Parque Nacional de Chobe (Botswana)

Publicado en: Africa, Botswana | 0

Ya los habíamos conocido el día anterior: Moshe y Elliot serán los guías que nos acompañen durante estos días de safari por el interior de los parques de Botswana. Empezaba la ruta por los parques y si bien el día anterior ya nos habíamos reencontrado con la vida salvaje a través de un safari en barco por la Ribera del Chobe, hoy tocaba adentrarse en el Parque Nacional de Chobe y empezar a hacer un safari de rastreo. ¡Comienza la aventura!

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El acceso al parque Nacional de Chobe

 

Eran poco menos de las 8 de la mañana cuando nos subíamos a los coches, ahora ya si, de safari, con destino al Parque Nacional de Chobe. Los coches en esta ocasión son coches abiertos, tipo anfibio, lo cual da una mayor sensación de libertad y de vulnerabilidad ante la vida salvaje. Nos subimos a los coches y a nosotros nos tocó como guía Moshé. Desde el principio tuvimos las sensación de que Moshé era una persona silenciosa, seria, y que constantemente se encontraba en estado de concentración, rastreando y buscando animales. No nos equivocamos. Aunque sí conseguimos sacarle su lado más gracioso. Creo que se acordará de nosotros durante mucho tiempo.

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La ventaja de nuestro hotel es que se encuentra a las afueras de Kasane en dirección al parque Nacional de Chobe y por ese motivo no tenemos que atravesar el pueblo, ya estamos en la misma carretera que va al parque. No se tarda nada en llegar al control de acceso. Ana nos explicó durante el desayuno, que dada la gran aglomeración de coches que se produce en el Parque Nacional de Chobe, en este parque no se puede salir de los caminos marcados y que hay una serie de circuito que se debe seguir. Algo que cambiará a partir de mañana, donde notaremos la libertad de estar en parques nacionales sin estas restricciones y pudiendo salirnos de los  reglamentos estrictos que rigen esta parte del Parque Nacional de Chobe (su Ribera) para evitar males mayores.

 

Para los que viajan por libre con su propio coche de alquiler:

La Ribera del Chobe, esta parte de tanto interés turístico y una de las partes más visitadas de Botswana, tiene unas reglas que cumplir. Además de la regla de no salirse del camino marcado y seguir una especie de ruta circular, hay una regla importante para aquellos que no viajen con una agencia local y que acceden al parque con su propio coche de alquiler: la norma de Descongestión de la Ribera del Chobe. 

Debido a la gran afluencia de gente que tiene la Ribera del Chobe y dadas las numerosas quejas por parte de Lodges y empresas turísticas, las autoridades locales y el Departamento de Vida Salvaje han llegado a establecer una norma de descongestión, para evitar grandes aglomeraciones en horas punta. Solo pueden acceder al parque al amanecer (antes de las 9) y al atardecer (después de las 14:00) los operadores turísticos. Fuera de estas horas, es decir de 9 a 14:00 podrán acceder los viajeros independientes.

Según tenemos entendido esta norma  no se cumple siempre, depende de cómo esté el parque. Pero hay que tenerlo en cuenta por si llegas a la cola y tienes que esperar o directamente no te dejan entrar.

 

Los paisajes del parque Nacioanal de Chobe y la historia de los hipopótamos.

 

Al poco de acceder al Parque Nacional de Chobe, giramos a la izquierda para tomar el sendero que conduce a la Ribera del Chobe. Los paisajes son espectaculares y el contraste de color es brutal. Nos quedamos con la boca abierta. Creo que Moshé se dio cuenta del estado en el que nos encontrábamos, perplejos por lo que estábamos divisando, que buscó un buen lugar y paró el coche. Nos dejó un rato contemplando el paisaje y a continuación nos empezó a contar historias sobre el parque y sobre los hipopótamos.

