La Avenida de los Volcanes: Subiendo al Cotopaxi.
Comenzábamos la ruta por Ecuador y para ello teníamos previsto salir temprano de Quito rumbo a Riobamba. En el camino pasaríamos por el Parque Nacional Cotopaxi, donde intentaríamos ver, si con suerte, el volcán estaba despejado.

El día había amanecido soleado y cruzamos los dedos para poder verlo completo. Seguimos por la Panamericana, cruzando pueblos pequeños y paisajes de sierra. Fue un día de carretera, con buena música, charla y vistas que valieron cada kilómetro. Ecuador nos había sorprendido con Quito, y nos iba a sorprender mucho más según avanzábamos por la Avenida de los Volcanes.
Viaje con Vosotros
Este «Viaje con Vosotros a Ecuador en 18 días» se desarrolló tal y como lo estáis leyendo durante el mes de Agosto de 2025, en uno de los viajes que realizamos bajo el concepto «Viaje con Vosotros». Desde hace años ofrecemos la posibilidad a nuestros lectores, seguidores de redes sociales y clientes de la agencia de viajes a acompañarnos. Y este fue nuestro Séptimo «Viaje con vosotros».
Si quieres realizar un viaje similar o parecido a este, consulta las fechas de salida regular o si lo prefieres, pídenos un presupuesto para un viaje en privado a un país que estoy segura que te sorprenderá.
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Amanecer en Quito.
Por segundo día consecutivo me despierto muy temprano, mucho antes de que sonase el despertador, pero me despierto descansada y me siento bien. Hoy comenzamos a subir en altura, y llegaremos, si todo va bien a superar los 4300 metros. Eso sí, intentaremos hacerlo de forma pausada y siempre y cuando todo el grupo se encuentre bien.
Habíamos quedado en estar a las 8:30 de la mañana con las maletas listas para meterlas en el bus. Pero a las 8:20 ya todos estábamos listos por lo que recibimos el agradecimiento del guía, ya que teníamos el día un poco justo de tiempo y se agradecían esos 10 minutos extra.
Cruzamos la ciudad de Quito hacia el sur. Al estar en vacaciones y además ser hora de entrar a trabajar, hay mucho trafico en la ciudad.
Recomendaciones para el mal de altura.
Hoy empieza realmente el día en el que estaremos sometidos a altura por lo que tenemos que estar pendientes de los síntomas. En mi anterior viaje a un lugar donde se superaban los 4.000 metros, mi cuerpo no lo resistió. Fue en aquel viaje a Perú, cuando llegando al Valle del Colca, y pasando por el altiplano peruano, empecé a sentir fuertemente el mal de altura. Es por ello que esta vez tenía mucho miedo. Por este motivo y aunque siempre intento no tomar este tipo de medicaciones, decidí no arriesgar en un viaje en el que, además, iba de responsable de grupo, a ponerme mala y no poder continuar. Prefería dormir poco (por aquello de levantarse al baño cada nada) o estar en el baño cada dos por tres, que vivir y pasar lo que viví en Perú.

Antes de empezar el viaje, nuestro guía, Raúl, nos explica los síntomas y a qué debemos estar atentos para que la cosa no se ponga fea: Dolor de cabeza, cuando esto sucede hay que estar en alerta. Después empiezan los mareos que es el momento limite. Respirar profundamente puede ayudar. En este momento hay que retornar y parar porque lo siguiente seria el vomito y esto ya seria que estamos llegando a un punto critico. Y en ese punto estuve en varias ocasiones en Perú, por lo que en mi cabeza, en este momento, solo tenía esto. No ponerme en riesgo a mi, ni sobre todo, al grupo.
En el post inicial de este viaje: Guía para viajar a Ecuador, tenéis muchas recomendaciones relacionadas con este tema, y hoy habría que tenerlas todas en cuenta.
Así que la recomendación para hoy es no forzar y a la mínima parar.
Estamos de viaje y lo mejor es no arriesgar. Por lo que lo que haríamos hoy dependería, en parte, del estado general en el que nos encontrásemos. Íbamos a tomarlo con tranquilidad, ascender despacio, para que nada pudiese pasar.
En ruta hacia el Cotopaxi por la Panamericana.
Tras dejar atrás el cantón de Quito que no la provincia, nos metemos de lleno en la Panamericana.

