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Diario de viaje Ecuador y Galápagos en 18 días

Conociendo la producción de la quinoa y el complejo de Ingapirca.

Teníamos un largo día por delante, en el que dejaríamos atrás Riobamba y las tierras del Cotopaxi, para adentrarnos en la cultura indígena de la zona, del cultivo de la Quinoa, pero para mucho más antes de llegar a Cuenca, destino final de nuestro día de hoy. En este viaje conoceríamos un poco más a fondo el país y seguiríamos sorprendiéndonos con un entorno natural que nos dejó sin palabras.

complejo arqueologico ingapicar ecuador

Viaje con Vosotros

Este «Viaje con Vosotros a Ecuador en 18 días» se desarrolló tal y como lo estáis leyendo durante el mes de Agosto de 2025, en uno de los viajes que realizamos bajo el concepto «Viaje con Vosotros». Desde hace años ofrecemos la posibilidad a nuestros lectores, seguidores de redes sociales y clientes de la agencia de viajes a acompañarnos. Y este fue nuestro Séptimo «Viaje con vosotros».

Si quieres realizar un viaje similar o parecido a este, consulta las fechas de salida regular o si lo prefieres, pídenos un presupuesto para un viaje en privado a un país que estoy segura que te sorprenderá. 

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Son las 7.20 de la mañana cuando estamos, todos, puntualmente metiendo las maletas en el bus. La intención es salir, a las 7.30. 

Cambio de planning del día sobre la marcha.

Teníamos un largo día por delante, ya ya la noche anterior habíamos tomado algunas decisiones al respecto. Nuestro guía, Raúl (primer grupo), nos había sugerido cambiar un poco el planning.

En nuestro día de hoy, entre otras muchísimas cosas que hacer y ver, teníamos el almuerzo incluido. Pero pensamos que dado que nuestro día era intenso, y que podríamos ver incluso más cosas por el camino, no hacer esta comida, coger algo rápido para ir comiendo en la larga ruta en autobús que teníamos por delante, y cambiar el almuerzo por la cena en Cuenca. Así aprovecharíamos mucho más el tiempo. Estuvimos todos de acuerdo y el cambio nos vino, incluso mejor, porque pudimos probar un restaurante en Cuenca de cocina de fusión.

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Desayuno en Riobamba

Dejamos atrás Riobamba.

Nos subimos al autobús y empezamos a atravesar la ciudad de Riobamba, mientras nuestro guía nos iba contando algunas cosas llamativas de esta ciudad en la que apenas pasamos unas horas, y durmiendo.

Sabías qué…? Sobre Riobamba y la brigada Galápagos.

En Riobamba, una ciudad que combina la calma andina con un humor muy particular, existe un grupo que muchos viajeros recuerdan con una sonrisa: la Brigada Galápagos, un cuerpo de bomberos voluntarios conocido por su disciplina, su cercanía con la comunidad y, sobre todo, por su infinita paciencia con los turistas despistados.

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Una de las anécdotas más repetidas entre los locales cuenta que, hace algunos años, un turista extranjero decidió que era buena idea subir al Mirador de Quillán sin agua, sin abrigo y con la convicción absoluta de que “no podía ser tan difícil”. Lo que no sabía es que el clima riobambeño cambia de humor más rápido que un volcán activo.

A mitad del camino, el viajero terminó empapado por una llovizna inesperada, tiritando de frío y completamente desorientado. Cuando finalmente logró llamar para pedir ayuda, la Brigada Galápagos acudió sin dudarlo. Al encontrarlo, en lugar de regañarlo, uno de los brigadistas le ofreció un chocolate caliente que llevaba en su mochila “por si acaso”, mientras otro le explicaba, entre risas, que en Riobamba el clima tiene tres estaciones: soleado, llovizna y sorpresa.

El turista, avergonzado pero agradecido, terminó visitando el cuartel al día siguiente para agradecerles formalmente. Los brigadistas, fieles a su estilo, le regalaron un parche con el logo de la brigada y le dijeron: “Ahora sí, ya eres parte de la isla… aunque estemos en los Andes.”

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Desde entonces, muchos viajeros pasan por el cuartel solo para conocer a los famosos brigadistas que “rescatan con humor”, y para escuchar alguna de sus historias, que mezclan profesionalismo, camaradería y ese toque ecuatoriano que convierte cualquier percance en un recuerdo entrañable.