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Moshé

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¿Y porqué sobre los hipopótamos? Porque en aquel momento nos estaba enseñando las huellas que teníamos delante y nos llamaba la atención que viéndolos siempre en el agua o rodeados de agua, hubiese huellas tan lejos. Nos contó que los hipopótamos salen del agua al atardecer o por la noche, que es cuando comen, y que pueden recorrer incluso 15 kilómetros en busca de alimentos. Aunque no lo parezca, fuera del agua, pueden alcanzar los 35 kilómetros por hora y son tan peligrosos que son una de las principales causas de muerte en África por animal salvaje.

 

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Huellas de hipopótamo

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Los leones del Parque Nacional de Chobe.

 

No llevábamos ni media hora dentro del parque cuando vemos los primeros leones. Leonas, para ser más exactos, con sus cachorros. Se encontraban resguardados del sol bajo unos matorrales y aunque no estábamos muy cerca se veían perfectamente los cachorros salir de vez en cuando y ponerse tras su madre.  Estuvimos un rato observando y decidimos darles un poco de tiempo, así que continuamos el camino.

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Los Elefantes del Parque Nacional de Chobe.

 

Si por algo se caracteriza el Parque Nacional de Chobe es por la cantidad de elefantes que tiene. Se trata de la zona del mundo con mayor población de elefantes y eso es francamente apreciable. Mires donde mires verás elefantes. Y es que además, en la época seca, y sobre todo durante los meses de Septiembre y Agosto, los elefantes se dirigen hacia la Ribera del Chobe, siendo entonces más evidente la enorme cantidad de ellos que hay.

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No pude, en aquel momento, más que acordarme del Parque Nacional Amboseli, tan distinto a este, por paisaje y por aglomeración de animales, pero sí porque fue el parque Nacional donde más nos concentramos en Kenia en ver elefantes. Pero si de algo me acordé allí mismo fue la primera vez que vi un elefante, en Aberdare en Kenia, y aquella sensación de fascinación que sentí, en aquel momento, lo vi reflejada en las caras de mis compañeras de aventura. Estábamos tan tan cerca de los elefantes, que no se podía comparar con la sensación de verlos en la lejanía que tuvimos el día anterior. En un coche anfibio, sin protección, sintiéndoles tan tan cerca, sintiendo tantísimo emoción que es muy difícil de explicar.

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Dimos unos paseos rodeados de elefantes, moviendo el coche muy lentamente para no provocar un enfrentamiento. Había elefantes muy pequeños y eso puede ser un peligro. Las madres por protección atacan a toco aquello que pueda ser una amenaza y no queríamos que pareciese que fuésemos una amenaza. Así que sin hablar, sin movernos de forma brusca y moviendo el coche muy despacio, fuimos pasando entre ellos. Realmente, increíble.

 

Nuestro primer Leopardo.

 

Cuando salimos de aquella concentración de elefantes que nos llegó a rodear por completo, y tras pasar un rato más a ver a las leonas, continuamos el camino. Había todavía mucho camino por recorrer y muchos animales por rastrear.

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Y lo encontró. Moshé iba lentamente, observándolo todo. Y de repente nos dirigimos hacia un árbol. Se para. dice: “un leopardo” Y señala hacia la copa del árbol. Mis ojos se abren como platos. No lo consigo ver. Ni yo ni ningunos de mis compañeros del coche. Nada. No lo vemos. Moshé mueve el coche. Vuelve a señalar. Coge una de nuestras cámaras, saca una foto. Nos la enseña. Sí, en la foto se ve. En el árbol no vemos nada. Creo que en ese momento debió de darse cuenta de que iba en el coche con unos auténticos inútiles. Sigue intentando explicar por donde y de repente,… ¡Allí está! Le veo primero la cola y poco a poco fue haciéndose más clara su imagen.

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Os puedo asegurar que no me lo podía creer. En Kenia y Tanzania pasamos muchas horas buscando un leopardo. Aquel día en Masai Mara, en nuestro último día en el parque, cuando ya habíamos visto de todo, David (nuestro guía allí) nos preguntó qué nos faltaba por ver: Un leopardo, le dije. Y abrí los ojos intentando que él interpretase que aquello era lo único que me hacía ilusión en ese momento. Y lo buscó y tardo horas pero lo encontró. En aquel momento me sentí la mujer más feliz del mundo y eso que se asustó por la presencia de otro coche y salió corriendo, dando me tiempo a sacar unas 4 fotos que ninguna de ella se ve nítida.