La carretera por la que vamos pasando es preciosa, rodeada de volcanes, de ahí que se llame La Avenida de los Volcanes. Dejamos atrás el Pichincha, el volcán que esta justo al lado de Quito y al que habíamos subido en funicular en nuestro primer día en la ciudad. Enseguida vemos el Cotopaxi, parece que hace buen tiempo y vemos, en algunos momentos hasta su cráter.

Principal exportador de rosas del mundo.
Mientras avanzábamos por la Panamericana, empezaron a aparecer los invernaderos a los lados de la carretera. Nos enteramos de que muchos de ellos cultivan rosas para exportación. Ecuador es uno de los principales exportadores del mundo, y no es casualidad: el clima, la altitud y la luz constante hacen que las rosas crezcan con tallos largos y colores intensos. Ver esos campos tan bien cuidados, sabiendo que esas flores viajan a lugares tan lejanos siendo Holanda, uno de los principales puertos de entrada de rosas a Europa, fue una sorpresa bonita en medio del trayecto.
Ecuador es uno de los principales exportadores de rosas del mundo, reconocido por la calidad, tamaño y durabilidad de sus flores. La industria florícola es un pilar económico del país, con exportaciones que superan los 1.000 millones de dólares anuales.
Hoja de coca y el chocolate
Enteramos en el parque nacional e hicimos una primera parada a 3700 metros donde nos recomendaron consumir un mate de coca
Antes de empezar el recorrido por la carretera que lleva al parking del Refugio José Rivas, hicimos una parada en la entrada del Parque Nacional Cotopaxi, a unos 3700 metros de altura, donde nos recomendaron consumir un mate de coca. La Coca y el chocolate estimulan la serotonina y son buenos para contrarrestar los efectos del mal de altura.
La parada del grupo 2
Si con el grupo 1 habíamos hecho una parada en un punto situado tras pasar la entrada del Parque Nacional, con el grupo 2 lo hicimos justo en la entrada, donde había más locales, no solo para poder tomar un mate de coa o un chocolate, sino para hacer algunas compras.

En este caso yo llevaba una chaqueta de lana y alpaca, que me había comprado en Cuenca en el primer viaje. Calentita, suave, y estaba tan encantada con ella, que la mayoría del grupo se quiso hacer con una antes de empezar a ascender hacia el Cotopaxi. Así que además de mate de coca, y un buen chocolate en mi caso, compramos muchos productos locales, y muchas chaquetas de alpaca.
El día era mucho más frío, y no se veía tan despejado como hacía 15 días, pero aún así creíamos que íbamos a tener suerte y que podríamos ver el volcán perfectamente.
La entrada al Parque Nacional Cotopaxi marca un cambio de ritmo. El aire se vuelve más frío, el paisaje más abierto, y el volcán empieza a asomar entre las nubes. Desde la carretera, los invernaderos de rosas quedan atrás y el páramo toma protagonismo. Es un lugar que impone respeto, no solo por el Cotopaxi —uno de los volcanes activos más altos del mundo con 5.897 metros— sino por la inmensidad que lo rodea. El Parque Nacional Cotopaxi es el segundo más visitado de Ecuador, siendo el primero el de las Islas Galápagos.


El parque fue creado en 1975 y abarca más de 32.000 hectáreas entre las provincias de Cotopaxi, Pichincha y Napo. Es hogar de una biodiversidad única: zorros andinos, venados, cóndores y una gran variedad de aves viven entre pajonales y lagunas. La Laguna de Limpiopungo, por ejemplo, es un buen punto para caminar y observar aves, con el Cotopaxi reflejándose en sus aguas cuando el clima lo permite.
La parada en el mirador.
Teníamos muchísima suerte. Estábamos entrando en el Parque y el volcán, por momentos, se veía entero. Hicimos una primera parada en un mirador, justo al lado de la entrada al parque.
Hicimos una segunda parada, más adelante, porque no podíamos perder la oportunidad de ver el volcán al completo. No sabíamos cuanto tiempo podía durar esto así que había que aprovecharlo bien.

