Un día emocionante en Bali, en VW Clásico y haciendo Rafting en el río Ayung.
El día de hoy fue uno de los días más completos y divertidos de nuestro viaje por Bali. Empezamos la mañana recorriendo la isla en un Volkswagen clásico descapotable, una forma diferente y muy fotogénica de explorar los alrededores.
A media mañana hicimos una parada para vivir una experiencia llena de adrenalina: rafting en el río Ayung, rodeados de selva, cascadas y paisajes espectaculares.

Después de la aventura, volvimos al coche y pasamos la tarde disfrutando de las carreteras secundarias de Bali, haciendo paradas en miradores, pueblos tranquilos y templos escondidos.
En este post te contamos cómo organizamos el día, qué nos gustó más y algunos consejos si quieres hacer una ruta parecida.
Viaje con Vosotros
Este «Viaje con Vosotros a Indonesia en 18 días» se desarrolló tal y como lo estáis leyendo durante el mes de Agosto de 2024, en uno de los viajes que realizamos bajo el concepto «Viaje con Vosotros». Desde hace años ofrecemos la posibilidad a nuestros lectores, seguidores de redes sociales y clientes de la agencia de viajes a acompañarnos. Y este fue nuestro Sexto «Viaje con vosotros».
Si quieres realizar un viaje similar o parecido a este, consulta las fechas de salida regular o si lo prefieres, pídenos un presupuesto para un viaje en privado a un país que estoy segura que te sorprenderá. Organizamos viajes a medida, con guía, sin guía, con una agencia local o por libre.
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Mis mapas de Indonesia.
La mayoría de todos los lugares y sitios visitados, tanto en Ubud o Bali, como en todo el viaje, están puestos en «Mi mapa de Indonesia con Vosotros». Es una forma mejor de ubicarse en cuanto a lo que vimos e hicimos en Ubud este día.
Empieza la aventura, nos subimos a los coches.
A las 8 en punto ya estábamos listos y preparados para subirnos a los coches. Era uno de esos días que esperábamos con impaciencia. Un día distinto, un día único, un día de aventura y disfrute del grupo, donde sabíamos que las risas iban a estar aseguradas. Nos levantamos con la actitud de pasarlo en grande y que fuese uno de esos días memorables del viaje. Y creo que lo conseguimos, porque a día de hoy este sigue siendo un día que recordaremos siempre y para siempre.

Cuando salimos a la calle allí estaban ellos. 5 coches Volkswagen clásicos descapotables, cada uno de un color, con ese aspecto de tener años, muchos, y es que no podíamos para de sonreír y de mirarlos. Eran tan bonitos, que estábamos deseando subirnos a ellos.
Éramos 13, con lo que en cada coche íbamos a ir 2 o 3 personas. Y así lo hicimos. Nos subimos a los coches y la aventura empezó.
Un trayecto increíble en Volkswagen Clásico
Los motores arrancan. Al nuestro le costó hacerlo. Y comenzamos a movernos.

El coche no es rápido ni silencioso, pero tiene algo especial: te obliga a ir más despacio, a mirar alrededor, a disfrutar del camino mientras el aire te golpea en la cara y te hace sentir vivo. Los primeros kilómetros nos llevaron por calles estrechas entre arrozales y templos. El aire era cálido, y con el techo bajado, todo se sentía más real: los olores, los sonidos, la gente mirándonos al pasar mientras levantábamos las manos a modo de saludo. Eso si, los coches llamaban la atención, pero nadie parecía sorprendido. Creo que llamaba más la atención el echo de ser muchos, más que el coche en sí.

Viajar así no es cómodo, pero es distinto y además, muy divertido, que era justo lo que estábamos buscando.
Nos dirigimos al norte de Ubud, donde se encuentra el centro de Rafting en el que íbamos a pasar la mañana entera. También íbamos a comer aquí.
Llegamos al centro de Rafting.
Cuando llegamos al centro de Rafting las caras de felicidad de todo el mundo indicaba lo mucho que se habían divertido en el trayecto, pero aún quedaba la aventura real del día.

Éramos 13, todos con casco, chaleco salvavidas y remo en mano, listos para lanzarnos al río Ayung. Algunos nerviosos, otros haciendo bromas, pero todos con ganas de mojarse y pasarlo bien. El guía nos dio las instrucciones básicas: cómo remar, qué hacer si caíamos, y cómo gritar en equipo. No era broma, el río tiene fuerza.
Nos subimos a un camión que nos llevó al punto de inicio de esta aventura.
Haciendo Rafting por el río Ayung.
Subimos a las balsas en dos grupos, y en cuanto el agua empezó a moverse, se acabó la charla. El primer tramo fue suave, ideal para acostumbrarse. Pero pronto llegaron los rápidos. Gritos, risas, agua por todas partes. Mientras observábamos lo bien que lo hacía el otro grupo, yo solo podía pensar en la tortura (risas incluidas) que llevábamos en el nuestro. Y es que nuestro guía no paraba de decirnos que remásemos. Daba igual las circunstancias, teníamos que remar siempre y no nos daba tregua.