Y allí, en Botswana, el primer día de un safari en coche, allí lo teníamos. Subido en un árbol, mirándonos, tranquilo, sin inmutarse. Tan bonito. Con esa luz de Botswana que le daba un color increíble en aquella hora de la mañana. Estaba tan tranquilo que no me podía creer que en Masai Mara hubiese huido a la mínima.

En ese momento, mientras me encuentro obnubilada con mis pensamientos y mirando fijamente al leopardo sin perder un detalle, llega el otro coche, el de nuestros compañeros de aventura. Y sí, en ese momento se movió. Pareció molestarle la presencia de otro coche. Se levantó. Y muy muy lentamente bajó del árbol. Fueron momentos de una intensidad asombrosa.

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Hoy lo recuerdo como a cámara lenta y creo que realmente así ocurrió. Con la lentitud propia de alguien que quiere exhibirse delante de sus espectadores. Y bajó. Y se paró. Giró la cabeza y nos miró, una vez más, antes de continuar el camino y perderse entre los arbustos.

Y volvimos de nuevo a la realidad. Estábamos todos asombrados por lo que acababa de ocurrir y eso que era nuestro primer día. ¡Increíble lo que Botswana nos estaba mostrando! y como decía Edwin, una y otra vez: “Todavía no habéis visto nada”. Quizá no

 

En pie frente a elefantes e hipopótamos.

 

Todavía Moshé y Elliot nos tenían una sorpresa más antes de continuar y es que nos permitieron bajarnos del coche en la Ribera del Chobe, con elefantes e hipopótamos al lado. Otro momento sorprendente y desde luego inimaginable para mi.

Era además un sitio precioso. Una bajada al río, entre árboles. Algunos destrozados por los elefantes. Y desde un lugar donde nos pudimos sentar en los árboles derribados observamos a los elefantes y a los hipopótamos que estaban el agua. La imagen desde allí era preciosa. Me senté y contemplé. Aquello era algo mágico, incomparable con nada de lo que hubiese visto hasta la fecha. Les teníamos tan cerca, y nosotros de pie, sintiéndonos desprotegidos ante ellos. Esa emoción no se paga con nada.

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Estuvimos un rato allí hasta que nos pusimos de nuevo en marcha.

Una jirafa, unos pájaros de mil colores, y unos primates después llegamos al hotel de Kasane.

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Llegamos con esa emoción de quien ve por primera vez algo tan increíble, que cogimos a Ana y no paramos de contarle cosas. Así llegó la hora de comer y la hora de relax tras la comida. Nosotros escogimos pasar ese tiempo en la piscina, con un baño, un poco al sol, poco porque no se aguantaba a esta hora, y nos preparamos para volver de nuevo al Parque Nacional de Chobe.

 

El atardecer en el Parque Nacional de Chobe.

 

Volvimos de nuevo al parque. Queríamos volver a hacer otro barrido por la zona de la Ribera del Chobe, a ver con qué nos sorprendía esta vez.

La imágenes del entorno volvían a ser espectaculares, sin duda, y seguimos visualizando miles de animales: elefantes, impalas, gacelas… Al pasar por la Ribera del Río me doy cuenta de que hay algo en el borde del agua. No consigo saber que es,nii con el zoom de la cámara. Se lo digo a Rubén para que mire con los prismáticos. No sabemos. Se lo decimos a Moshé que para el coche. En ese momento te das cuenta de que su vista está 100.000 veces más evolucionada que la nuestra. Nos dice con total tranquilidad y sin utilizar ningún medio más que sus ojos: “es un cocodrilo y tiene un babuino muerto que lo está intentando meter en el agua para comerlo”. Increíble pero cierto. Volvemos a mirar y sí, efectivamente, es un cocodrilo con un babuino al lado.

