En bicicleta hacia los Humedales y el Muro de las Lágrimas (Isabela)
Comenzaba el último día en Isabela y aunque no era el último que pasaríamos en Galápagos ya se empezaba a notar que el viaje estaba llegando a su fin. Pero no dejaríamos que el desánimo se apoderase de nosotros ya que hoy haríamos una visita muy especial: Iríamos a la zona de Humedales y al Muro de las Lágrimas en bicicleta. Bueno, en bicicleta algunos, otros preferimos un método más tradicional: caminando.

Más allá de la fauna única y los paisajes volcánicos, en esta visita se recuerda que estas islas también fueron escenario de historias difíciles. El Muro de las Lágrimas invita a la reflexión, a mirar el pasado con respeto y a valorar la resiliencia humana en un entorno que hoy asociamos con vida, ciencia y conservación.
Además, esta visita es de las más completas, ya que la zona conocida como Los Humedales de Isabela forman un ecosistema de lagunas salobres, manglares y senderos volcánicos que se extiende sobre unas 872–873 hectáreas dentro del Parque Nacional Galápagos. Este sitio, reconocido como Sitio Ramsar desde 2002, alberga más de 170 especies nativas y endémicas, entre ellas flamencos, iguanas marinas, patos bahamenses y tortugas verdes. Sus manglares —las cuatro especies presentes en el archipiélago— cumplen un papel esencial en la protección costera y posee una de las mayores concentraciones de vida silvestre de Isabela.






Viaje con Vosotros
Este «Viaje con Vosotros a Ecuador en 18 días» se desarrolló tal y como lo estáis leyendo durante el mes de Agosto de 2025, en uno de los viajes que realizamos bajo el concepto «Viaje con Vosotros». Desde hace años ofrecemos la posibilidad a nuestros lectores, seguidores de redes sociales y clientes de la agencia de viajes a acompañarnos. Y este fue nuestro Séptimo «Viaje con vosotros».
Si quieres realizar un viaje similar o parecido a este, consulta las fechas de salida regular o si lo prefieres, pídenos un presupuesto para un viaje en privado a un país que estoy segura que te sorprenderá.
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Además, en el segundo viaje, este día coincidió con el 2 de Septiembre, día del cumpleaños de Chema, y teníamos que celebrarlo.
Preparando la visita a Humedales y el Muro de las Lágrimas.
Durante el proceso de elaboración del viaje, este día me trajo de cabeza. Esta es una visita que de forma general se hace en bicicleta. Tenía claro que parte del grupo no querrían hacerlo así, ya que por experiencia, habíamos estado en otros destinos donde nos la ofrecieron y parte del grupo dijo que no. Así que una de las consultas que hice fue si sería posible hacer la visita caminando, es decir, que quien quiera coger la bicicleta lo hiciese y quien quisiese ir caminando también.

La respuesta fue un poco vaga en este aspecto, en el sentido de que no podía hacerme una idea clara de cómo era esta visita, cuanto tiempo llevaba, el número de kilómetros totales, y la información que encontraba en las webs tampoco era nada clara.
Me comentaron que no habría problema pero que quizá, aquellos que lo hiciesen caminando, no llegarían al final del trayecto y al muro de las lágrimas. Esto, sinceramente, yo no lo contemplaba. Teníamos que hacerlo todos, todo. Se tardase lo que se tardase. Pero eso no lo comenté con nadie.
Habíamos quedado en que días antes de esta visita, dijésemos cuantos íbamos a hacerlo caminando y cuantos lo haríamos en bicicleta, así que este dato ya estaba en su poder cuando salimos aquella mañana, tras el desayuno, dando un ligero paseo hasta el centro de alquiler de bicicletas.



También me habían pedido, que ya que el guía iría con las bicicletas, que yo tendría que hacerlo, sí o sí, caminando, para acompañar al resto del grupo. Pero lo cierto es que nos sorprendieron este día, ya que, además de nuestra guía, Mafer, nos acompañaría en el trayecto uno de los propietarios de una tienda de bicicletas de Isabela. Era la primera vez que hacía una cosa así, pero llevar a alguien que trabaja en esto, era reconfortante, porque si había una avería o un problema con ellas, él tenía la formación para sacarnos de cualquier apuro. Así que él acompañaría al grupo en bici y nuestra guía, Mafer, iría a pie.