Además, otra de las cosas que nos han contado sobre esta ciudad y que me parecen muy interesantes es qué:

  • Riobamba es una ciudad estratégica con 2 universidades públicas de gran importancia, y una privada.
  • Ecuador tiene un pequeño ejercito que básicamente se dedica a dar apoyo a la policía. Son unos 40.000. Mientras que policías hay unos 100.000.
  • Aquí se firmó la primera Constitución del país. 
  • Es la provincia con mas asentamientos indígenas.

Aunque el salario mínimo es de Ecuador es de 470 dólares, hoy en día, con el cambio de ciertas leyes, se ha implementando el conocido como prestador de servicios, que no están dados de alta y por tanto pueden cobran menos. 

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Hay mucha gente joven que esta tomando la opción de meterse en el ejercito o la policía ya que el salario básico esta en el entorno de 900 dólares y cada 5 años llevan un aumento. Y a los 20 años pueden optar a la jubilación y tener salario vitalicio. 

El Chimborazo y la suerte de verlo despejado

Entre todas estas historias y anécdotas sobre Riobamba, dejamos atrás la ciudad. No había pasado mucho cuando, a la altura de Calpi, las nubes se abren y el Chimborazo se deja ver en todo su esplendor. No nos quedó otra que buscar un lugar donde parar, bajarnos del autobús y contemplar la majestuosidad de semejante montaña, aunque desde la lejanía. Ahora sí, nos hubiese gustado mucho haberlo podido ver despejado en distancias más cortas, pero debíamos sentirnos agradecidos por haberlo podido ver de esta manera, ya que no es algo habitual y menos en la época en la que nosotros estábamos viajando.

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El Chimborazo

El Chimborazo no es solo un volcán; es un símbolo, un mito y una brújula natural que domina el horizonte andino. Tiene una altitud oficial de 6263 metros y su cumbre, el punto más alto es considerado el punto mas cercano al sol ya que al ser la tierra acharada por los polos, este punto está más cercano que la cumbre del Everest.

Las leyes de ecuador son muy claras respecto a las ascensiones a estas altitudes, y se necesita 1 guía por cada 3 personas. Pero no lo suelen cumplir y por eso hay muchas muertes en la zona sobre todo de ecuatorianos.

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El hielo del Chimborazo es muy apetecible

Mucho antes de que existieran refrigeradoras, fábricas de hielo o camiones de congelados, el Ecuador tenía un tesoro natural: los glaciares del Chimborazo. Y durante siglos, un grupo de hombres conocidos como hieleros se encargaban de convertir ese hielo en un producto valioso que viajaba desde los Andes hasta la Costa.

Los hieleros subían de madrugada al Chimborazo, a más de 4.500 metros de altura, con burros, sogas y herramientas rudimentarias. Cortaban bloques de hielo del glaciar, los envolvían cuidadosamente en paja y hojas de achupalla para que no se derritieran, y los bajaban a pie hasta las comunidades cercanas.

Desde allí, el hielo seguía su viaje hacia mercados de la Sierra y, en ocasiones, hasta la Costa, donde era un lujo.

Mas actualmente se usa para hacer con él en Riobamba el llamado rompe nucas. Se licua en licuadora y se mezclan con jugos. Al tomarlos se sentía que se te rompía la nuca del frio tan intenso, de ahí el nombre. 

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Historia de Baltasar, el ultimo hielero del Chimborazo 

La tradición estuvo a punto de desaparecer, pero uno de sus protagonistas se volvió leyenda: Baltazar Ushca, conocido como el último hielero del Chimborazo. Durante décadas subió al volcán tres veces por semana, manteniendo vivo un oficio que parecía destinado a la historia.

Con los años, su historia llamó la atención de periodistas, documentalistas y viajeros de todo el mundo. Baltazar se convirtió en un símbolo de resistencia cultural, un guardián de un oficio que parecía imposible en el siglo XXI.

En 2012, su vida fue retratada en el documental «El Último Hielero», que lo llevó a festivales internacionales y lo convirtió en una figura emblemática del Ecuador profundo.

Los italianos le construyeron una casa con una nevera que nunca uso con el fin para la que fue construida. Él la usaba de armario.

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La Primera Iglesia Católica de Ecuador: La Balbanera.