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No lo sabíamos en aquel momento, pero esta imagen, que parece ser intrascendente, se convertiría en la zona más importante del safari de la tarde.

 

La cacería de las leonas.

 

No pasaron ni 500 metros cuando vemos a las leonas. Moshé está seguro. Son las de esta mañana. Así que si las leonas están solas, quiere decir que han dejado a los cachorros en algún sitio. Van a cazar.

Están distribuidas por la pradera. Dos en un lado y otra en otro. Moshé observa y cuenta. Están mirando a algo. Van a cazar. Movemos el coche hasta encontrar el motivo. Hay una gacela solitaria que pasea por la Ribera del Chobe. Va sola. Es carne de caza. Ella avanza, lentamente, sin saber lo que le espera. Moshé nos explica que no nos podemos mover. No podemos interceder en la naturaleza. Solo podemos observar. Y por muy duro que pueda parecer, esto es la vida en África. Debemos permanecer en la distancia, observando. Y el corazón a una velocidad que parece que nos va a salir por la boca.

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Observamos. Vemos que poco a poco las leonas se mueven. Se distribuyen entre la pradera, buscando posiciones desde donde poder atacar. Se agachan. Permanecen agachadas sin hacer movimientos. La gacela no se mueve. En ese momento se ha quedado quieta y mira hacia todos los lados. Las leonas avanzan, agachadas, intentando ocultarse bajo la corta hierba. Moshé nos explica que lo tiene difícil. La hierba está muy baja.

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Si la temporada fuese otra y la hierba estuviese más alta les sería más fácil para ellas ocultarse. Y la gacela las descubrió. Las vio y salió corriendo. En ese momento las leonas intentaron ir a por ella, pero la gacela es más rápida y ágil y consigue alejarse. En el coche nadie dice nada. No conseguimos pronunciar ni una sola palabra. Estamos concentrados en lo que la naturaleza nos ofrece.

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Ellas abandonan la caza. Se dan cuenta de que no hay nada que hacer. Moshé nos dice que tienen hambre, que hace días que no comen, y que se nota que la temporada de sequía les está causando estragos.  Se les ve muy delgadas. Necesitan comer para poder amantar a sus crías. Si no comen pronto tendrán que abandonarlas. Esta es la ley de la selva.

Las leonas siguen caminando y pensamos: ¿Van en dirección al babuino y el cocodrilo? Sí. Van hacia allí. Moshé mueve el coche. Nos vamos a colocar en una buena posición lo más cercana posible al cocodrilo y a ver que pasa.

 

La pelea de las leonas y el cocodrilo.

 

Y allí estuvimos hasta que vimos aparecer las leonas. Poco tardaron en darse cuenta de la presencia del cocodrilo y su presa. Lo mejor de estas escenas es observar como se comportan los animales, y como se mueven en grupo. Se acercan. Observan. Se sientan al lado. Moshé nos dice que van a estudiar el estado del babuino y si les merece la pena quitárselo (con el peligro que conlleva) al cocodrilo. El cocodrilo permanece quito, muy quito. Casi parece que se haya muerto del susto.

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Las leonas se levantan, se acercan poco a poco al babuino. El cocodrilo mueve la cabeza, amenazante. Se acercan un poco más y el cocodrilo amenaza con morder. Las leonas dan un paso atrás. Vuelven a sentarse. Observan. No pierden de vista al Cocodrilo y al babuino. Moshé nos cuenta que el babuino es muy grande y el cocodrilo no puede con él. Si la pieza fuese más pequeña ya estarían en el agua y las leonas no tendrían nada que hacer.

Seguimos observando.

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Se acercan unos elefantes por el lado izquierdo. ¡Que pasa! Escuchamos bufidos. Y de repente, el elefante intenta atacar a las leonas. Todo ocurre muy rápidamente. El elefante levanta una polvareda en su intento de ataque. Las leonas permanecen de pie, pero sin inmutarse. El elefante da la vuelta. Se va.