La única diferencia que se nos planteó por hacer una excursión distinta, donde parte del grupo lo haría de una forma y la otra de otra forma, fue que en lugar de salir todos en bicicleta desde Isabela, lo haríamos todos en coche hasta el inicio del sendero de Humedales. De esta forma haríamos menos kilómetros caminando y tardaríamos menos tiempo.
La importancia del seguro de viajes. El accidente de Silvia.
A lo largo de este viaje, sobre todo del segundo viaje, hubo muchos momentos en los que pensamos en la importancia que es llevar un buen seguro de viaje. Primero con susto que vivimos con Nacho en Cuenca y Guayaquil. A día de hoy, Nacho, aún seguía en Guayaquil, aunque ya le habían dado el alta a la espera de conseguir un vuelo de vuelta a casa. El seguro se estaba encargando de todo, solo que de mano, Nacho tendría que adelantar el importe de todo lo gastado estos días de más que tuvo que quedarse en un hotel de Guayaquil antes de poder volar de vuelta a casa.

También Maialen y Ainara habían tenido un problema de salud y Goretti se había retorcido una rodilla al bajar del barco que al final fue una rotura de ligamentos.
Por si fuese poco todo lo que ya llevábamos en este viaje, Silvia, durante las pruebas de bicicleta, con una un poco más grande de lo que ella necesitaba, se cayó con la mala suerte que su codo derecho fue a dar directamente contra el bordillo de la carretera. El dolor que vivió en ese momento es indescriptible.

Nos enteramos de todo esto cuando llegamos la entrada del sendero de Humedales, ya que los pocos que en este grupo lo iban a hacer en bicicleta, eran los últimos en llegar. Allí la vemos con cara de mucho dolor y claro, sin su bici, ya que era imposible hacerlo así en estas condiciones. Y esto traería consecuencias posteriores.
Finalmente, en este grupo, solo 3 personas lo hicieron en bicicleta.
Sendero hacia el muro de las lágrimas
El sendero hacia el Muro de las Lágrimas comienza en el punto de control ubicado al oeste de Puerto Villamil. Desde allí, la ruta sigue una vía costera señalizada que avanza entre zonas áridas, humedales y tramos de lava. Cómo íbamos a hacer el sendero caminando, teníamos menos tiempo para paradas, así que decidimos ir primero al final del recorrido, llegar al Muro y si nos daba tiempo, a la vuelta, visitar algunos otras zonas de interés.

El recorrido total hasta el muro son unos 5 km , un poco más si subes al mirador, con un terreno mayormente llano y algunos ascensos suaves cerca del final. A lo largo del camino aparecen pequeñas playas, miradores y lagunas donde es común observar tortugas gigantes, iguanas marinas y aves costeras.
Cuando Maialen, hace unos días, me había dicho que no se encontraba bien como para hacer la visita a «Los cráteres gemelos y las tortugas gigantes de Galápagos» le había pedido un poco de esfuerzo, ya que era posible que si no hacía esta visita no volviese a ver tortugas gigantes en libertad. Sabíamos que aún nos quedaba la visita al Centro de Crianza Arnaldo Tupiza, pero no es lo mismo que ver las tortugas en libertad. Así que la animé y no se arrepintió de hacerlo.

En ese momento yo sabía que era posible que viésemos tortugas en libertad más adelante, pero aquí, ya todo tenía que ver con la suerte, y es que encontrar tortugas en este sendero es habitual pero no se garantiza, claro.
Cuando aquella mañana comencé el sendero, yo si sabía que aquí existía esa probabilidad, pero nadie, ni en el primer grupo, ni en el segundo tenía esta idea presente. Así que encontrarnos de golpe con ellas fue una sorpresa increíble para todos.

Nosotros, al ir caminando, era más fácil verlas entre los matorrales e incluso en una ocasión nos desviamos del camino, entramos en una zona en la que había unos charcos donde había unas cuantas metidas en el agua.