Cuando estábamos en este segundo mirador, el guía, Raúl, nos dice que debemos irnos. Las nubes se están metiendo por un lado, pero por la ubicación del refugio y por donde tenemos que ascender, cree que vamos a tener suerte y que esas nubes se quitarán. Así que cuanto antes lleguemos mejor. Y fue todo un acierto.
El ascenso, en carretera, hasta el Parking José Rivas
Desde la entrada, se puede recorrer en coche una carretera de tierra que sube hasta el parking del Refugio José Rivas, a unos 4.600 metros de altitud. Desde allí, muchos hacen una caminata corta hasta el refugio, que es lo que intentaríamos hacer nosotros, o al menos un pequeño tramo. En el Refugio José Rivas algunos se preparan para hacer cumbre.
No teníamos muy claro si el autobús que llevábamos iba a poder ascender esta carretera llena de curvas, de tierra y con una inclinación que quita la respiración. Teníamos claro que si había llovido la noche anterior las posibilidades de llegar al parking eran casi nulas. Pero cruzamos los dedos y empezamos la ascensión. El bus rugía y sufría, y es que hay que ser muy buen chófer para poder subir un autobús, con semejante peso, a esta altura, donde a los motores les falta el oxigeno que necesitan. Pero conseguimos llegar gracias a la pericia de Rosendo con el primer grupo y de Santiago con el segundo. Los aplausos que les dimos fueron muy merecidos.

El mal de altura no se hizo presente, o al menos no hasta el nivel de no poder disfrutar del Cotopaxi, pero el respeto por la montaña sí.

El clima aquí es impredecible. Puede hacer sol, viento fuerte o incluso nevar, todo en cuestión de horas. Las temperaturas van desde los 20 °C en días soleados hasta –10 °C en las zonas más altas. Por eso, es clave llevar ropa adecuada, protector solar y agua.
La visita puede hacerse por libre o con tour. Hay opciones para caminatas, ciclismo de montaña, fotografía y observación de flora y fauna.

El Cotopaxi no siempre se deja ver, pero cuando lo hace, es inolvidable. Su forma cónica perfecta, con la cima nevada, parece sacada de un libro de geografía. Estar ahí, tan cerca de un gigante que sigue vivo, es una experiencia que mezcla emoción, respeto y asombro. No nos podíamos creer lo que estábamos contemplando. Era todo tan increíble que lo de menos era llegar al Refugio de José Rivas, porque lo que se veía, tan solo desde el parking, era una auténtica maravilla.


Caminata en Cotopaxi hacia el Refugio José Rivas.
El Cotopaxi nos había regalado un día soleado y despejado. Eso sí, con un frío increíble. Nuestro guía Raúl, tampoco se lo podía creer, ya que de todas las veces que había visitado el Cotopaxi, de las 3 veces que había llevado a sus hijas para que pudiesen contemplarlo, ninguna de ellas tuvieron un día tan espectacular como el que estábamos presenciando hoy. Y es que ver como un guía saca fotos sin parar y está emocionado, hace que tu emoción sea aún mayor.

Nuestro guía llegó a contar, este día, 7 volcanes desde el parking. Todo un logro. Aunque en días de mucha más visibilidad pueden llegar a verse 10 volcanes, entre los más importantes el Antisana, el Ilinizas, el Cayambe y el Chimborazo
Dejamos atrás el parking y nos pusimos a ascender por la ruta larga.

Para llegar al Refugio José Rivas hay dos opciones de ruta, la larga pero menos empinada, y la corta, que es, subir directos por lo que es también mucho más intensa y donde se sufre más. Cómo sabíamos que al Refugio no íbamos a poder llegar, porque la emoción de las vistas hacía que parásemos a sacar fotos y videos cada minuto, decidimos tomarlo con tranquilidad y disfrutar del entorno, sin más. Ascendiendo lentamente, y cada uno a su ritmo, por la ruta larga.

Además, teníamos un margen de poco más de 1 hora para caminar, porque teníamos mucho día por delante y teníamos que llegar a comer a La Ciénaga, y después a dormir a Riobamba, con lo que no podíamos perder mucho tiempo. Así que preferimos disfrutarlo que llegar al Refugio.

Terminando la caminata empezó a meterse la niebla. Parecía increíble que tan rápido pasásemos de un día increíble y soleado a que se cubriese tanto que no se viese nada

La caminata en el Cotopaxi con el grupo 2
15 días después de mi primera visita al Cotopaxi, repetí experiencia. Cruzaba los dedos para poder verlo, si no igual, parecido, a cómo lo habíamos visto la primera vez. Pintaba un poco peor, porque a diferencia de la primera vez, que ya desde el mirador del Panecillo, en Quito, el día anterior, se había visto perfectamente el Cotopaxi, esta segunda vez estaba todo más cubierto.

