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Día 11
Diario Uganda en 14 días

El trekking de los Gorilas, en Bwindi (Uganda)

Visitar los Gorilas de la Montaña, en la densa espesura del Bosque Impenetrable Bwindi, es una de las actividades más gratificantes, conmovedoras y emotivas de cuantas hayamos realizado en nuestra vida. Cuando te encuentras frente a ellos consideras que todo el esfuerzo, tanto físico como económico, invertido para verles, ha merecido la pena.

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Es complicado expresar con palabras todo lo que esta visita te puede aportar. La emoción que se siente, cuando te encuentras frente a uno de ellos, no se puede describir fácilmente. El pelo se te eriza, las lagrimas fluyen,… no hay nada como esto.

Los Gorilas de montaña en peligro de extinción

Tal y como sucede con otros primates en el mundo, los chimpancés que habíamos visto en Kibale, o los orangutanes que vimos en Borneo, los gorilas de la montaña se encuentran en grave peligro de extinción.

Actualmente, la población de Gorilas de la Montaña, está creciendo poco a poco. Esto se debe a los esfuerzos por parte de los gobiernos de los países Uganda, Ruanda y El Congo y de las poblaciones locales, que ven en su conservación una gran fuente de ingresos. No nos olvidemos, que la tasa de entrada para visitar a estos grandes Simios, queda prácticamente íntegra tanto en el parque, como para actividades sociales en los entornos del Bwindi.

Durante el año 2018, el censo realizado entre los gobiernos de Uganda, Ruanda y El Congo, cifró el número de Gorilas de la Montaña en el macizo de Virunga (el único lugar del mundo donde se pueden ver Gorilas de Montaña) en 1004. Las montañas de Virunga, entre Ruanda y El Congo, tienen una población de unos 600 gorilas, mientras que en su prolongación natural en terrenos de Uganda, en el Bosque Impenetrable Bwindi, la población es de 400.

La visita a los Gorilas de la Montaña en el bosque impenetrable Bwindi

El día de hoy, 12 de Septiembre de 2019, será un día que guardaremos en nuestra memoria y que jamás se nos olvidará.

Amanecía en una pequeña población del interior del Bosque Impenetrable Bwindi, donde habíamos pasado la noche. Una noche de lluvia intensa, tanto que el ruido que el agua provocaba contra el techo y las ventanas de nuestra habitación era ensordecedor y asustaba. ¿Qué nos depararía la visita de hoy con toda la lluvia caida durante la noche?

Cuando visitamos los Chimpancés en Kibale, donde nos había pasado algo parecido, nos habían dicho que las probabilidades de ver los Chimpancés cerca eran mínimas, dado que al llover no bajaban de las copas de los árboles. ¿Nos pasará lo mismo con los gorilas?

Solo durante la noche se nos pasaron estas preguntas por la cabeza, porque aquella mañana, al despertar, sólo pensábamos en comenzar el trekking y encontrarnos con ellos, los grandes protagonistas de este viaje de 14 días por Uganda.

¿A dónde va nuestro dinero?

Llegamos al centro de recepción del Bosque Impenetrable Bwindi antes de las 8 de la mañana. Ciertamente creía que esta actividad se hacía mucho antes, pero lo cierto es que el madrugón no fue de los peores.

Allí nos explicaron en qué se invertían los 600 dólares (a partir de Julio de 2020 pasarán a ser 700) que se pagan por realizar este trekking, que entre otras cosas se reinvierte en las poblaciones locales, además de invertirlo en el mantenimiento y protección de los gorilas de las montañas. Además nos dieron una explicación muy buena sobre todo lo relativo al centro, a la protección de los gorilas y a cómo se hacía la visita, en cuanto a seguridad y personas que acceden al día.

De las 32 familias en total, solo hay 19 que están adaptadas a la presencia del ser humano. Por cada familia, solo pueden acceder cada día 8 personas, por lo que se recomienda hacer todos los trámites de los permisos lo antes posible. Puesto que solo 120 personas acceden al día, no todas las familias reciben visitas diarias. Ni todas las familias reciben visitas diarias, ni se puede estar más de 1 hora al día. Todo ello para preservar la especie y su estado salvaje.

Por cada 8 personas que accedemos a la visita de cada familia, nos acompañarán 2 guardas armados (recordad que estamos en medio de un parque Nacional con vida salvaje y muy cerca de El Congo, con una situación socio-política complicada), un guía, y hay otro guía rastreando nuestra familia asignada de Gorilas.

Los porteadores en el Bosque Impenetrable Bwindi

El que existan porteadores en el Bosque Impenetrable Bwindi, no tiene nada que ver con el que tú no puedas llevar tu mochila. A nosotros nos pareció bien contratar los servicios de uno de estos porteadores, por 20 dólares, ya que así dejamos algo más de dinero en la población local, y casi toda esta gente son furtivos, o familia de antiguos furtivos, con que se ha intentado que esta actividad cese, haciéndoles partícipes de una actividad con la que se lucran.