Las tortugas gigantes de Isabela
Las tortugas gigantes en Isabela suelen moverse libremente por la zona de humedales y por los tramos más secos del camino. Son uno de los puntos más llamativos del recorrido porque pueden verse en su hábitat natural, sin cercas.
A lo largo del sendero —especialmente en los primeros kilómetros desde Puerto Villamil— es común observarlas alimentándose entre la vegetación baja, descansando junto a los charcos o cruzando lentamente la vía. Su presencia está documentada en guías y descripciones turísticas del recorrido, que destacan la posibilidad de ver tortugas gigantes en libertad durante la caminata.

Estas tortugas cumplen un papel ecológico clave ya que dispersan semillas, abren senderos naturales y modifican la vegetación al alimentarse, funciones esenciales para mantener la estructura de los hábitats de Isabela. Aunque este rol está descrito en estudios de conservación de tortugas gigantes en Galápagos, también se menciona en reportes recientes sobre proyectos de restauración ecológica en el archipiélago
Pero si las tortugas gigantes son uno de los muchos atractivos del sendero de Humedales, también lo son las iguanas marinas.
Isabela alberga algunas de las poblaciones más numerosas de iguanas marinas del archipiélago. En el sendero de Humedales, la cercanía a la costa y a zonas de alimentación hace que sea común observarlas tomando el sol.




Las iguanas marinas son los únicos lagartos del planeta adaptados a vivir y alimentarse en el mar. Su dieta se basa en algas, y para obtenerlas se sumergen usando su cola aplanada como timón y sus garras para aferrarse a las rocas bajo el agua.
Después de alimentarse, regresan a tierra firme para calentarse, lo que explica por qué son tan visibles en zonas abiertas del sendero.

El muro de las Lágrimas y la historia de Mafer
El tramo final asciende por a una zona más seca y pedregosa hasta llegar al Muro de las Lágrimas, un recordatorio de uno de los capítulos más oscuros de la historia ecuatoriana.
En medio de playas tranquilas, humedales llenos de vida y paisajes volcánicos, este muro de roca volcánica rompe la armonía natural para contar una historia de sufrimiento humano.



Cuando llegas a esta zona lo primero qué te preguntas es qué hace este montón de piedras aquí, claramente dispuestas unas encima de otras a modo de muro, pero sin ningún fin aparente.
Entre 1945 y 1959, Isabela funcionó como una colonia penal. Tras la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos dejó en Isabela instalaciones militares que Ecuador aprovechó para establecer una colonia penal agrícola. La decisión respondía a la falta de infraestructura carcelaria en el continente y a la idea —muy de la época— de que el aislamiento extremo era una forma de control. Los prisioneros enviados aquí incluían delincuentes comunes y opositores políticos, todos bajo la custodia de policías y militares. Vivían en una especie de “comunidad abierta”, pero sometidos a trabajos forzados y a un régimen severo.

Mafer nos cuenta aquí una historia tremenda, mezcla de su propia historia personal, la de su familia y su padre, y de lo que se sufrió en este sitio. Estuve dudando mucho si contar la historia tal cual, pero creo que es algo tan personal que debe quedar para ella, para nosotros y para todos aquellos que lleguen a Isabela, visiten el muro y conozcan la historia en profundidad.
Los presos debían cargar pesadas rocas volcánicas, muchas veces descalzos, bajo un sol abrasador, y apilarlas hasta levantar una estructura de 6–7 metros de alto y cerca de 100 metros de largo. Las condiciones eran tan duras que, según testimonios recogidos en investigaciones y relatos locales, muchos murieron durante su construcción. El sufrimiento fue tal que el lugar terminó siendo conocido como El Muro de las Lágrimas.

La historia del muro contrasta con la imagen que hoy tenemos de Galápagos: un santuario natural, un laboratorio de evolución, un destino soñado. Pero durante más de una década, Isabela fue también un espacio de castigo, aislamiento y abuso, un capítulo que suele quedar fuera de las narrativas turísticas tradicionales.