Realmente, es en estos momentos cuanto te das cuenta de que la naturaleza es la que es, y que se puede mostrar o no mostrar, y que todo depende de muchos factores. Pero este día, comprendí la tremenda suerte que habíamos tenido hacía tan solo 15 días. Cuando me puse a leer un poco más a fondo sobre el Cotopaxi, eres consciente de lo difícil que es verlo así, como lo vimos nosotros.

Al igual que en mi primera vez, en esta segunda también hicimos una parada en un mirador antes de empezar el ascenso al Cotopaxi. El día estaba menos despejado que la primera vez, pero aún así, se veía claramente el volcán. Y también, a diferencia de la primera vez, esta segunda hacía más frío y mucho más viendo, con lo que la sensación térmica era aún más baja.
Este, quizá, fue uno de los motivos por lo que la mayoría de la gente compró guantes, calentadores de pies, y chaquetas de alpaca, antes de empezar la ascensión. Porque sí, no contábamos con esta temperatura tan baja. Y eso que aún estábamos en la base.


A diferencia del primer grupo, en este segundo, ya hubo quien había decidido que no iba a caminar. Cada uno por sus razones particulares. Como yo ya lo había hecho no me importó hacerles compañía, pero lo que si les dije, es que un poquito debían caminar, hasta dejar atrás el parking, y tener unas vistas más despejadas. Por suerte, me hicieron caso.

El día era muy ventoso y la temperatura muy baja. Es por ello que tuvimos que buscar un lugar más resguardado para esperar por aquellos que habían comenzado la ascensión.
En este caso, Rodrigo, nuestro guía, al mando del grupo, empezaron a ascender por la ruta corta. Cierto es que al estar metida en una especie de vaguada, el viento pegaba menos, pero claro, la ruta es mucho más exigente.

Claro está que nadie exigía nada, y que cada uno se dio la vuelta cuando así lo consideró.
El ascenso hasta el Refugio final.
Cuando había pasado la hora límite que nos habíamos dado para regresar al bus, lo hicimos todos menos 5 personas: El guía, Chema, Nacho, Silvia y María José. No teníamos ni idea de donde estaban y nos empezamos a preocupar. Nos metimos todos en el autobús porque afuera el tiempo no era agradable.

Con mi objetivo empecé a buscarlos por toda la ruta, pero no les veía. Como allí arriba no hay cobertura, no sabíamos si estaban bien, si les había pasado algo y nos empezamos a angustiar de verdad. Pero pasada poco menos de una hora de la hora límite, les vi aparecer por la ruta larga.

Habían decidido llegar al Refugio, pese a pasarse de la hora límite y aunque nos tranquilizó verles llegar bien y felices, no nos pareció muy bien que nos dejasen de esta manera, tan preocupados por ellos. Eso sí, decidimos perdonarles a cambio de una cerveza.
Paseo en la Laguna de Limpiopungo
Empezamos el paseo con un tiempo opuesto al que habíamos tenido cerca de la cumbre. Cuándo empezamos el paseo intuíamos que se pondría a llover en breve. Quedamos en hacer un paseo de unos 30 minutos. La laguna estaba muy baja de agua y el volcán apenas se veía en estos momentos.

Vimos algunos pájaros y cuando llevábamos unos 15 minutos de paseo empezó a llover ligeramente. Dimos la vuelta hacia el bus y cuando nos quedaba nada para llegar se puso a granizar. Tuvimos la gran suerte que al meternos todos en el bus empezó a granizar fuertemente y se desató una increíble tormenta.



Tenia razón el guía cuando nos dijo que aquí se podían vivir las 4 estaciones en el mismo día.
Nos quedan 40 minutos para llegar a la Hacienda donde vamos a comer así que nos pusimos en marcha.
La experiencia en la Laguna del Segundo grupo
Con el segundo grupo teníamos un tiempo mucho más limitado, ya que después de haber invertido una hora más en el Cotopaxi, nos quedaban muy poco tiempo para ver la laguna. Es cierto que, al igual que nos pasó la primera vez, la laguna tenía muy poco agua, y la clásica vista del volcán reflejándose en ella era evidente que no la íbamos a tener. Pero lo cierto es que, pese a que el paseo fue muy corto, tuvimos mucha suerte con los avistamientos de animales.