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Nuestra porteadora se llamaba Confidencen, y nos contó que hacia esta actividad 2 veces al mes como complemento de su economía familiar.

Además de funcionar como porteadores, te ayudan en algunos puntos complicados del acceso a Bwindi. Recordad que por algo se llama Bosque Impenetrable. Estamos en una selva, con vegetación densa, y donde no hay caminos marcados. El guía va abriendo paso y en ocasiones no se ve el suelo que pisas. Así que Confindencen, en algunos casos nos ayudaba a saber por donde poner el pié o tiraba de nosotros cuando nos costaba acceder a algún sitio.

Nuestra familia asignada: Grupo Muzika

Tras la charla informativa nos asignan el que será nuestro guía, un simpático joven que con mucha gracia nos cuenta de nuevo las medidas de seguridad. Básicamente seguir en todo momento las indicaciones de los guías, no acercarse a menos de 5 metros de los Gorilas (¿Y quién sabe cuanto es esto?) y no comenzar el trekking si tenemos fiebre, diarrea o cualquier tipo de enfermedad que sea contagiosa.

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Allí nos presenta la que es la familia que nos han asignado. Se trata de el Grupo Muzika, compuesto por 13 individuos. Muzika, el espalda plateada, y Mugwere, la hembra más adulta del grupo. El más pequeño de ellos es Kagote, que nació el pasado 23 de Enero de 2018.

Ahora la emoción iba en aumento. Nos subimos a los coches y nos vamos a un punto del camino, en el medio de la nada, donde comenzaríamos el trekking.

El trekking de los Gorilas (Bosque Impenetrable Bwindi – Uganda).

El coche nos dejó en un punto en la carretera. Un camino polvoriento que cruza una selva impenetrable, cuyo nombre concuerda con lo que estamos viendo y viviendo. Una densa vegetación lo cubre todo. Estamos en un punto donde no hay nada que vegetación entrelazada.

El trekking de ascenso por el Bosque Impenetrable Bwindi

El guía nos hace una señal. «Por ahí vamos».

¿Por ahí? ¿Por dónde? ¿Por el medio de la selva?. Tenemos que subir el talud provocado por la construcción del camino por donde pasan los automóviles, y nos vamos directos al interior de la selva.

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La cuesta es pronunciada. Cuesta caminar. No vemos el suelo por momentos. Nos vamos siguiendo unos a los otros como única referencia. En ocasiones nuestros pies no pisan firme. Hay tanta vegetación que vamos pisando sobre ramas, hojas… sin encontrar un sitio en firme donde colocar el pie. Subimos, sudamos, cuesta dar cada paso.

Para una persona como yo con pánico a lo desconocido, sobre todo a entornos naturales que no controlo, esto se me hacía difícil. Pero no hay problema, qué todo sea por verles a ellos, por estar aunque solo sea un ratito con ellos.

Nos concentramos en no caernos y seguimos ascendiendo la empinada cuesta. Y como no hay ninguna pendiente que no llegue a su fin, esta lo hizo. Había pasado una media hora larga desde que comenzamos a subir, y en ese momento hicimos una parada para beber agua. Es importante estar hidratados.

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Continuamos el camino. Esta vez lo hacemos de forma más cómoda. Al menos vemos el suelo que pisamos. No habían pasado ni 10 minutos, cuando nuestro guía se gira y nos dice:

«Aquí se quedan todas vuestras pertenencias». Nos vamos solo con la cámara de fotos. Estamos a punto de encontrarnos con ellos. Y era evidente. Acabábamos de encontrarnos con el guía rastreador sentado en el suelo, que con una señal nos indicó el camino que debíamos seguir. Ahora cuesta abajo.

Una hora increíble con los Gorilas de la Montaña.

La primera vez que percibes la presencia de un Gorila, ya sea por sus sonidos, por que les ves un brazo, la espalda, o tan solo un poco de pelo, la sensaciones que recorren tu cuerpo son indescriptibles. El vello se te eriza, el corazón se acelera, te embarga una emoción como nunca has vivido… Este momento te marca para siempre.

En nuestro caso, encontramos a los gorilas en terreno empinado, lleno de vegetación pero en un pequeño claro entre todo aquel vergel. Lo primero que vimos fue un gorila mediano subido a un árbol. El momento fue sobrecogedor, intenso, brutal… no se puede explicar, esto hay que vivirlo. El Gorila se movía y se bajó del árbol.

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Seguimos avanzando en silencio, y de repente, allí estaba, todo el grupo Muzika, los 13 miembros.