En la explicación sobre la forma en la que debíamos de remar y cuando debíamos de parar, todos habíamos prestado atención, pero de nada nos sirvió porque nuestro guía se empeñaba en que remásemos también en los rápidos. Aquí se supone que te debes dejar llevar, levantando el remo y apoyándolo contra el suelo de la balsa. Veíamos a nuestro compañeros hacer esto, mientas que nuestro guía se empeñaba en qué remásemos sin parar. Esto lo que hizo es que muchas veces acabáramos anclados entre las rocas, para mayor cabreo aún de nuestro guía. Eso sí, no parábamos de reír.

Consejos prácticos para hacer rafting en el río Ayung
- Reserva con antelación: Aunque hay muchas empresas que ofrecen rafting, si sois un grupo grande como nosotros (13 personas), mejor reservar con tiempo para asegurar espacio en las balsas.
- Lleva ropa que se pueda mojar: Parece obvio, pero más de uno se arrepiente de llevar camiseta nueva o zapatillas que no se secan rápido. Lo ideal: bañador, camiseta técnica y sandalias deportivas o escarpines.
- Protección solar y repelente: Aunque el río está rodeado de vegetación, el sol pega fuerte. Ponte protector solar antes de salir y lleva repelente si eres sensible a los mosquitos.
- No lleves nada suelto: Gafas, gorras, móviles… todo lo que no esté bien sujeto puede acabar en el agua. Algunas empresas ofrecen bolsas estancas o guardan tus cosas en lockers.
- Escucha al guía (o al nuestro no): Parece una actividad relajada, pero hay tramos con fuerza. Saber cuándo remar, cuándo agacharse y cómo reaccionar hace la diferencia entre disfrutar y acabar en el agua.
- No hace falta estar en forma: El rafting en el Ayung es accesible para casi todos. Si puedes remar y seguir instrucciones, puedes hacerlo. Eso sí, prepárate para mojarte y reírte mucho.
- Duración y logística: El recorrido suele durar entre 1.5 y 2 horas. Al final, te ofrecen ducha, toalla y comida (según el paquete). Pregunta antes para saber qué está incluido.

Una parada en el camino
Hicimos una parada en la mitad del camino. Aquí fue donde comentamos con nuestros compañeros de la otra barca la experiencia. Mientras ellos seguían las normas al pie de la letra y nos preguntaban porqué no parábamos de remar, nosotros, les explicamos lo que nos estaba pasando con el guía. Parecía que había pasado su vida de sargento del ejercito porque nos trataba igual que lo que se ve en las películas.
Aquí aprovechamos para hacer un pequeño descanso. Los brazos, en nuestro caso, lo necesitaban. Iba totalmente acalorada, con lo que cuando me bajé de la barca lo tuve claro, me dejé caer y esperé que el agua del río Ayung me llevase un rato. ¡Qué relajación!


Aquí, en el medio de la nada, río abajo, tenían montada una especie de tenderete con bebidas. No llevábamos dinero encima, pero nos permitieron pedir lo que quisiéramos y ya lo pagábamos en el centro. Así que Raúl y yo, nos fuimos a pedir una cerveza que tomamos contemplando aquel maravilloso paisaje, en el medio de la nada, en el medio de la selva pura de Bali, disfrutando del entorno, con las risas del grupo de ruido de fondo y brindando por una experiencia única e irrepetible.
Nos subimos de nuevo a las barcas y comenzamos la segunda fase de esta aventura.
Final de una experiencia de 10
Entre los rápidos, el río se calma. Ahí aprovechamos para mirar alrededor: vegetación densa, cascadas pequeñas, esculturas talladas en la roca. Bali desde el agua es otra cosa. Más salvaje, más real. Siempre y cuando nuestro guía nos dejaba. Mientras escribo este relato, no paro de sonreír. Pese a todo, fue un día increíble, y pese a que en aquel momento le hubiese dado un remazo al guía, lo cierto es que nos reímos un montón y lo pasamos de maravilla. Repetiría la experiencia sin dudarlo.
En total estuvimos unas dos horas. Al final, todos empapados, cansados y felices. Nos abrazamos, nos reímos de los momentos más locos, y prometimos repetir. No es solo rafting, es una forma de conectar con la isla y con nuestros amigos.
Comida en el centro de Rafting
Tras acabar, agotados y con mucha hambre ya, el rafting por el río, nos subimos de nuevo al camión y deshicimos el trayecto hasta el centro de rafting, donde íbamos a comer.

Íbamos mojados, cansados, con hambre pero felices. La experiencia había sido todo un éxito.
Una vez en el centro, nos pusimos ropa seca y comimos. Si os soy sincera, no recuerdo ni el qué, porque la emoción era tan alta que lo que recuerdo de esta comida es tan solo las caras de felicidad de mis compañeros, y cómo pasamos la comida comentando la experiencia vivida.
Nos subimos a los coches.
Pero era hora de subirnos de nuevo a los coches. Nuestro día aún no había terminado y aún nos quedaban muchos kilómetros por recorrer. Nuestra siguiente visita del día, para completar este día tan increíble, serían las terrazas de arroz de Teggalagan, un lugar que yo había visitado 12 años atrás.