El entorno del cocodrilo vuelve a ser el mismo. Las leonas se apartan un poco. Beben agua y esperan. De repente se levantan. Rodean al cocodrilo. Y atacan. Pero el cocodrilo no se queda atrás. Les lanza varios mordiscos. Y el enfrentamiento entre ellos es evidente.

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Las leonas dan un paso a atrás. Se lo deben de estar pensando. Moshé nos dice que cree que todo va a quedar así. El babuino es una pieza muy pequeña para el riego que supone arrebatárselo al cocodrilo. Y así fue. Las leonas se dieron por vencidas.

 

Los cachorros de las leonas.

 

Abandonamos la escena y decidimos continuar en busca de los cachorros de los leones. Suponemos que deben estar muy lejos y que las leonas les habrá dejado resguardados bajo algún árbol mientras ellas van en busca de comida.

No tardamos mucho en encontrarlos y nos sorprendió que estuviesen tan expuestos a tantos peligros que les rondan. Son muchos cachorros y parecen jugar y esperar. De vez en cuando todos se paran, se sientan y miran en dirección a donde están las leonas. Suponiendo, que a estas horas, ya estarán regresando y los cachorros las esperan.

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Y así terminamos el día de safari, aunque todavía nos quedaba un momento importante del día. La puesta de sol. Mientras tomábamos el camino de regreso a Kasane, buscamos un sitio bonito para sacar unas fotos de la puesta de sol y allí, viendo caer el día, comentamos los grandes momentos que nos había brindado.

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El gran susto nocturno.

 

La cena de hoy consistió, en mi caso, en impala. Tras la cena y como hoy era el último día que estaríamos en la civilización, nos despedimos con unos cócteles. Nos reunimos en el bar del hotel de Kasane. Allí celebramos que hasta dentro de 8 días no volveríamos a pisar un hotel, ni un lodge, ni volveríamos a ver civilización. Nos íbamos durante 8 días a vivir dentro de los parques Nacionales, en un safari móvil de lujo, que nos llevaría a vivir momentos inolvidables. Eso lo sabíamos y era el momento de despedirse. Y despedirse tambien de nuestros familiares, para que no se preocupasen por nada porque hasta dentro de 8 días perderíamos el contacto con el exterior. Esto es lo mejor de este viaje.

Estuvimos hasta pasadas las 12 de la noche en el bar. No quedaba ya nadie en el hotel. Estábamos nosotros solos. Nos fuimos a las habitaciones en silencio. Cuando nosotros intentamos entrar, nuestra tarjeta no funcionaba. No le dimos mucha importancia. Nos fuimos hasta la recepción a que nos solucionasen en tema. La verdad es que en estos momentos es cuando piensas que no sabes donde estás. No eres consciente.

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No encontrábamos a nadie. Pero sabíamos que alguien despierto había porque había luz tras la recepción. Al final salieron una mujer y un hombre. Les explicamos la situación. Nos comentaron que tendríamos que ir a la recepción del otro hotel, el Chobe Safari Lodge. Ni lo pensamos. Nos ponemos a caminar. Y la mujer nos para en seco. Fue a por una gran linterna, tipo foco, y sale con nosotros. En ese momento no entendemos nada, pero bueno, vamos acompañados hasta la recepción del otro hotel. A la mujer se le notaba bastante nerviosa, moviendo la linterna hacia todos los lados.

Nos resuelven el tema de la tarjeta y salimos de nuevo. Ahí fue cuando casi nos da un infarto. Oímos el rugido de un león. Y muy cerca. Está muy cerca. Miro a Rubén, no consigo pronunciar palabra. La mujer, más nerviosa aún, comienza a caminar rápidamente. Les seguimos. Nos acompañan los ruidos de león y el corazón se nos pone a mil. Aquí es cuando te das cuenta que no eres consciente de que pese a estar en un hotel, estás en un entorno de vida salvaje, y que todo puede pasar. Nosotros no somos conscientes, pero ellos sí.

Nos acompañó a la habitación y ahí nos quedamos, asombrados por todo lo que acababa de pasar.

 

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Si quieres leer el diario completo de viaje: Botswana y Victoria Falls en 14 días.

 

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