Con estas historias que nos iban contando nuestro guías, Rául en el primer viaje y Rodrigo en el segundo, fuimos recorriendo la carretera Panamericana, hasta llegar a Colta, donde encontramos un pequeñísimo pueblo que contiene un auténtico tesoro: La Iglesia de la Balbanera.

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“Una Virgen riojana que cruzó el Atlántico y encontró un nuevo hogar en los Andes, convirtiéndose en un símbolo de identidad compartida entre Ecuador y España.”

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La historia de la Balbanera comienza el 15 de agosto de 1534, cuando los españoles, recién llegados a la región, decidieron levantar su primer templo católico en territorio que hoy pertenece al Ecuador. La fecha coincide con la Fiesta de la Asunción de la Virgen, por lo que el templo fue dedicado a Nuestra Señora de la Balbanera, una advocación mariana originaria de La Rioja, España.

Este pequeño santuario se construyó antes de la fundación oficial de Riobamba y Quito, lo que lo convierte en el primer edificio religioso colonial del país.

Estuvimos un rato contemplando la iglesia, la virgen del Balbanera y entramos en una especie de museo que también tenía una tienda de lo más llamativa. Sobre todo porque allí encontramos venta de productos «farmacéuticos» poco comunes y muy simpáticos.

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Allí dentro, en lo que más bien es un pequeño cuarto de paredes blancas, descansan cinco siglos de historia: imágenes coloniales, objetos litúrgicos, fotografías antiguas y fragmentos del pasado puruha. Un museo humilde, pero tan auténtico como la iglesia que lo protege.

La tagua: el “marfil vegetal” de los Andes ecuatorianos

Justo al lado de la Iglesia, hay una plaza, en la que entre otras actividades había un señor tallando la Tagua.

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La tagua es la semilla del fruto de la palma Phytelephas aequatorialis, una planta que crece en las zonas húmedas del Ecuador, especialmente en la Costa y el noroccidente andino.

Cuando la semilla se seca, adquiere una textura dura, compacta y de color blanco cremoso que se parece sorprendentemente al marfil animal. Por eso se la conoce como marfil vegetal.

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Antes de que existieran los botones de plástico, la tagua era uno de los principales materiales para fabricar botones en Europa y Estados Unidos. Durante décadas, Ecuador exportó toneladas de tagua, y muchas prendas de lujo usaban botones hechos en los Andes.

Aunque la palma de tagua no crece en Colta (es una zona fría), los artesanos de la región se especializaron en tallarla. La tradición llegó a Chimborazo a través del comercio interregional, y hoy forma parte de la identidad artesanal de la zona.

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Comiendo Cuy en el medio de la plaza de la Balbanera.

Y aquí probamos el cuy. Quizá esta sea la zona del ecuador con el cuy mas económico: 10-12 dólares. 

En la plaza, varios puestos asaban cuy a la vista de todos. Cuando compramos uno para que el grupo lo probara, no todos estaban igual de convencidos. Algunas personas dudaban por el simple hecho de que el cuy es un animal que, en otros países, se asocia más a una mascota que a un alimento.

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Aun así, después de ver cómo lo servían y escuchar a los locales explicar que es un plato tradicional de la zona, que se come en momentos importantes de la vida familiar y en celebraciones, la mayoría decidió probar un pequeño trozo. Fue un momento mezcla de curiosidad, respeto por la cultura local y un poco de nervios antes de ese primer bocado.

Aquí, en Ecuador, también sienten un gran respeto por este animal, al que lo consideran con una energía muy especial.

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Después de esta parada, continuamos el camino. Aún nos quedaban muchas experiencias por ver y vivir este intenso día en Ecuador. Nuestra siguiente parada sería en una comunidad indígena donde aprenderíamos como se cultiva la Quinoa.

San Martin de Colta y la producción de la Quinoa.

La comunidad indígena de San Martín de Colta, en la provincia de Chimborazo, es un ejemplo muy claro de cómo las tradiciones agrícolas andinas siguen vivas y activas. Visitarla y conocer de primera mano la producción de quinoa no es solo una actividad turística: es una experiencia cultural que permite entender cómo se trabaja la tierra en los Andes y por qué este grano es tan importante para las familias de la zona.