El sol ya estaba bajando, pero aún hacía calor. Con el techo abierto, el aire nos daba en la cara y el paisaje pasaba lento: arrozales, templos, motos, niños saludando.
Terrazas de arroz de Teggalagan
Antes de llegar al acceso principal a las terrazas de Teggalagan, hicimos una parada en un punto menos transitado. El guía nos llevó por un desvío donde las terrazas se ven desde arriba, sin gente alrededor. Aparcamos los coches justo al borde del arrozal, y fue el momento perfecto para sacar fotos. Los Volkswagen, el verde intenso de las terrazas, la luz dorada de la tarde… parecía todo preparado para una postal.

Después de esa parada, seguimos hasta la entrada principal. Había amucho movimiento, más de lo que yo me esperaba e infinitamente más de lo que había vivido hace unos años. Me quedé muy sorprendida con todo el montaje que habían hecho de cara a Instagram. Desde ahí se ve todo: turistas sacando fotos en lugares habilitados para ello, parejas con drones, y el verde que no se acaba. Te alquilan hasta el vestido vaporoso para que la foto quede mejor.

Aunque yo me llevé un impacto importante, el resto del grupo se lo paso pipa, disfrutando de las vistas, de los arrozales y también sacándose fotos como el resto.
Aquí tres pajaritos en su nido: Ana, Virginia y Rosa.

Pese a todo, pese a la cantidad de gente, pese a haberse convertido en un lugar «Instagram», la esencia del lugar sigue estando ahí, esas kilométricas bancadas de arrozales son deslumbrantes.

Regresamos al hotel.
Dejamos atrás los arrozales de Teggalagan y recorrimos los tan solo 10 km que la separan de Ubud, donde dimos por terminado un intenso, emocionante y divertido día.

Aún quedaba luz del día para disfrutar y nos metimos en la piscina. Había que aprovechar las instalaciones del hotel y nada mejor que darse unos baños, mientras disfrutábamos de la compañía y hacíamos reflexión de lo que había sido este día, un día más de viaje, en Ubud.
Danza Balinesa en el Palacio de Ubud
Hacía un par de días que habíamos llegado a Ubud y en nuestro primer día completo en el pueblo, lo aprovechamos para dar un paseo por el centro, visitar algunos templos, arrozales y el famoso Parque de los Monos. Ese día, habíamos pasado por el Palacio de Ubud y habíamos decidido que iríamos, una noche, a ver la función y bailes tradicionales que se hacen cada noche. Y esa noche había llegado.
Llegamos al Palacio de Ubud media hora antes de que empezase al función. La entrada estaba iluminada con antorchas y faroles, y no se escuchaba nada salvo el murmuro de la gente que ya estaba sentada. Había bastante gente, pero el ambiente era tranquilo. Todos esperaban en silencio, como si supieran que lo que venía no era solo un espectáculo, sino algo más profundo.

La mayoría de la gente estaba sentada en el suelo, sobre cojines, frente al escenario al aire libre. Nosotros encontramos una zona en el lateral con sillas, y nos hicimos con ellas.
El palacio, con sus puertas talladas y sus muros de piedra, parecía parte del decorado. Cuando empezó la música, todo cambió. Los instrumentos tradicionales llenaron el espacio, y los primeros bailarines aparecieron con trajes brillantes, movimientos lentos y miradas intensas.
Lo que más impresiona no es la coreografía, sino el detalle. Cada gesto de las manos, cada mirada, cada paso tiene un significado. No hace falta entenderlo todo para sentirlo. Estás ahí, y algo te atrapa.
Durante casi una hora vimos diferentes danzas: algunas más lentas, otras más rápidas, con máscaras, con fuego, con humor. El público reaccionaba con respeto, sin aplausos exagerados, solo con atención.
Al final, cuando se apagaron las luces y la música se detuvo, nos quedamos un momento en silencio. No era solo por la belleza del espectáculo, sino por la sensación de haber visto algo que forma parte del alma de Bali.
Salimos caminando despacio por la calle principal de Ubud, todavía con la música en la cabeza y buscamos un sitio donde cenar. El día había sido largo e intenso, y necesitábamos relajarnos, estar tranquilos y comer algo.

De cena por Ubud.
Nos sentamos en un restaurante no muy lejos del Palacio donde encontramos mesa para 13. Cenamos y cenamos bien, pero estaba rota, necesitaba urgentemente meterme en la cama y dormir. Pensar, además, que al día siguiente nos teníamos que despertar a las 6:30 de la mañana, tampoco ayudaba. Así que sin dilatar mucho más el tiempo, regresamos al hotel y nos metimos en la cama.

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