plantas superiores y las escaleras originales no son seguras. Historic Environment Scotland mantiene el recinto como acceso libre, pero solo para recorrer el exterior sin entrar en la torre ni en las antiguas salas.

Las vacas escocesas
En la entrada de Kilchurn Castle estuvimos más rato del previsto y eso que amenaza lluvia. Justo al lado del camino había un par de vacas escocesas, tranquilas, comiendo en un prado junto a la valla. Después de haber visto la primera en el mirador, encontrarnos con estas dos tan cerca hizo que nos quedáramos allí un buen rato. No solo por las fotos: también porque el propietario estaba allí y acabamos hablando con él.

La conversación fue muy sencilla, de esas que surgen sin planearlo. Se acercó a nosotros viendo mi cara de asombro y fascinación con las vacas (como si nunca hubiese visto ninguna) y nos contó detalles sobre las ellas, sobre cómo las cuidan y sobre la zona. Tenía una pequeña caja de propinas apoyada en la valla, no de forma insistente, sino como quien deja algo por si alguien quiere agradecer la atención. Y en nuestro caso tenía sentido: por la charla, por dejarnos sacar fotos y por el rato que compartimos allí, decidimos dejarle una propina antes de seguir el camino.

Las vacas escocesas (Highland cattle) son una raza muy característica de las Highlands, reconocibles por su pelaje largo, que puede llegar a treinta centímetros y les permite soportar lluvia, viento y frío extremo durante todo el año, y por sus cuernos amplios, que utilizan para apartar nieve y marcar jerarquía dentro del grupo.

Están adaptadas a terrenos pobres y se alimentan de hierba dura y matorral, lo que las hace ideales para zonas montañosas donde otras razas no prosperan. Tienen un temperamento tranquilo, suelen estar acostumbradas a la presencia humana y viven siempre al aire libre, incluso en invierno, gracias a su resistencia natural. Son animales longevos y las hembras pueden criar durante muchos años, lo que explica por qué esta raza se mantiene tan estable en la región.


Comiendo en Buttercup Cafe (Doune)
Desde Kilchurn seguimos hacia Doune, un tramo que en principio debía ser rápido, pero la carretera se bloqueó por un accidente y avanzamos casi a paso de tortuga. La retención nos tuvo allí más de lo previsto, viendo cómo el día se comprimía sin que pudiéramos hacer nada. Fue uno de esos momentos en los que el viaje cambia de ritmo sin avisar: la ruta se hace lenta, el tiempo se escapa y las paradas planeadas empiezan a moverse de sitio.
Por eso acabamos comiendo en Buttercup Café, en Doune. No era la idea inicial, pero después de tanto rato en la carretera necesitábamos parar, sentarnos y reorganizar el día. Mientras comíamos, ya sabíamos que algunas visitas tendrían que quedarse fuera. Si no hubiese sido por la retención, quizá habríamos llegado antes, quizá habríamos aprovechado para ver alguna zona más antes de seguir hacia el castillo. Pero el viaje también es esto: ajustar sobre la marcha y seguir avanzando con lo que toca.



Comimos muy bien, la comida más típica que se hace en Escocia a base de sopas y sandwich: 4 sopas de tomate, 3 sandwich y una hamburguesa, todo con bebidas por 70 libras.
El castillo de Doune
Después de la comida en Buttercup Café, seguimos hacia el Castillo de Doune. Llegamos con el tiempo justo y, aunque el castillo se alza imponente desde el camino, sabíamos que no podíamos dedicarle una visita completa. El interior se recorre con calma y la audioguía lleva un buen rato, pero el día ya venía recortado por la retención en carretera y aún teníamos que llegar a Edimburgo, entrar en el apartamento y devolver el coche en el aeropuerto. Con todo eso pendiente, decidimos no entrar.

Aun así, nos acercamos hasta la entrada para verlo desde fuera. Doune es una fortaleza del siglo XIV, construida por Roberto Estuardo, duque de Albany, como residencia y símbolo de poder. La torre principal y el patio interior conservan la estructura original, y aunque no llegamos a recorrerlo, sí pudimos ver parte del exterior y entender su tamaño. También es un lugar conocido por su papel en el cine y la televisión: aquí se rodaron escenas de Monty Python and the Holy Grail, fue Castillo Leoch en Outlander y apareció como la primera Invernalia en el piloto de Juego de Tronos. Incluso sin entrar, el sitio tiene ese punto de reconocimiento que hace que la visita rápida tenga sentido.

Nos quedamos un momento en la zona exterior, lo suficiente para ver la torre y el entorno, y volvimos al coche. El día ya estaba marcado por los retrasos y tocaba avanzar. Quedaban kilómetros por delante, queríamos hacer una parada más, el check‑in del apartamento y la devolución del coche en el aeropuerto, así que Doune quedó como una parada corta, más de paso que de visita, pero que conseguimos encajar perfectamente en día.

Culross, un pueblo de cuento
La última parada antes de llegar a Edimburgo fue Culross, y aquí el ritmo del día por fin se paró. Después de tantas horas de carretera y de ir ajustando la ruta sobre la marcha, el pueblo nos recibió con una tranquilidad que invitaba a caminar despacio y a dejarnos llevar.

Dejamos el coche en el aparcamiento habilitado a la entrada del pueblo, porque en Culross no se permite circular por el casco histórico. Que es una buena idea para que el recorrido sea más ordenado y que las calles mantengan su aspecto original pero aún así, sigue habiendo mucho coche dentro, claro, los de los propietarios, que al final deslucen mucho e incordian más, pero es lo que hay.