Vimos caballos salvajes, un gavilán y un par de venados de cola blanca.
Y además justo antes de dejar la cumbre del Cotopaxi ya habíamos visto un zorro. Así que la naturaleza, en este aspecto, nos acompañó este día.

Hacienda La Ciénaga
La Hacienda La Ciénega no solo es una joya colonial a los pies del Cotopaxi, sino también un lugar envuelto en leyendas, historias de amor y vínculos con la política ecuatoriana.

En nuestra ruta por la sierra, hicimos una parada en la Hacienda La Ciénega, donde teníamos contratada el almuerzo de hoy. Se trata de una construcción colonial que parece detenida en en los tiempos de su construcción. Fundada en 1695 por Don Matheo de la Escalera y Velasco, esta hacienda fue parte de un mayorazgo y escenario de una historia de amor digna de novela: su nieto, Gregorio Matheu, enamorado de la marquesa María Ana de Aranda y Guzmán, la trajo desde Lima escoltada por cien servidores para casarse en secreto. Desde entonces, La Ciénega ha sido hogar de nobles, científicos y políticos.

Uno de sus huéspedes más ilustres fue Alexander von Humboldt, quien se alojó allí durante sus expediciones por los Andes. Pero también ha sido refugio de presidentes ecuatorianos, entre ellos Galo Plaza Lasso, quien tenía vínculos familiares con la hacienda y la frecuentaba en sus años de mandato y retiro.
Hoy, La Ciénega funciona como hotel boutique, con habitaciones decoradas con muebles de época, jardines amplios y vistas al Cotopaxi. Es un lugar perfecto para descansar, pero también para dejarse envolver por el misterio y la memoria de siglos pasados.

Los misterios de la Hacienda La Ciénaga.
En nuestro segundo paso por la Ciénaga, formando parte del segundo grupo de este viaje, algo hizo que lo que nos contasen aquí fuese distinto. Y es que en este grupo llevábamos a alguien que en este momento nos contó que sentía presencias. Así que Rodrigo nos contó algunas de ellas, tanto las que se dicen y se cuentan como las que él mismo vivió en sus propias carnes.

Y es que se dice que hay presencias que se sienten en la capilla, puertas que se cierran solas y ecos de pasos en la noche. Algunos visitantes aseguran haber visto sombras o escuchado voces en los salones antiguos. La atmósfera, cargada de historia, hace que cada rincón parezca guardar un secreto. Y muchos son las historias que se cuentan aquí, así que si pasas por allí, no olvides preguntar por las leyendas. Tal vez te cuenten sobre la marquesa, sobre Humboldt, o sobre los susurros que aún recorren sus muros.

La habitación 11: ecos del pasado
Durante nuestra parada en la Hacienda La Ciénega, con el segundo grupo, nos hablaron de la famosa habitación 11. No está en los folletos turísticos, pero sí en las conversaciones de pasillo. Se dice que allí ocurren cosas extrañas: luces que se encienden solas, pasos que se oyen sin que haya nadie, y una sensación de que alguien más está presente. De nuestro grupo, alguien sitió y percibió la presencia de una mujer vestida de blanco. Lo cierto es que esa habitación ha despertado más de una noche inquieta. No nos alojamos allí, y menos mal, porque después de estas historias, yo no se si podría dormir.

Comiendo en La Hacienda.
La Ciénaga, con nombre ideal para una telenovela, y no es para menos, adquiere su nombre porque antiguamente la zona en la que esta construida está rodeada de Ciénagas.
Estamos a unos 3000 metros y debemos llegar a Riobamba que se encuentra a unas 3 horas de viaje siguiendo la Panamericana. Riobamba se encuentra a una altitud similar a la de Quito.
En La Ciénaga comimos muy bien. En mi caso una dopa de Quinoa, trucha a la plancha con ensalada y un puré de batata. De postre un mousse de Limón y para beber zumo de tomate de árbol, que me sorprendió muchísimo porque para nada sabe a tomate.