El cierre de la colonia penal en 1959 —el mismo año en que se creó el Parque Nacional Galápagos— marcó el fin de esta etapa. Sin embargo, el muro quedó en pie como memoria física de lo ocurrido. Documentales y estudios recientes han recuperado testimonios de quienes vivieron esa época, mostrando cómo este episodio marcó profundamente a la comunidad local.
El mirador del Muro de las Lágrimas.
Una vez llegado al muro, Mafer nos invita a ir un poco más allá. Si todavía hay fuerzas para ello, subir las empinadas escaleras de piedra que nos llevará a un mirador desde el que se divisa la costa de Isabela y Puerto Villamil.

Y fue allí, donde sofocados por el calor y la empinada subida, resguardados bajo la sombra de un tenderete de madera, Mafer comienza a contarnos una dura historia, de sacerdotes, fugas, dureza… que termina por desvelar que esa historia forma parte de su vida, o más bien de la de su padre. Algunos nos quedamos con los ojos como platos, sin poder pronunciar palabra y la historia la mantuvimos muy presente el resto de lo que nos quedaba de viaje (y creo que hasta hoy en día).
Tras aquella dura historia, nos recompusimos en el mirador, dejamos que la brisa bajase la temperatura corporal y el sofocón y empezamos el regreso, con intención de hacer alguna que otra parada en el camino.

Las lagartijas de Galápagos en las distintas islas.
No se si recordáis que al inicio de la parte de Galápagos de este viaje, en nuestro primer día en San Cristobal, Mafer, nuestra guía, nos había pedido fotografiar las lagartijas. La cuestión era la siguiente; tener una foto de las lagartijas de las tres islas por las que íbamos a pasar y compararlas al final del viaje.
Había llegado el momento de hacerlo.
Las lagartijas de lava del género Microlophus son uno de los animales que más fácilmente verás al caminar por senderos, playas o zonas de lava en Galápagos. Aunque a simple vista parezcan iguales, cada isla tiene su propia especie, resultado de miles de años de evolución aislada. Esta característica las convierte en un símbolo perfecto de lo que hace único al archipiélago.

Tres islas, tres identidades
- San Cristóbal Aquí vive Microlophus bivittatus, una especie exclusiva de la isla. Su población es más reducida y su distribución más limitada, lo que la hace especialmente interesante para la conservación.
- Isabela En la isla más grande del archipiélago habita Microlophus albemarlensis, la especie con mayor distribución. Se adapta a ambientes muy distintos: zonas costeras, laderas volcánicas e incluso áreas más elevadas.
- Santa Cruz Aquí encontrarás Microlophus indefatigabilis, una especie muy estudiada por su relación con la temperatura. Es común verla tomando el sol sobre rocas negras o moviéndose entre arbustos secos.

¿Qué diferencias son más notables?
Aunque todas son pequeñas, rápidas y excelentes camuflándose entre la lava, cada isla presenta variaciones sutiles:
- Coloración: algunas son más oscuras si viven sobre lava negra; otras muestran tonos más claros en zonas arenosas.
- Comportamiento: los machos suelen hacer “flexiones” para defender su territorio, un gesto muy visible para los visitantes.
- Distribución: solo la especie de Isabela ocupa varias islas; las demás están restringidas a una sola.

¿Por qué es un dato destacable?
Porque estas lagartijas son un ejemplo del proceso que hizo famoso al archipiélago: la evolución en islas. Para cualquier viajero, saber que la lagartija que ve en un sendero de San Cristóbal no es la misma que encontrará en Santa Cruz o Isabela añade un valor especial a la experiencia. No es “una lagartija más”: es una especie única, que solo existe allí.
Además:
- Son fáciles de observar sin causarles molestia.
- Están presentes en casi todos los recorridos turísticos.
- Representan la biodiversidad endémica que Galápagos busca proteger.
Comenzando el camino de vuelta.
Lo habíamos hecho bien, muy bien, y habíamos caminado lo suficientemente rápido como para que Mafer estuviese sorprendida. Aquí nos dimos cuenta de porqué durante la planificación de esta ruta tuve tantas dudas y porqué no tenía claro del todo si se podía hacer caminando o no, si era muy duro el trayecto o no, o porque casi nadie me decía claramente que lo podíamos hacer caminando sin problema.