La comunidad indígena de San Martín de Colta está formada principalmente por familias puruhaes que mantienen prácticas agrícolas tradicionales. La quinoa es uno de sus cultivos más importantes, no solo por su valor económico, sino porque forma parte de su alimentación y de su identidad cultural.

Esto fue lo que aprendimos nada más llegar al pueblo, donde nos recibió un comunero y además el alcalde del pueblo. Nos hicieron también una demostración de su idioma oficial, el Quichua, y nos dio la Bienvenida en su idioma.

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Después de una breve explicación sobre cómo cultivan y cuidan las plantas, pasamos a participar en las tareas del día. Nos enseñaron a cortar las plantas listas para la cosecha y a reunirlas en pequeños montones. Algunos del grupo se animaron a hacerlo desde el primer momento; otros fueron observando primero y luego se sumaron.

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Una vez recogida la quinoa, nos mostraron cómo se seca y cómo se limpia para separar el grano de las impurezas. Aprendimos a frotarla, a aventarla y a repetir el proceso hasta que quedara lista para el consumo, cuando el agua ya sale limpia. Todo lo hicimos con sus herramientas y siguiendo sus indicaciones, tal y como ellos lo hacen a diario.

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La experiencia fue muy práctica: trabajamos con las manos, vimos cada paso del proceso y entendimos el esfuerzo que requiere obtener un alimento que solemos ver ya empaquetado. Fue una forma sencilla y directa de conocer su trabajo y su relación con la tierra.

Como dato útil: El quintal, unos 40 kg se les paga, a día de hoy a 80 dólares.  

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Estuvimos unas dos horas en San Martín de Colta, de donde nos fuimos con la sensación de haber visto algo real y cotidiano, no preparado para la ocasión, y eso hizo que la experiencia fuera mucho más cercana.

Parada en la estación de tren de Alausí. 

Al salir de San Martín de Colta seguimos la carretera hacia el sur, rumbo a Alausí, un pueblo muy vinculado a la historia del ferrocarril. El paisaje empezó a cambiar poco a poco: menos campos de cultivo, más barrancos y montañas que parecían cerrarse a los lados de la vía. Al entrar, lo primero que llama la atención es la estación, situada justo al lado de la vía principal. Allí se conserva una locomotora antigua, restaurada y expuesta como recordatorio de lo que significó el tren para la zona.

Nos detuvimos un momento para verla de cerca. Es una máquina robusta, de metal oscuro, que ayuda a imaginar cómo debió ser el movimiento constante de trenes cuando la ruta Guayaquil–Quito estaba en pleno funcionamiento. En Alausí, el ferrocarril no fue solo un medio de transporte: fue parte de la vida diaria del pueblo. Durante décadas, la llegada del tren marcaba horarios, comercio y actividad en la región.

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En nuestro planning de viaje nunca estuvo visitar Alausí, esto fue algo que hicimos sobre la marcha, ya que necesitábamos hacer una parada intermedia en algún punto para poder comprar algo que comer en el bus mientras seguíamos avanzando hacia el sur. Qué mejor que hacerlo en un pueblo, además, con tanta historia.

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Compramos una empanada y un café en brik para comer en el bus por 3 dólares. 

El Mercado de Alausí.

En nuestro segundo viaje por Ecuador, hicimos el mismo cambio y pasamos por Alausí, una de las visitas que más me habían gustado, por lo inesperado, por lo histórico y por haber llegado a un lugar nada turístico.

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En esta ocasión la visita nos coincidió con el día del mercado y la forma en la que viví Alausí fue muy distinta a la primera. La primera vez casi no había gente por las calles y tan solo nosotros, como turistas, nos agolpamos al rededor de la locomotora para sacar fotos. En esta segunda ocasión todo había cambiado. Alausí se había convertido en un pueblo lleno de gente y comunidades indígenas. Todo lo más llamativo que te puedas imaginar.

Según nos explicó nuestro guía Rodrigo, allí llegan cada semana comunidades indígenas de los alrededores para vender lo que producen. No es un mercado pensado para turistas, sino un espacio donde la gente de la zona compra lo que necesita para el día a día.

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Vimos puestos de verduras, frutas, granos, hierbas y productos elaborados en casa. Muchas familias llegaban desde comunidades rurales cargando sacos o canastas, y se instalaban en el suelo o en pequeñas mesas improvisadas. La dinámica era sencilla: vender lo que habían cosechado o preparado y, a la vez, comprar lo que no producen en sus propias tierras.