Los helados con historia de Salcedo
Pasamos por Salcedo sin detenernos, pero ni Raúl, ni Rodrigo, los dos guías de los dos grupos, dejaron pasar la oportunidad de mencionar sus famosos helados.
Nacieron en los años 50, cuando unas monjas franciscanas empezaron a congelar batidos de frutas por capas para aprovechar lo que sobraba en la cocina. Con el tiempo, esa receta artesanal se convirtió en tradición local y luego en símbolo nacional. Hoy los Helados de Salcedo se reconocen por sus sabores intensos —mora, taxo, naranjilla, coco, crema— y por su presentación en capas dentro de un vaso. Aunque no los probamos esta vez, forman parte del paisaje cultural de la sierra ecuatoriana.
No es de extrañar que éste tramo de la Panamericana se le conozca como la Avenida de los volcanes, porque la carretera es preciosa y a cada paso que das sale un volcán nuevo.
La provincia del Chimborazo.
Entramos en la provincia de Chimbozaro. Hemos pasado ya por 4 provincias y cada una tiene el nombre de volcán, el mas importante por el motivo que sea de la zona. En esta zona es donde mas indígenas habitan. No fueron conquistados por los incas pero si se mezclaron con los españoles.
Es un volcán que se considera extinto y el más alto de Ecuador.
Cuando pasamos a la altura del Chimborazo éste estaba oculto tras una masa de nubes y solo pudimos ver un poco de nieve en una de las laderas.
En estos momentos nos encobrábamos a unos 3600 metros sobre el nivel del mar y tocaba descender hasta Riobamba, a unos 2800 metros.
Eran las 5 y media de la tarde y estaba muy nublado con lo que la visibilidad era mínima. Nos pasó lo mismo en los dos viajes, no se veía nada, pero se intuía la gran mole que teníamos justo al lado.
Y llegamos a Riobamba.
Ubicada en el centro del país, Riobamba es una ciudad andina con fuerte identidad histórica y cultural. Fundada en el siglo XVI y reconstruida tras el devastador terremoto de 1797, conserva una arquitectura colonial que se mezcla con la vida moderna. Es conocida como La Sultana de los Andes y también como la Cuna de la Nacionalidad Ecuatoriana, ya que fue sede de la primera Asamblea Constituyente del Ecuador en 1830.
Riobamba también se la conoce como Friobamba por el frio que hace ya que esta rodeada de 3 volcanes con nieve.
Llegamos al hotel cuando diluviaba. Sólo deseábamos que lloviese lo suficiente como para que mañana nos levantásemos con un tiempo despejado que nos dejase ver el Chimborazo, o por lo menos que nos dejase disfrutar de un día de 10 como había sido el de hoy.
Si el día de ayer ya me notaba saturada de comida, hoy el nivel fue a más pero creo que no fui la única que me sentí así porque la mayoría decidimos no cenar nada. Algunos picaron y los demás, tan solo bebimos en restaurante/bar del hotel. Y pasó lo mismo en ambos viajes.
Donde alojarse en Riobamba.
En Riobamba nos alojamos a las afueras del pueblo. Era un emplazamiento ideal, porque permitía no tener que meternos dentro y ahorrar tiempo tanto al llegar como al salir pero esto tenía un inconveniente. Teníamos que cenar sí o sí en el hotel. Y no es que me importase en exceso pero no es lo que solemos hacer o buscar.
Nos alojamos en el hotel Casa Real. Habíamos ojeado también, para este viaje, el Rincón Alemán, pero finalmente no tenían habitaciones disponibles para tantos.


Al estar dos veces en el mimo hotel, puedo decir que las habitaciones no son todas iguales. Si en el primer viaje me alojé en la planta baja y la habitación me pareció, aunque básica, con lo justo y muy aceptable, en el segundo viaje me alojé en la primera planta y la habitación era mucho mejor. En cualquier caso y para tan solo pasar la noche estuvo más que bien

Eran habitaciones amplias, muy amplias, tanto las de abajo como las de arriba. En mi caso con una cama enorme en los dos casos. El diseño era antiguo pero estaba todo muy limpio y muy bien.

Con el segundo viaje tuvimos el problema que se estaba celebrando una boda, se ve que el hotel es de lo mejor que se puede ver por la zona y que se dedican también a estas cosas. Pues el problema de la boda es que no paró de sonar la música hasta las 2 de la mañana. Y es cierto que a mi no me molesta, pero hay a quien esto le supuso no pegar ojo o dormir peor, y a las 2 de la mañana hubo que llamar a recepción para que cortasen un poco la fiesta.
Nos fuimos a acostar porque al día siguiente madrugábamos un poco más. Teníamos que salir a las 7:20 de la mañana y desayunar a las 6:30. Teníamos un día muy largo por delante.

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