Según nos contó Mafer la mayoría de los turistas no caminan. Esto ya nos lo había dicho en más ocasiones pero aquí quedó claro. Suelen ser muy medidos en cuanto al tema de las caminatas, porque no es lo mismo saber que tienes que subir al Volcán Sierra Negra, que es evidente que tienes que subir y caminar y eso que la subida la ponen también más dura de lo que realmente es, que hacer un sendero en el que muchos piensan que se lleva bien.

Se lleva bien hasta que la temperatura supera los 35 grados, y la persona no está preparada para caminar. Aquí han debido de tener muchos problemas con los viajeros, porque según nos cuenta, hay mucho turista, sobre todo americanos que se niegan a dar un paso y que para ellos este trayecto que hicimos hoy hubiese sido inviable. Por eso, ante estas consultas, suelen ser muy precavidos.
Pero ya se había dado cuenta que nosotros éramos de otra pasta, que nos gustaba caminar y que hicimos este sendero sin problema. Así que ahora teníamos tiempo para disfrutar del camino de vuelta, parando en algunos de los puntos de interés de la zona de Humedales.

El Estero de Humedales
El Estero es uno de los senderos más cortos y transitados del sistema de humedales de Isabela, un tramo donde la lava costera, los manglares y la vegetación crean formaciones muy singulares, como el túnel de majagual.

El túnel de majagual es un pasaje estrecho formado por la vegetación que crece sobre una ligera elevación del terreno, creando una especie de corredor sombreado que contrasta con las zonas abiertas del humedal. Este cambio de nivel y de cobertura vegetal marca la transición entre áreas más inundadas y sectores algo más secos, y funciona como punto de paso para iguanas marinas, cangrejos y aves que se desplazan entre las lagunas y la costa.

Aquí vimos una tortuga marina nadando tranquilamente en la especie de playa interior que se ha formado entre toda la vegetación. También había un león marino descansando a la sobra y alguna iguana.





Túnel del Estero
El túnel de lava del Estero es una formación tubular creada por el enfriamiento superficial de antiguas coladas basálticas, mientras la lava aún fluida continuaba moviéndose por el interior. Con el tiempo, el techo se mantuvo estable y el canal interno quedó hueco, generando un pasaje natural que hoy forma parte del sendero. Algo muy llamativo porque el túnel en sí llega hasta la playa y se mete en el mar.

El mirador Los Tunos con el primer grupo
El Mirador Los Tunos es uno de las zonas más elevadas dentro del sistema de humedales de Isabela. Está situado sobre una colada de lava que sobresale ligeramente del terreno plano que domina la zona. Desde esta plataforma natural se obtiene una vista amplia de las lagunas interiores, los manglares y el trazado del estero, lo que permite entender cómo las depresiones volcánicas retienen el agua y dan forma al humedal.

El mirador recibe su nombre por la presencia de tunos —Opuntia— que crecen dispersos en las zonas más secas del borde del sendero, zona de transición entre el ambiente costero húmedo y la vegetación más típica de zonas áridas.

Playa orgánica de Humedales con el segundo grupo
La Playa Orgánica es un tramo costero dentro del sistema de humedales de Isabela donde la arena volcánica se mezcla con una alta acumulación de restos biológicos: fragmentos de conchas, corales erosionados, algas secas y material vegetal arrastrado por las mareas. Esta composición le da un aspecto más rugoso y heterogéneo que las playas de arena fina de Puerto Villamil, y refleja la intensa interacción entre los procesos marinos y los ambientes de manglar. La playa funciona como zona de alimentación para iguanas marinas y como área de descanso para aves costeras que se mueven entre las lagunas interiores y el borde del mar.



Aquí dimos por concluida nuestra visita mañanera a la zona de humedales, una visita que fue de lo más completa, entre historia, dramatismo, naturaleza, biodiversidad y mucha, mucha tranquilidad.
Al llegar de nuevo a la caseta de entrada, nos estaban esperando los coches que nos llevarían, directamente al restaurante que teníamos reservado, e incluido, para comer. Nos despedimos de Mafer y del chico que nos había acompañado, tan felizmente, con las bicis.