Si llamativo es ver el ambiente de mercado, más lo es por verles vestidos con sus trajes tradicionales.

Para nosotros fue una forma directa de ver cómo se relacionan las comunidades de la zona con Alausí y cómo el mercado sigue siendo un punto de encuentro importante en su vida diaria.

Ferrocarril en Ecuador 

En medio del trayecto hacia Ingapirca hicimos una parada en un mirador desde el que se veía claramente la Nariz del Diablo, una pared de roca casi vertical que forma parte de la antigua ruta del ferrocarril ecuatoriano.

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Desde allí nos explicaron cómo este tramo fue uno de los más complicados de construir a finales del siglo XIX, cuando el país intentaba unir la Costa con el interior por tren. El proyecto, impulsado por Eloy Alfaro, obligó a los ingenieros a diseñar un sistema de zigzag para que la locomotora pudiera subir y bajar la montaña.

El ferrocarril ecuatoriano fue uno de los proyectos más ambiciosos del país y marcó un antes y un después en su desarrollo. Su historia combina ingeniería, política, dificultades extremas y un impacto social enorme.

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A finales del siglo XIX, Ecuador estaba prácticamente partido en dos:

  • La Costa, con Guayaquil como centro económico.
  • La Sierra, con Quito como capital política.

Viajar entre ambas regiones podía tomar semanas y era peligroso. Por eso surgió la idea de construir un ferrocarril que uniera ambos mundos.

La obra comenzó en 1897 y se convirtió en un símbolo del “progreso” de la época. En 1908, el ferrocarril Guayaquil–Quito quedó oficialmente inaugurado. Por primera vez, el país quedó conectado de forma rápida y estable. El viaje, que antes tomaba semanas, pasó a durar un día.

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Mirar la montaña desde el mirador ayudó a entender por qué este tramo es tan conocido. La pendiente es tan pronunciada que cuesta imaginar cómo un tren podía avanzar por allí. Después de la explicación y de algunas fotos, volvimos a la carretera y seguimos hacia Alausí, con la sensación de haber visto de cerca una parte importante de la historia del país.

Paramos en una gasolinera a estirar las piernas y tomar un café. Aún nos quedaba un rato para llegar a nuestro siguiente destino del día: Ingapirca.

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Antes de llegar a Ingapirca, nuestros guías nos cuentan algo que veníamos preguntando de forma habitual en los últimos días: el porqué Ecuador adoptó el dólar americano como su moneda oficial. No obstante, creo que en el día de hoy, que ha dado para mucho, se me queda largo, así que os lo contaré en uno de los siguientes días.

Complejo Ingapirca. Historia.

Hacia las 3 de la tarde llegamos al complejo arqueológico de Ingapirca, el sitio inca más importante del Ecuador. La entrada al recinto ya da una idea de la magnitud del lugar: muros de piedra bien encajados, terrazas amplias y un paisaje abierto que permite ver cómo los incas eligieron este punto por su ubicación estratégica.

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Antes de empezar el recorrido nos explicaron que Ingapirca fue un centro administrativo y ceremonial construido por los incas sobre una base cañari anterior. La estructura más conocida es el Templo del Sol, una construcción ovalada que destaca por la precisión de sus piedras y por su orientación astronómica. No es un sitio tan grande como otros complejos incas del Perú, pero su valor está en cómo muestra la mezcla entre las dos culturas.

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Durante la visita caminamos por los senderos marcados, pasando por antiguas viviendas, patios y canales de agua. El guía nos fue señalando detalles que a simple vista pasan desapercibidos: la forma de las piedras, la manera en que encajan sin mortero, y las diferencias entre la arquitectura cañari y la inca. Todo esto ayudó a entender mejor el lugar sin necesidad de grandes explicaciones.

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Lo más interesante fue llegar al Templo del Sol y ver de cerca la construcción. Desde allí se aprecia bien el entorno y se entiende por qué este punto era importante para los incas. Nos detuvimos un rato para observar la estructura y tomar fotos, pero también para imaginar cómo funcionaba este sitio cuando estaba en uso.

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La visita fue tranquila y clara: caminar, escuchar, observar y hacerse una idea concreta de cómo vivían y organizaban este espacio.