Paseamos tranquilamente, subiendo y bajando por las calles principales, viendo las casas del siglo XVII y la estructura del pueblo en terrazas. Después de todo el día, hacía falta parar un momento y meter algo de café en el cuerpo, así que entramos en una cafetería para merendar. Fue una parada corta, pero necesaria: un café, algo dulce y ese rato de descanso que te da las fuerzas necesarias antes de seguir. Porque aún nos quedaba el último tramo del viaje.

Culross es pequeño y se recorre rápido, pero es uno de esos sitios auténticos que merece la pena, no solo una parada rápida en tu deambular por Escocia, sino también merece la pena una escapada si visitas solo Edimburgo. Además, es un lugar conocido por su papel en Outlander, donde aparece como Cranesmuir, y aunque no íbamos buscando localizaciones, es fácil reconocer algunos rincones.


Dejando las maletas en el 7 Cornwallis Place
Desde Culross pusimos rumbo a Edimburgo. La llegada fue rápida: entramos en la ciudad, buscamos la dirección del apartamento y nos plantamos en 7 Cornwallis Place, donde mi hermano y Paula hicieron el check‑in. El edificio tenía dos plantas sin ascensor, así que subieron las maletas mientras nosotros organizábamos el siguiente paso del día. Allí dejamos todo lo que no necesitábamos y nos despedimos un momento, porque tocaba dividir tareas.
Rubén y yo nos fuimos al aeropuerto para devolver el coche. No tenía sentido que fuésemos los cuatro: el trayecto de vuelta desde el aeropuerto implicaba más tiempo, más coste y retrasar aún más la tarde. Así que optimizamos el tiempo y el dinero
Devolviendo el coche en el aeropuerto
La devolución del coche en el aeropuerto fue rápida. Llegamos, entregamos las llaves, confirmamos el estado del vehículo y en pocos minutos el trámite estaba cerrado. Con eso hecho, salimos de la terminal y fuimos directos al bus Airlink 100, la opción más sencilla para volver al centro. El billete costaba 5,50 libras por persona, y en cuanto nos sentamos sentimos por primera vez que el día empezaba a aflojar.

Regreso a Edimburgo en autobús.
El trayecto en bus fue casi una visita anticipada a la ciudad. A medida que avanzábamos, empezaron a aparecer edificios, plazas y calles que reconocíamos de tantas veces haberlos visto en fotos o en guías. Fue como hacer un tour gratuito antes de llegar: la silueta de la ciudad vieja, los puentes, las fachadas oscuras y ese ambiente que ya anunciaba lo que vendría en los días siguientes. Era la primera vez que veía Edimburgo y, sin haber bajado del bus, ya sabíamos que la ciudad iba a tener un gran peso en el viaje, pero que se nos iba a quedar corta. Pero es lo que hay cuando compartes el viaje con 3 personas que ya han visitado la ciudad.

Cenamos en nuestro apartamento
Mientras tanto, mi hermano y Paula habían aprovechado para ir al supermercado y comprar la cena. Cuando llegamos de vuelta a 7 Cornwallis Place, el apartamento ya estaba organizado y las bolsas de comida esperaban en la cocina. Con el coche devuelto, las maletas arriba y la ciudad por fin delante de nosotros, el día se dio por terminado.
Donde dormir en Edimburgo
O más bien se podría decir, donde no dormir. El apartamento que reservamos en esta ocasión lo hicimos porque a diferencia de las veces anteriores en las que tanto mi hermano y Paula como Rubén visitaron la ciudad, se quedaron en un hotel. Esta vez teníamos la intención de vivirlo como un local, aunque fuesen muy pocos días. Mi hermano y Paula habían estado hacía no mucho en la ciudad y cada vez que pasaban por este tipo de edificios como el de Cornwallis Place, se preguntaban cómo sería una casa en Edimburgo, y cómo sería vivir allí. Así que esta vez, aprovechando que éreamos 4, reservamos un apartamento de dos habitaciones que no resultó ser lo que esperábamos.

¿Estuvimos bien? Si. ¿Estaba bien ubicado? Si. ¿Nos gustó la experiencia? Si. Entonces ¿qué es lo que hace que no podamos recomendar este alojamiento? Pues ni más ni menos que las reseñas no se correspondían con el estado del apartamento. Y no en cuanto a si era viejo o no, que todo aquí lo es, sino en cuanto a limpieza. Nos encontramos un tendal con ropa seca de hacía meses, con la ropa, muy deteriorada, y completamente tiesa colgada del tendal.

Pero no solo esto, sino que, si bien todas las zonas que normalmente podríamos usar en una estancia corta como la nuestra: Baño y habitaciones, estaban limpias, pero el resto, no lo estaba. Había una capa de polvo en las zonas del salón que no daba nada de confianza para tan solo sentarse en el sofá. Pero cuando abrimos el horno nos quedamos impactados. La cantidad de grasa que había era impresionante. Así que como nosotros queríamos vivir la experiencia al más puro estilo de Edimburgo, no nos quedó otra que limpiar toda la cocina, o al menos todo lo que íbamos a usar: utensilios de cocina, cubiertos, cafetera… y por supuesto, nos negamos a limpiar el horno aunque nuestra intención era haberlo usado para calentar comida.


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