Comiendo en La Casa del Asado
Teníamos reserva para comer en la casa del asado. Nos habían dado para elegir en el plato principal entre chicharrón, nuggets de pollo, bistec y ceviche. En mis primer paso por aquí pedí el ceviche y en el segundo los nuggets de pollo. Ambos estaban buenos pero a destacar el plato que nos pusieron de primero que era una especie de sopa de carne con pasta. Aunque cuando lo vi no me tuvo buena pinta y casi que ni lo pruebo, el que mis compañeros alabasen sus sabor me hizo probarlo, y menos mal, porque estaba de muerte.



El café más caro del viaje: Pan & Vino
Teníamos la tarde libre, así que podíamos relajarnos un poco después de comer y decidimos probar otra cafetería distinta. Habíamos visto una en la calle principal de Puerto Villamil con muy buena pinta. Es dramático que lo que más recuerde de este momento no fuese el sabor del café, ni las conversaciones con mis compañeros, ni siquiera la pintaza que tenían los trozos de tarta que algunos se metieron entre pecho y espalda.

Lo que más recuerdo de este momento es el precio del café, que fue el más caro de todo el viaje y con mucha diferencia. 8 dólares. Pero como se dice aquí en mi pueblo: «Sarna con gusto, no pica». Así que los pagué felizmente porque felizmente nos encontrábamos en este momento.
Tarde de playa y paseos en Isabela
Tras el café decidimos invertir el resto de la tarde, de esta última tarde en Isabela, disfrutando de la playa. Dimos unos largos paseos, sacamos un montón de fotos, Rosa escribió el clásico mensaje en la arena de la playa, y estuvimos mucho rato viendo a las iguanas marinas nadar, bucear y divertirse. Así como pasamos un gran rato disfrutando del momento de Salva, metido, por fin en el agua del mar y disfrutando como un niño jugando con el león marino.



La experiencia de Salva: de León Dormido a Isabela
Compré mi máscara de snorkel dos meses antes del viaje; creo que lo hice para mentalizarme. En Galápagos nos proporcionaron el resto del equipo, aletas y neopreno incluidos. Me subí al barco y, al llegar a León Dormido, incluso me puse en la cola para lanzarme al agua, pero el miedo a las profundidades y a los tiburones no me permitió saltar.
Si soy sincero, tengo que admitir que me enfadé conmigo mismo; me reprochaba que era una oportunidad única y la iba a dejar pasar, que era ‘entonces o nunca’, que me iba a quedar sin descubrir todo lo que aquel lugar tenía reservado para los que sí se atrevieron… Me quedé en el barco y, al final, alguna tortuga y algún pez vi.

Al llegar a Isabela, ya uno de los últimos días, dimos un paseo por la playa maravilloso. No había vencido el miedo al agua, pero eso no me impidió disfrutar de todo lo demás y —créeme— hay mucho más. La arena iba desapareciendo y dejando ver la roca volcánica. Comenzamos a ver iguanas marinas cruzando de una de las piscinas que se creaban en la orilla por las rocas a otra. En ellas, el agua no cubría más allá de la cintura y era imposible que una ola arrastrara a un tiburón hasta allí.

No pude dejar pasar una ocasión tan perfecta: me quité la camiseta y, aunque el agua estaba bien fresca, por fin me quité la espinita de no haberme sumergido. Y entonces, un león marino jovenzuelo se acercó. Se quedó sobre la roca observándome; yo no moví ni un músculo para poder verlo de cerca. Giraba su cabeza de un lado a otro a centímetros de la mía, parecía curioso. Dio un salto y se lanzó a la piscina en la que yo estaba mientras jugueteaba alrededor de mis piernas. Fue un instante, un instante mágico. El miedo me privó de disfrutar de León Dormido, pero Isabela me regaló una experiencia inolvidable con un león bien despierto.
Salva, segundo viaje con nosotros
Tarde en el hospital de Isabela con Silvia: Segundo grupo
Mi tarde con el segundo grupo fue un poco distinta. Silvia se había caído de la bicicleta esta mañana y el dolor que sufrió fue muy intenso. Durante todo el paseo por humedales iba quejándose del codo. Le pusimos un pañuelo para sujetarle el brazo pero aún así, decía, que de cuando en cuando le daba un tremendo pinchazo que le dejaba sin aire.
Así que tras la comida decidimos llamar al seguro de viaje y ver qué se podía hacer.