Tras la visita tuvimos algo de tiempo para hacer algunas compras de artesanías, y en nuestro segundo viaje para probar el Canelazo.

El Canelazo ecuatoriano.

En nuestro segundo viaje, a la salida de Ingapirca nos ofrecieron canelazo, algo que ya no nos sorprendió porque no era la primera vez que lo probábamos, al menos en mi caso. Lo habíamos tomado por primera vez en la Mitad del Mundo, en Quito, y luego otra vez al llegar al hotel en Riobamba. Aun así, aceptamos los chupitos por el módico precio de 50 centavos de dólar.

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Goretti y Victo probando el Canelazo

El sabor era el mismo: aguardiente de caña mezclado con agua, canela y azúcar. Algunos del grupo ya le habían cogido el gusto; otros seguían tomándolo con más cautela. Fue un momento sencillo, casi una pausa antes de seguir el viaje, pero encajó bien con el clima fresco de la zona y con la sensación de estar recorriendo la Sierra de forma muy local.

En esta caso tuvimos uno de esos momentos de risa inolvidables del viaje. Ainara, que en principio no se había atrevido con el trago, decidió a última hora que lo iba a intentar. Pero cuando le dieron su chupito era tamaño industrial, ya que era más del doble del tamaño del que nos habían dado a los demás. Según la chica que los vendía, se le habían terminado los vasos y en lugar de poner la misma cantidad en un vaso más grande, decidió llenarlo. Esto fue suficiente para que no pudiésemos parar de reír al ver la cara de susto de Ainara.

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Nacho, Chema y Myriam observando las llamas de Ingapirca

No fue un momento de risa solo con el segundo grupo, ya con el primero tuvimos un momento de lo más surrealista. Estábamos en la zona de puestos locales. Habíamos dado un paseo y hecho algunas compras. La zona era con una cierta inclinación y la cuesta, para según quién, podía hacerse dura. Estábamos subiendo cuando una señora muy mayor, se coge del brazo de Pepe para que le ayudase en el ascenso. Y así lo hizo, además de darle una buena conversación. Cuando llegamos al final de la cuesta, la señora se acercó a Pepe y le pidió una propina por haberle permitido ayudarle con la subida. Y se desataron de nuevo las risas.

De Ingapirca a Cuenca

Tras la visita nos vamos a Cuenca. Son las 5 de la tarde. Nos queda una hora y media de viaje, mas o menos y teníamos que estar en el restaurante antes de la 7. Hoy, además de ser sábado, es feriado y en Cuenca hay mucha gente por lo que el restaurante tiene muchas reservas  y hemos decidido este cambio de almuerzo a cena en Cuenca sobre la marcha. Por eso debemos estar, si o si, antes de esa hora y por eso ya henos decidido cada uno lo que vamos a cenar, para que lo tengan preparado para las 7. 

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Según nos vamos acercando a Cuenca el paisaje cambia. Pasa a ser más verde, con más pastos y mas vacas. Mientras regresamos a la Panamericana. 

Me está sorprendiendo muchísimo este país. Los paisajes de la zona andina no se parecen a nada que haya visto antes. Voy en el bus sin apartar la vista de la ventana. Todo es tan impresionante que, sinceramente, antes de venir no me lo había imaginado así en ningún momento.

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El sol va bajando rápidamente mientras poco a poco nos acercamos a Cuenca. Ese color del atardecer, mezclado con el verde intenso del paisaje, las montañas y un cielo azul lleno de nubes blancas hace que todo sea brutalmente fotogénico.

Mirador de Turi.

Como íbamos con suficiente tiempo aún, y para no dejar pasar ninguna oportunidad de visita, subimos hasta el mirador, desde el que se ve todo Cuenca, para ver el atardecer desde ahí. Quedaban muy pocos minutos de luz cuando llegamos por lo que fue una visita muy rápida ya que no teníamos mucho tiempo. Con el segundo viaje esta visita la hicimos a la mañana siguiente, con lo que lo contaré un poco más en profundidad ese día.

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Este día era festivo en Cuenca, por lo que había muchísima gente en el mirador además de que se estaba celebrando una misa por la celebración de los quince años de una chica, algo que nosotros no estamos acostumbrados a ver.