En ese momento nos vimos rodeados y estaban por todos lados. A un lado el espalda plateada, el bebé gorila, la gran hembra y alguno más. Por detrás, subido a un árbol había otro. Más abajo, entre unos matorrales había más. Mirábamos hacia arriba, en la copa del árbol había otro más… era increíble. No sabía donde mirar, pero casi todas las miradas se iban al mismo grupo, al grupo del espalda plateada con los bebés.

Y os lo digo yo, esa hora que te permiten pasar con ellos pasa rápido, muy rápido. Tan rápido que casi no eres consciente de que te tienes que ir ya. Y no sabes como despedirte de este momento, cómo abandonar la zona donde te encuentras, llevando contigo tantas emociones.

Ver jugar a los más pequeños, ver comer a los más grandes, cómo las grandes hembras protegen y cuidan de los más pequeños. Ver como un espalda plateada, con su monumental corpulencia, se deja someter a todo tipo de juegos de los más pequeños. Se parecen tanto a nosotros, que ahora me viene a la mente una gran frase:

Al mirarlos, nos damos cuenta de que un gorila vive todavía en nosotros.

The Mountain Gorilla: Ecology and Behavior – Schaller, 1963

Y cuanta razón lleva. Solamente con mirarles un rato te das cuenta de que ese 97% de similitud con nuestro ADN es por algo. Yo me llevo esa mirada conmigo, ese sentimiento conmigo y estoy segura de que algún día volveré.

Cuando un gorila se acerca.

Una de las normas del parque es que no te debes acercar a menos de 5 metros de un gorila. Otros dicen que a menos de 7, pero ¿Eso como se sabe? Bueno, más o menos mantente a una distancia prudencial y sigue siempre las instrucciones de tu guía. Si el guía te dice que te alejes, te alejas, si el guía te dice que ni te muevas de donde estás, eso es lo que debes hacer.

¿Pero que pasa si son ellos los que se acercan a ti? Pues no te queda otra que permanecer inmóvil, no hacer movimientos bruscos y esperar a ver que hacen. Y sí, eso fue lo que nos pasó.

Nuestro grupo estaba compuesto por nosotros 6 y otros dos españoles, que por el idioma, les habían asignado a nuestro. Amara, una chica que hacía un breve viaje por Uganda de Luna de Miel antes de continuar el viaje por tierras Africanas, tenía una ilusión en su vida: Ver los Gorilas de la montaña. Y es por eso porque este 12 de Septiembre se encontraban aquí, en Bwindi.

Nos encontrábamos ella y yo en un punto del parque. El resto del grupo se encontraba justo por detrás. Estábamos viendo como un gorila mediano, jugaba en un árbol. De repente, el Gorila se empezó a mover, empezó a descender. En ese momento no sabes que va a hacer y no le das mayor importancia, hasta que se encuentra en el suelo y viene hacia ti. Yo me quedé paralizada. El guía por detrás nos decía: «no os mováis». Y eso hicimos, no movernos. Yo de pie. Amara agachada. El gorila se nos va acercando y cada vez está más cerca. Lo tenemos a pocos centímetros. Se para. ¡Dios mío, no puede ser! El gorila camina muy despacio, pasa por detrás de Amara y le toca la espalda, antes de continuar el camino.

Os puedo asegurar que nunca antes en mi vida me había pasado algo así. El cúmulo de sensaciones que te recorren el cuerpo en este momento no se puede explicar. La emoción que te produce es tan elevada que te dan ganas de ponerte a llorar. Y en ese momento eres consciente, de que no hay dinero que pague esto. Que los 600 dólares que hemos pagado por estar aquí no son nada comparable a todo lo que acaba de suceder. Es algo francamente inolvidable.

Y todavía el tiempo no se había agotado, pero solo con esto todo, absolutamente todo el esfuerzo en llegar a este recóndito lugar del mundo, había merecido la pena.

Los Gorilas en la Niebla – Dian Fossey

Nunca se les había dado un especial interés a los Gorilas de la montaña. De ahí que fuesen perdiendo individuos hasta alcanzar el peligro de extinción.

El primer europeo que llegó a estas tierras fue en 1902 un militar alemán llamado Friedrich Robert Von Beringe, que mató a dos en Bwindi. Es por ello que a esta nueva especie hasta entonces desconocida se les llamó Gorilla Beringei.

Durante muchos años, tal y como pasaba con otras especies en áfrica, los gorilas fueron perseguidos por los grandes aventureros que solo buscaban un trofeo más que llevarse. En el año 1925, un biólogo estadounidense, Carl Akeley, convenció al gobierno belga, que por entonces dominaba El Congo, para que protegiesen esta subespecie, y creasen una reserva en los montes Virunga. Carl murió un año después, pero su idea siguió viva.