Cuando días atrás habíamos tenido que llevar a Nacho al hospital en Guayaquil y supimos qué era lo que le pasaba, ya supe, en aquel momento, que ellos no podrían continuar el viaje. Con ese diagnóstico era demasiado arriesgado viajar a Galápagos, ya que el sistema sanitario de allí, a excepción del Hospital Central que creo recordar que está en San Cristóbal, no hay mucho más donde poder ser asistido para algo grave. Mucho menos en Isabela. Cuando te pasa algo en importante en una isla como Isabela no queda otra que ser evacuado, ya que allí lo único que hay es un centro de Salud, pequeño y con lo mínimo para ser atendidos de algo en un primer momento, pero para nada más.
Esto yo ya lo sabía antes de llegar, ya que hay que ir preparados con todo tipo de información en estos viajes, y el tema de la salud es de los más importantes, así que sabía que de ser algo grave tendríamos que evacuarlos, por eso, sabíamos que Nacho, en sus circunstancias actuales no podía llegar hasta aquí, por precaución. Con el accidente de Silvia es un poco distinto, porque al fin y al cabo, en Isabela, si están preparados para poder socorrerte en caso de accidente así y están preparados para enyesar si fuese necesario.

Así que tras esperar casi una hora en la recepción del hotel a ver si el seguro nos decía que hacer y viendo que, lo más seguro, es que nos dijesen que teníamos que acudir a algún hospital o centro de salud público ya que allí no tenían convenio con nadie (porque no lo hay) decidimos ir directos al médico sin esperar. Al fin y al cabo la respuesta que nos iban a dar, ya la sabíamos. Que lo pagásemos todo y que luego les pasásemos la factura. Esto nos lo dijeron más tarde, cuando ya estábamos en la consulta del médico.
Nos dirigimos a lo único que hay en Isabela para estos casos, el centro de salud público. Allí nos atendieron de maravilla, no hubo esperas ni mucho drama. Una jovencita doctora la examinó, le midió la tensión y tras valorarlo todo nos dijo que, a su entender no había nada roto, pero que para saberlo realmente habría que hacer una radiografía. Ellos no tienen allí para hacer esto pero casualmente nos dice que hace poco se ha instaurado una ONG en un edificio anexo al parque de Puerto Villamil que sí tienen un aparato para ello. Pero que nos va a costar 15 dólares. Ni nos lo pensamos, claro.

Con las instrucciones claras de qué hacer, nos dirigimos al local de la ONG. Contamos lo que nos había pasado y le hicieron, inmediatamente, la radiografía a Silvia. He de reconocer que en este momento me asusté y mucho, porque fui consciente de la gravedad de la situación, ya que Silvia no movía el codo. Era incapaz de poner el brazo como le pedía la doctora y el intenso dolor se le reflejaba, perfectamente en la cara, cada vez que intentaban moverle el brazo.
Cuando terminamos allí, la siguiente situación fue un poco surrealista. Tuve que sacar fotos de las radiografías que le acababan de hacer con mi móvil para llevarlas al centro de salud. Allí ya nos sentimos un poco más tranquilas porque ya nos dicen que no se ve el brazo roto. Aún así, llevamos las fotos en mi móvil al centro de salud y nos comentaron lo mismo. El brazo no estaba roto. Salimos de allí mucho más tranquilas, con una receta para la medicación y sin haber pagado nada, ya que lo único que nos cobraron fuer la radiografía.