Cenando en Dos Sucres, Cuenca

No sabéis lo que agradecí que este día hubiésemos podido cambiar los planes y del almuerzo incluido pasásemos a la cena, porque esto nos permitió poder probar en Cuenca un restaurante de comida de fusión. En este tipo de viajes, no siempre, pero este de Ecuador, quisimos, a la hora de reservar los restaurantes que hubiese de todo, desde restaurantes a la carta, locales, de fusión, de cocina de autor… y creo que lo conseguimos.

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Parte de la comida con el primer grupo, y como plato principal, carne.

Este restaurante fue la guinda del pastel.

Teníamos la opción de escoger el plato principal, pero nos pusieron unos cuantos platos más para probar. En mi caso, además, pedí una cerveza de elaboración local.

El lugar trabaja solo con producto ecuatoriano, ingredientes locales y de temporada, de comercio de proximidad y eso se nota en cada plato. La carta cambia según lo que su dueño, y el chef del restaurante, encuentren en el mercado. No es un restaurante tradicional, pero tampoco intenta alejarse de la cocina del país: más bien la reinterpreta con técnicas modernas sin perder la esencia. Y es que el restaurante es el proyecto del chef Jonathan Sevilla, que se formó con los mejores chefs, estrella michelín, en España. Y se nota. Y mucho.

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Parte del menú del segundo grupo, y como plato principal, pescado

La experiencia fue tranquila y muy cuidada. El servicio fue cercano, el propio chef se acercaba con cada plato, para explicar lo justo para que entiendas lo que estás comiendo sin convertirlo en una clase. Cada plato tenía ese equilibrio entre lo familiar y lo nuevo: sabores ecuatorianos reconocibles, pero presentados de una forma más contemporánea. Se nota que detrás hay un trabajo serio con productores locales y una intención clara de mostrar otra cara de la gastronomía del país.

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Fue una de esas comidas que encajan perfectamente en el viaje, en el tipo de viaje que yo quería, porque te permite conocer el país también a través de su cocina.

Después de esto, nos fuimos al hotel. Había sido un día largo, y muy intenso.

Dónde dormir en Cuenca

En Cuenca probé dos hoteles distintos, ya que no coincidió el hotel, por falta de disponibilidades, entre el primer y el segundo grupo.

En ambos casos los dos son muy similares. Se trata de una casa colonial situada en el centro histórico de la ciudad de Cuenca y ambos están en la misma calle, Simón Bolivar, uno a cada lado de el Parque Calderón.

Posada del Ángel.

Mi estancia en la Posada del Ángel me dejó una sensación muy agradable. El hotel tiene ese encanto colonial que te envuelve apenas entras, con espacios cálidos y bien cuidados. La ubicación es perfecta para recorrer Cuenca a pie, y el ambiente dentro es sorprendentemente tranquilo.

El personal fue lo que más me marcó: atentos, cercanos y siempre dispuestos a ayudar. La habitación, aunque sencilla, resultó cómoda y limpia, ideal para descansar sin complicaciones. El desayuno, casero y servido con amabilidad, completó muy bien la experiencia.

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En conjunto, sentí que ofrece una relación calidad‑precio difícil de superar y un ambiente que te hace sentir realmente bienvenido.

Aquí os dejo más info y fotos sobre la Posada del Ángel en Cuenca.

Casa de San Rafael.

Mi estancia en Casa de San Rafael tuvo varios aspectos positivos: el edificio es precioso, con ese estilo colonial tan característico de Cuenca, y las habitaciones están muy limpias y bien mantenidas. La ubicación es excelente para recorrer el centro histórico a pie, y el ambiente dentro del hotel es tranquilo, ideal para descansar después de un día de visitas.

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Aun así, hubo detalles que marcaron mi experiencia. La amabilidad del personal, aunque correcta, me pareció algo más distante de lo que esperaba, o por lo menos muy distinto al recibido en el anterior. También eché en falta un servicio de lavandería, algo muy importante cuando estás realizando viajes de este tipo, en el que necesitas lavar ropa a mitad del viaje y qué sí usé en el hotel anterior.

En conjunto, Casa de San Rafael es un hotel cómodo y muy bien ubicado, en calidad muy similar al anterior, pero esos pequeños detalles hacen que, si tuviera que elegir entre dos opciones muy parecidas, me decantaría por la Posada del Ángel.

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