George Schaller, en 1959, comenzó los estudios de los gorilas, que le llevó a publicar en 1963 su libro The Mountain Gorilla: Ecology and Behavior, del que os hablé en el capitulo anterior.

Fue tras la lectura de este libro, cuando Dian Fossey se interesó por los gorilas. Junto con el apoyo de Louis Leakey y la financiación de National Geographic, fundó en 1967 un centro de investigación del Gorila en Ruanda. En 1983 publica su libro «Gorilas en la Niebla» que inspiró la película del mismo nombre filmada en 1988. A partir de este momento se adquirió una sensibilización mundial hacia esta especie tan similar a la nuestra.

Fossey murió asesinada en su cabaña de Ruanda en 1985 posiblemente por cazadores furtivos que se oponían a la labor que Dian desempeñaba en Ruanda y la imagen que de los gorilas se proyectaba al mundo.

Quizá gracias a ella hoy podamos seguir teniendo Gorilas en las Montañas de Virunga.

El reencuentro con Robert y Gilbert. Final del trekking.

Había llegado la hora de abandonar la impenetrable selva, de regresar al lugar donde Gilbert y Robert nos tenían que recoger. Poníamos un punto y a parte a esta aventura que estábamos seguros de que no terminaría aquí. Por mi parte tengo esa extraña sensación de querer regresar. Una parte importante de mi se ha quedado allí, en aquellas montañas y tarde o temprano tendré que regresar a por ella.

El haber encontrado a la familia de Gorilas a menos de 40 minutos del centro de interpretación, hacía que nos quedase casi todo un día disponible y nos pondríamos rumbo al Lago Bunyonyi donde pasaríamos el resto del día.

Cuando nos encontramos con Robert y Gilbert la emoción fue creciendo. No podíamos parar de contarles todo lo que habíamos vivido entre aquella exuberante vegetación. Y ellos, con una gran sonrisa en la boca, se alegraban por todas las experiencias y emociones que llevábamos con nosotros.

El lago Bunyonyi

Durante todo el trayecto que nos llevó desde Bwindi al embarcadero del Lago Bunyonyi permanecimos en silencio. Todas las emociones de la mañana seguían rondándonos y cada uno iba pensando en las suyas.

Al llegar a Bunyonyi volvimos a despertar de esa ensoñación. El paisaje que teníamos delante no era para menos y aunque el cielo no auguraba nada bueno, nada nos iba a impedir disfrutar del resto del día en el Lago.

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Mi intención había sido, tras dejar nuestras maletas en las habitaciones, salir a dar un paseo por Bunyonyi. Subir lo más arriba posible, y disfrutar de las vistas de un lago de origen volcánico, a unos 2000 metros de altitud, en las cercanías de la frontera con Ruanda. Pero todo se torció.

Nos subimos a una embarcación de madera y dejamos a Gilbert en puerto, cuidando de la furgoneta. Continuamos el camino con Robert hasta el que sería nuestro alojamiento de hoy. Un lodge situado en las escarpadas formas de la rivera del lago.

Lake Bunyonyi Rock Resort.

La elección para hoy era el Lake Bunyonyi Rock Resort. A nosotros nos ubicaron en una especie de bungalows con vistas al lago que francamente, eran fabulosos. Todavía no se porqué no me había imaginado que los hoteles que teníamos en Uganda fuesen tan increíbles. Puede ser porque las fotos no les hagan justicia, pero lo cierto es que, el hotel era una auténtica pasada.

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El concepto de todo el recinto era abierto. Es decir, la zona donde estaba situado el restaurante y las zonas comunes, estaban hechos de madera y totalmente abierto, sin ventanas, para que primase, ante todo, las vistas del lago. Es cierto que esto, con lo que se desató en las siguientes horas no nos favorecía, pero nos daba igual. Estábamos en el paraíso.

Tras hacer uso de las habitaciones salimos a dar una vuelta por los alrededores del hotel. Era maravilloso, la verdad. Tanta vegetación, tan cuidado todo, y esas vistas al lago eran increíbles.

Al rato se desató la tormenta. Dimos gracias por haber terminado tan rápido la visita a los gorilas porque no parábamos de comentar, que encontrarnos con esta tormenta en el medio de la selva, no sería nada aconsejable. Menos mal que ya estábamos en el hotel. Esto terminó con mis planes de salir a pasear por Bunyonyi, pero teníamos café y té gratis, (y creo que alguno todavía le estará costando dormir de la cantidad de café consumido) así que nos hicimos con unas butacas en las zonas comunes, con vistas al lago y a la tormenta que caía y pasamos la tarde allí.

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Dimos así por concluido el día, viendo llover, tronar y aún así, estábamos de lujo. Pero el viaje iba llegando a su fin, aunque aún nos quedaban un par de días, intuíamos que ahora ya todo sería peor. ¿Qué podía superar al día de hoy?

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