Hora feliz en el Pink Iguana Bar: Segundo grupo
Con la tranquilidad que da saber que aunque hay mucho dolor todo se debe al golpe, nos fuimos a dar un paseo por la playa, a despejarnos y a relajarnos. Allí fue donde nos encontramos con parte del grupo y como era el cumpleaños de Chema, nos fuimos a celebrarlo a un local cercano en el que había música en directo y hora feliz, con los cócteles mucho más baratos.


Nos pedimos unos mojitos (y una cerveza) y estuvimos muy animados, escuchando la música en directo y cantando con ellos. Animamos bastante el local, hasta el punto que fuimos a pedir otra ronda de mojitos, se había acabado la hora feliz y aún así nos hicieron el descuento para que no cambiásemos de local.
Hoy teníamos la cena incluida en un restaurante de la misma playa, así que aprovechamos todo el tiempo aquí hasta que llegó la hora de ir a cenar.
Cena en Blue Summer Restaurant
En nuestra última noche en Isabela, cenamos en el restaurante Blue Summer.
En mi primera vez aquí, el día no acompañaba demasiado. Se había levantado bastante viento y la temperatura había bajado considerablemente. Y para rematar, por alguna razón, nos habían puesto la mesa en la parte de arriba del local. Muy bonito todo, pero pegaba el viento de lo lindo, y por más que intentaron poner unos plásticos para resguardarnos un poco, hacía frío. Pasamos una velada un tanto congelados.

Cuando viene por segunda vez, nuestra mesa ya estaba situada en la parte de abajo. Coincidía con el cumpleaños de Chema y como no teníamos ni comida ni cena libre, unos días antes me puse en contacto con ellos, para ver si podíamos poner, al menos, las velas en el postre. Y aunque ya lo había hablado con Myriam, que había traído sus propias velas pero yo siempre llevo velas a los viajes porque ya lo tengo previsto, el propio restaurante se ofreció también a ponerlas. Un buen detalle.
Era el primer viaje de Chema con Nosotros, y su primer cumpleaños, por tanto celebrado aquí. Siempre tengo en cuenta estas cosas, porque aunque Chema viajaba con Myriam, celebrar el cumpleaños fuera de tu casa, lejos de tus familiares y amigos, a veces es complicado. Sobre todo cuando lo tienes que celebrar con unos «extraños». Por eso siempre intento tener algún detalle con ellos.

Este vez, quise comprarle algo de regalo. Pero ¿Qué se le regala a alguien que no conoces de nada, que no tienes ni idea de sus aficiones ni siquiera de su trabajo? Pues decidí, en el viaje a Escocia que había realizado un mes atrás, comprarle un regalo con tela de tartán. El problema es que vi un tarjetero muy mono en una tienda de la isla de Skye y como era la típica tienda de souvenirs que tiene lo mismo que tienen todas, pensé en comprarlo más adelante. Pero ,no lo volví a ver más. Por eso siempre decimos que en los viajes si ves algo que te gusta, cómpralo, porque no sabes si lo vas a volver a ver más. Y yo no seguí mis propios consejos.

Cuando llegué a Edimburgo, al final ya del viaje, recorrí todas las tiendas de tartán de la Royal Mile, buscando aquel tarjetero. No lo encontré. Preguntamos en varias tiendas y una de las chicas de una de ellas nos dijo que no buscásemos más en Royal Mile, porque allí todas las tiendas compran los productos en el mismo sitio, así que más o menos todas tienen los mismos. Y nos dio la dirección de una tienda donde poder ir, donde quizá podíamos encontrar lo que buscábamos. Y si, fui, y si, lo encontré allí. Así que con esta historia en mi cabeza le entregué el regalo a Chema que no solo había viajado desde Escocia a Ecuador, sino que llevaba un mes esperando en mi maleta.

La noche fue divertida, de celebración y no faltaron las cervezas en el hotel de despedida.
Nos despedíamos así de Isabela, con mucha, mucha pena, porque nos había encantado la isla. Una isla muy distinta a las demás donde habíamos encontrado mucha paz y tranquilidad.
Aún nos quedaba un día completo en Galápagos, un día que pasaríamos en Santa Cruz, y que en principio era un día libre, pero que ya había organizado para hacer un montón de cosas que todavía teníamos pendientes. Pero esto será otra historia.

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